Editorial & Opinion

Nuestra caficultura en grave riesgo

Armando Rivera Bolaños / Abogado y Notario

lunes 16, diciembre 2019 - 12:00 am

Se debe a la visión previsora del Capitán General don Gerardo Barrios, que se implantó el cultivo del café en nuestro territorio, producto de uno de sus viajes a naciones europeas, donde pudo observar que los científicos alemanes habían inventado un colorante artificial para telas que, al extenderse su empleo, pondría en grave riesgo el comercio que los añileros del país mantenían, desde la época de la colonia española, con las industrias textiles del Viejo Continente, lo cual acarrearía grandes pérdidas económicas a dicho rubro, con grave menoscabo para la recaudación fiscal del Estado salvadoreño.

Como es sabido, los pueblos precolombinos que habitaron desde México hasta Centroamérica, descubrieron que, mediante procedimientos adecuados, podían extraer de la planta llamada jiquilite, un tinte llamado añil, con el cual teñían únicamente las telas de algodón, que después servían para confeccionar las vestimentas de los nobles. De acuerdo a documentos históricos que aún pueden consultarse, la recaudación por las exportaciones añileras llegaron a sumar varios miles de pesos oro que, para aquellos lejanos tiempos, fueron una base financiera sólida para que el gobierno colonial, y después republicano, mantuvieran en actividad los ejes del Estado.

Respecto al café, se ha corroborado que antes de su asunción al poder de la República, la familia del futuro mandatario Barrios, poseía una heredad enorme llamada Finca “Guadalupe” en el poblado de Cacahuatique, departamento de San Miguel, donde comenzaron a sembrar unas plantas de café arábigo, con la asistencia de un agricultor brasileño, don Antonio Cohelo, encontrando que ese cultivo podía cultivarse en grandes cantidades. Gerardo, entonces muy joven, quien servía como secretario municipal en esa localidad (hoy Ciudad Barrios), no olvidó esa experiencia y la puso en práctica al ascender al poder ejecutivo años más tarde. Se cuenta una anécdota al respecto, la cual dice que una tarde, el mandatario Barrios invitó a varias personalidades de aquel sencillo, tradicional y circunspecto San Salvador de los años de 1860, para una tarde de tertulia en los jardines de la Casa Presidencial, ocasión que entonces era motivo para degustar de una taza de chocolate, acompañada con pedazos de quesadilla o marquesote, horneados artesanalmente.

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Pero la sorpresa fue cuando los invitados comenzaron a saborear una bebida aún desconocida, amarga y humeante, que no fue del agrado inicial, pero al ver que tanto Barrios, como su adorable esposa, doña Adelaida, en plena juventud y hermosura, bebían sin reticencias el líquido, todos dejaron sus iniciales dudas y después fue costumbre llegar a dicha mansión para beber café con el gobernante.

Pero si el rechazo a la bebida fue escaso en esa tarde de tertulia, mucho más enconado fue el rechazo de los agricultores dedicados al cultivo del añil, pese a las explicaciones que funcionarios gubernamentales les hacían sobre los tintes químicos que comenzaban a irrumpir en la industria textil europea, a tal grado, que Barrios tuvo que usar la fuerza militar, para que se cultivara café que, por muchísimos años, fue la primera fuente de ingresos fiscales y de empleos a nivel nacional.


Quienes ya frisamos más de sesenta años de edad, podemos evocar aquellas “épocas de corta” del pasado, cuando numerosas caravanas de campesinos chalatecos, especialmente, llegaban con sus haberes más elementales, para “apuntarse” como cortadores en las grandes y ubérrimas fincas cafetaleras de Santa Tecla, por ejemplo. Ese bello desfile y demostración de trabajo sano y productivo, fue observable en todo el territorio nacional y llegó a tanta la pujanza, que por más de un siglo el grano de café fue denominado como “el grano de oro”. Y si bien, la caficultura ha bajado un tanto, con la producción de otros rubros como el cañero y el de cereales, sigue constituyendo un factor fuerte de ingresos y empleos que no se puede permitir que disminuya, como leímos recientemente. Aparte, el bosque cafetalero es un elemento ecológico que no debemos obviar, ya que sus plantaciones contribuyen a conservar mantos acuíferos, regulan cambios climáticos y ciclos lluviosos; además, sirven de hábitat a la flora y fauna silvestres. Es urgente que el MAG, Economía, Comercio, banca privada etc. atiendan el llamado de riesgo que los caficultores han hecho público al respecto.




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