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Editorial & Opinion

Nuestras puertas sin retorno

Lourdes Molina Escalante / Economista sénior Icefi @lb_esc

jueves 11, abril 2019 - 12:00 am

En medio de la majestuosidad del Océano Atlántico, frente a la costa de Senegal, se encuentra la isla de Gorea. Este lugar, en el que se pueden observar unos atardeceres maravillosos, fue testigo de uno de los episodios más infames de la historia de la humanidad: durante más de tres siglos fue uno de los principales puntos para el comercio de esclavos; se estima que en esta isla más de 20 millones de niñas, niños, mujeres y hombres fueron despojados de toda dignidad humana y vendidos al mejor postor. Uno de los puntos más simbólicos de la isla es la llamada “Puerta del no retorno”, ubicada al final de un pasillo oscuro y frío; esa puerta fue el escenario en el que millones de familias fueron separadas, en el que se perdía toda esperanza de libertad y en el que millones de personas fueron forzadas a abandonar la tierra que les vio nacer, con la única certeza de que jamás volverían.

Conocer la historia detrás de la Isla de Gorea, me hizo cuestionarme si alguna vez las personas verdaderamente hemos tenido humanidad, sobre todo porque en pleno Siglo XXI estas atrocidades siguen ocurriendo, se manifiestan de maneras diferentes, pero al fin y al cabo están presentes en nuestra actualidad.

Al escuchar la historia de la “Puerta del no retorno”, solo pude pensar en las miles de puertas sin retorno que hay en nuestro país, puertas en los hogares de miles de salvadoreños y salvadoreñas, de todas las edades, que se ven obligados a migrar; que salen por esas puertas sin saber si algún día volverán. Para dimensionar el fenómeno basta con ver las estadísticas de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de los Estados Unidos, según las cuales, solo entre octubre de 2018 y febrero de 2019, casi 12 mil familias salvadoreñas han sido aprehendidas en la frontera con México, intentando ingresar a Estados Unidos, es decir, cada hora, por lo menos tres familias han sido detenidas por las autoridades estadounidenses en medio de su búsqueda del sueño americano. La magnitud del problema se agranda si consideramos a todas aquellas familias que lograron llegar y a las que se encuentran en tránsito a lo largo del territorio de México y Guatemala.

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Ante esto, la pregunta obvia es ¿por qué?, ¿por qué las personas se ven obligadas a tomar la decisión de abandonar su casa y su país? La respuesta es compleja, pero se puede resumir en que tenemos un Estado al que se le ha olvidado su razón de ser, que ha sido incapaz de crear el mínimo de condiciones para garantizar la dignidad de sus habitantes; un Estado en el que la salud y la educación son privilegios y no derechos, en el que la seguridad es una utopía y en el que las oportunidades solo se pueden encontrar fuera de sus fronteras.

Pero, así como a lo largo de la historia los seres humanos hemos sido responsables de actos atroces y viles, también hemos sido capaces de crear cambios y reivindicar nuestra humanidad. Construir un país que no expulse a sus personas no es tarea sencilla, ni rápida. Requerirá del compromiso de actores sociales, económicos y políticos que permitan lograr acuerdos; pero no acuerdos sobre donde realizar actos protocolarios públicos, sino acuerdos sobre políticas públicas que resuelvan los problemas estructurales que impiden la construcción de oportunidades y la garantía de derechos, especialmente de los más vulnerables. Además, demandará del liderazgo de nuestros funcionarios públicos, no para presumir capacidades de manejar carros de lujo, sino capacidades para conducir un Gobierno, tomar las decisiones estratégicas que fortalezcan el rol del Estado y construir un país en el que las personas no deban escapar.  Pero, principalmente, requerirá una ciudadanía que, en lugar de defender partidos políticos, vigile, cuestione y reivindique sus derechos. Definitivamente transformar nuestro país en uno, como el que mandata la Constitución, con derechos y oportunidades para todos y todas no será una tarea fácil, pero sí necesaria y urgente. De eso depende que las puertas sin retorno no se sigan multiplicando.





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