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Editorial & Opinion

Pensando en voz alta a la hora de votar

Eduardo Cálix / Embajador

miércoles 30, enero 2019 - 12:00 am

Los países que cometen errores políticos y económicos de modo secuencial -liderados por gobiernos de sesgo populista- enfrentan un reto inmenso para generar crecimiento y por lo tanto tienen un gran desafío por delante para corregir el rumbo e implementar políticas que mejoren la viabilidad económica y social de sus habitantes.

Este tipo de gobiernos padecen una endémica falta de confianza. Si mañana se les ocurre generar políticas improvisadas, sus intentos igualmente fracasan, porque se ocupan primordialmente de amilanar y detonar las relaciones con los opositores políticos y los sectores productivos nacionales del país.

A los problemas que están a la vista no les encuentran solución, pues tratan de enderezar la plana con pequeñas medidas aisladas, al estilo “barrer el polvo debajo de la alfombra”; cuando en realidad carecen de un verdadero plan para combatir lo estructural y potenciar la recuperación económica, sin poner en orden la propia casa, sin recortar el gasto corriente ni evitar el despilfarro o la dispersión.

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En estos gobiernos se vuelve inviable generar atracción, conseguir aliados productivos, seducir inversores y ser el centro de atención y respeto, debido a tanto desprecio y prepotencia hacia los demás. Queda en evidencia que no se busca enfrentar los problemas, sino irlos estirando lo necesario para pretender alcanzar una meta inalcanzable, ya que los recursos están agotados y los bolsillos de la gente asfixiados.

Por ende, las consecuencias de estos gobiernos están a la vista. La política económica y fiscal es el resultado de una cadena interminable de dislates -pero, sobre todo, de concepciones equivocadas, absolutamente superadas. Sólo así se explica el crecimiento pírrico y un proceso de estancamiento económico que no se compatibiliza con lo que le ocurre a aquellos países que generan confianza, a través de políticas inclusivas y de avanzada.


Esa ha sido la imagen y el reflejo de conducción de políticas trasnochadas y sistemas fracasados. La desconfianza que se genera irremediablemente afecta la poca credibilidad tanto a lo interno como a lo externo.

Frente a nuestro inminente evento electoral, el próximo gobernante que elijamos debe tener claridad de la tarea que implica liderar el futuro,  y vaya que tendrá mucho que hacer. Nada logrará si los ciudadanos, empresarios y dirigentes políticos no comprendemos la inmensa necesidad que tiene el país de recuperar la confianza y la credibilidad.

El Salvador necesita inversiones, dinero fresco, un flujo de capitales constante que permita generar puestos de trabajo, compensar el abultado déficit fiscal, abrir nuevos mercados y volver atractivo el comercio, integrándose a las cadenas de producción mundial.

Nada positivo sucederá si el próximo gobernante no consigue un categórico consenso que asegure la gobernabilidad democrática, el respeto al estado de derecho, la seguridad ciudadana, y la plena vigencia de las libertades individuales. Sin esos ingredientes, los capitales no aterrizarán y sin ellos el país continuará a la deriva.

El país dispone de una oportunidad colosal. No la tiene fácil a la vuelta de la esquina, al menos no por muchos meses. Si durante este tiempo el gobernante que se elija no acumula aciertos cumpliendo lo prometido y logrando acuerdos que sean capaces de estar más allá de lo electoral, se desperdiciará otra vez la ocasión de enderezar el rumbo y superar nuestros rezagos.

El panorama no es el mejor y se avecina una transición dura y con sobresaltos. Si se entiende bien lo que sucede, debemos pensar bien nuestro voto y decidir con conciencia y madurez a quién le confiaremos nuestro voto, para elegir el mejor camino que nos oriente a construir un país con fe y esperanza.

Nada positivo sucederá si el próxi-mo gobernante no consigue un categórico consenso que asegure la gobernabilidad democrática, el respeto al estado de derecho…




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