Editorial & Opinion

Pocos pueden destruir al mundo

Armando Rivera Bolaños / Abogado y notario

miércoles 8, enero 2020 - 12:00 am

Aterrada, estupefacta y conmovida se sintió la humanidad entera cuando un pequeño artefacto mortal, lanzado y teledirigido desde algún punto del planeta dio en el sitio altamente blindado, donde residía el general iraní Qassen Soleimani, destruyéndolo completamente, aparte de otros daños colaterales de gran magnitud, tal como se observa en las gráficas que llegaron casi de inmediato. No vamos a referirnos si hubo o no justificación política o militar para realizar dicho atentado, que fuera ordenado, según el Pentágono, por el mismo presidente Trump de los Estados Unidos, en represalia por ataque previo realizado contra el aeropuerto de Bagdad (Irak), ordenado precisamente por el general asesinado. La motivación de esta columna, es que tales acontecimientos nos trajeron las imágenes horrorosas de la Segunda Guerra Mundial, donde se asistió al nacimiento de lo que serían las próximas conflagraciones bélicas, en las que unas pocas manos militares podrían arrasar a enormes ciudades enteras, en cuestión de minutos o de horas, con el uso de armas letales de naturaleza tecnológica hasta ahora secreta. Algo similar como cuando en las postrimerías de aquel conflicto, los ingleses vieron caer sobre Londres unos artefactos teledirigidos que explotaban y causaban enormes destrucciones de vidas y edificios. Y poco después, al otro lado del Pacífico, un frágil bombardero transportaba unas pequeñas bombas que, al estallar, destruyeron con impacto horroroso, las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Bien señaló el sabio Albert Einstein, “la cuarta guerra mundial será con piedras y palos, como en la época de las cavernas”.

Precisamente, esa premonición del sabio Einstein es la que motiva la honda y general preocupación de las actuales generaciones. Nunca, en la historia humana, unos tan pocos pueden extinguir a muchos, sin necesidad de recurrir a los grandes ejércitos del pasado, a cuyo paso las naciones que los sostenían penetraban fronteras, destruían reinos y dominaban a los pueblos vencidos. Esta vez lo vimos, asombrados, en esas gráficas: drones explosivos, que desafían y eluden los controles de radares y otros aparatos sofisticados, vuelan directa y rápidamente, con precisión matemática de milímetros, hacia su objetivo “cero” destruyéndolo en instantes, sin dejar piedra sobre piedra, ni rastros de sobrevivencia alguna. Sencillamente, las escenas no pueden ser más inenarrables y aturden todo el caudal de la psiquis humana, hasta llegar al paroxismo social que posteriormente contemplamos aun en las principales urbes estadounidenses…Porque ahora la humanidad conoce sobre los efectos de una guerra destructiva, como jamás se tuvo memoria, es que de inmediato surgió el clamor mundial porque se apacigüen los sones bélicos y se vuelva a la mesa civilizada de las negociaciones, tal como se oye aún por todos los confines del planeta, sin importar razas ni colores ideológicos. Porque ningún gobernante, o líder de nación alguna, podría estar en sano juicio si estimula que continúen estos dantescos y apocalípticos escenarios, o haciendo provocaciones belicistas que solo ofrezcan la posibilidad de tan crueles alternativas.

Las plegarias alrededor del mundo entero se dejaron escuchar, casi de inmediato, en todos los idiomas y, cada una de ellas, según su modo de concebir el auxilio divino. Las noticias coincidían que estábamos ante una fuerte y clara probabilidad que estallara la temida tercera guerra mundial, un peligro potencial, pero muy real, que aún asoma su faz siniestra, mientras no se den muestras claras y sinceras, que toda diferencia o conflicto puede y debe llegar a soluciones pacíficas y justas entre los actores principales de este drama que, de producirse, traería consecuencias devastadoras para todas las naciones del orbe, sin distinción alguna, quizás como nunca jamás pudieron imaginar los estrategas militares de todas las épocas pasadas. Y si mencionamos que aún existen duras probabilidades bélicas, es porque a las pocas horas del suceso que comentamos al inicio, vimos izar en una mezquita iraní, la bandera roja del islamismo que proclama la venganza irreconciliable, mientras se entonaban himnos de guerra inminente. Este es el cuadro que mantiene aún expectante y preocupada a la humanidad entera, que alienta la febril esperanza que ese izamiento y llamados a realizar ataques, solo sean producto de la natural respuesta al asesinato de su héroe. Confiamos que la cordura prevalezca en todos.

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