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Editorial & Opinion

¡Pongamos de moda ser santos!

Rafael Domínguez/Periodista

miércoles 17, octubre 2018 - 12:00 am

Oscar Arnulfo Romero hizo lo que todos estamos llamados a ser, no por satisfacción o vanidad, sino por mandato de Dios, quien dijo: “Yo soy el Señor su Dios, por tanto, consagraos y sed santos porque yo soy santo”, no hay y no debe haber otro propósito más claro para el pueblo de Dios que ese: “alcanzar la estatura del varón perfecto, Jesucristo” que siendo hombre fue santo y sin mancha; si alguien dice no puedo, ahí tiene el ejemplo y muestra que sí es posible.

Romero atendió el llamado y obedeció la orden: ser santo, consagrarse, mantenerse apartado para Dios, cuidando su corazón y haciendo el bien que, traducido, es amar al prójimo, principalmente a los más desposeídos y necesitados, lo cual no es efecto de una filosofía o teoría social, es el efecto instantáneo del amor de Dios, que se vuelve y traduce en amor a los demás, incluyendo a los que te son “enemigos”.

Romero, aun tratando de buscar la santidad diaria, también era un hombre como nosotros; tuvo problemas, cometió errores y sin duda pecados, porque “no hay nadie bueno, solo Dios es bueno”, así que juzgarlo por sus errores humanos, sus bajezas humanas o sus acciones humanas no puede restarle al ejemplo de búsqueda de santidad incansable, de apego a la palabra y de trabajo por el evangelio que hizo en cada día como sacerdote.

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Romero, independientemente de si tuvo o no una cercanía con tales o cuales ideas de hombres o si tuvo estos u otros errores de carácter o temperamento; si cayó o no en sus flaquezas humanas, luchó, dio la batalla por mantenerse santo, por llegar a cada servicio religioso limpio de corazón; procuró siempre, a decir por quienes le conocieron y por lo que íntimamente escribió en sus memorias, acercarse a la verdad, hablar la verdad, predicar la verdad y asumió el costo de ser santo.

El costo puede ser alto (perder la vida) pero ¿qué ungido de Dios no la perdió? Si ese es el cometido, ser ungido para llevar lo que el mundo no quiere escuchar, lo que el mundo no quiere entender, el ungido es necio para testificar y convocar a Dios para todo y en todo momento; él trató y por eso murió, porque aceptar a Dios como el todo y a Jesús como el modelo lleva a la cruz; serás crucificado por nada menos que la verdad, por dar y amar sin esperar, por cuestionar lo que se hace mal, por reprender al que abusa y por desobedecer las “órdenes del mundo” cuando éstas van contra la orden de Dios.


Debemos admirar de Romero no otra cosa más que esa, su disposición a buscar de Dios y de su palabra, de vivir según ella, de ubicarse en el monte de la iglesia convocando con justicia y por justicia y todos, todos los salvadoreños, estamos llamados al mismo reto: a ocupar ese lugar alto para levantar el nombre de Cristo sobre la nación y esperar luego las bendiciones. Me cuesta pensar que Romero haga milagros y que tengamos que pedirle a él que los haga, cuando es al Dios de Romero al que debemos pedir y seguir, porque ese era el objetivo de él, acercarnos al Poderoso Rey en quien depositó su confianza; imitémosle como creo que él hubiera querido en eso, en seguir el evangelio, porque el dueño del poder es Dios y su Santo Espíritu, y nada podría ser peor que su esfuerzo nos haga caer en idolatría.

Romero es santo en Roma o en donde lo pongamos, como todo aquel que busca de Dios y se entrega a servir con devoción; y eso es lo que Dios quiere, que más y más cada día seamos santos, que dejemos el pecado, que nos arrepintamos de corazón, que perdonemos y que seamos fieles a su palabra, lo que nos dará como resultado lo que le dio a Romero: corazón para amar a todos, corazón para ayudar a todos, corazón para entender lo bueno de lo malo, corazón para vivir plenamente aun siendo perseguido y cuestionado, despreciado y ni siquiera escuchado por sus superiores, abandonado por sus amigos pero no por la razón y sabiduría de Cristo.

Tampoco creo que sea hora de volver al pasado. ¿Serviría de algo saber quién lo mato o quiénes lo mataron? Me imagino que para propósito político o utilizarlo contra algunas personas sí, pero para que fructifique el sacrificio de su trabajo en el evangelio quizás no, no aportará sino rencores, odios y divisiones adicionales a las que tenemos ahora no sabiendo quiénes lo mataron; por ello en este momento yo me quedaré con el Oscar Arnulfo Romero, sí, a secas, ni obispo ni monseñor, ni nada más que el hombre salvadoreño que demostró que Cristo es suficiente motivo para vivir y morir; un ejemplo que debería servir para poner de moda la santidad, poner de moda el amor al prójimo y poner de moda el volver nuestros ojos a Dios.




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