Editorial & Opinion

Preocupación más que esperanza

Jaime Barba / REGION Centro de Investigaciones

sábado 19, enero 2019 - 12:00 am

La celebración de elecciones en nuestro país, de forma continuada, debería dar pie a una suerte de paréntesis para practicar la sensatez, dados los complejos procesos problemáticos que retoban a nuestra sociedad. Sin embargo, esto no es así. Como es de sobra conocido, y también experimentado, las campañas electorales más que campañas para promover el buen raciocinio y el discernimiento ciudadano son alambicadas acciones donde el descrédito y la impostación llevan la batuta.

La ciudadanía promedio que asiste a las urnas, y también la que no asiste, se ha de preguntar cómo es que estas personas que dicen lo que dicen podrán sacarnos del atolladero en el que nos encontramos, y del que parece no hay manera de salir si se persiste en impulsar las mismas soluciones manidas de siempre.

El solo recuerdo de las promesas electorales que se han propalado desde 1994 hasta la fecha, a cualquiera le debería dar vértigo si se contrastan con los resultados obtenidos. Y más aún cuando se sigue la trayectoria de los personajes electorales, algunos de los actuales incluso vienen de aquellos lejanos días.

publicidad

Parece increíble que siendo El Salvador un país tan pequeño y más o menos bien examinado durante el siglo XX y el actual, por diversos autores e instancias, en cada nueva convocatoria electoral todo indica que los agentes electorales no están ni enterados de la trayectoria histórica del país. EL SALVADOR LA TIERRA Y EL HOMBRE (David Browning), UNA REPÚBLICA AGRARIA (Aldo Lauria), AUTORITARISMO Y MODERNIZACIÓN (Roberto Turcios) son solo tres títulos que los dirigentes políticos deberían estar obligados a leer y estudiar para poner los pies sobre la tierra. Porque sus formulaciones electorales transitan por los caminos trillados, incluso las que se anuncian como novedosas.

Lo cierto es que mientras no se aborden los problemas fundamentales del país (que no son 100 ni se necesitan muchas páginas para aprehenderlos) tendremos negado el cambio de curso de la situación actual.


Seguirán dando palos de ciego si no se hace un esfuerzo, real y desprejuiciado, para comprender el cuadro imperante de cosas y sus opciones. Porque no hay mago que nos pueda ayudar en la difícil circunstancia en la que estamos. Es un juego peligroso proponer desordenar la mesa existente para ver qué sale. Y no saldrá nada. O sí, más enredos, más postergaciones.

Continuar escamoteando el hecho de que somos un pequeño país periférico (uno de los más pequeños de América) y persistir en esas pretensiones de imitar los procesos que se dan en otras latitudes, donde sí hay recursos en abundancia y no tantas desigualdades como aquí, nos llevará a seguir reproduciendo el marco actual, donde un pequeño número de salvadoreños viven como en el primer mundo y el resto estamos en el tercer mundo o en el cuarto.

Obviar las duras restricciones que el entorno de la economía mundial nos impone y obstinarse en publicitar que el solo empuje del crecimiento económico, propulsado por los viejos motores de siempre, nos llevará a un mejor escenario, es seguir creyendo en pajaritos preñados.

Cuando una fuerza política por mandato electoral tiene la oportunidad de hacerse cargo del aparato gubernamental, debería darse cuenta de la enorme responsabilidad que eso comporta. Hasta ahora, y desde hace décadas, se ha actuado con cortedad de miras, con telarañas ideológicas y con ambición procaz. El patético ejemplo de los tres últimos expresidentes de la república (dos confesos y uno en alitas de cucaracha), y su cohorte, es una muestra incontrovertible del nivel de deterioro que vive el país.

En la perorata electoral se está partiendo de que solo es cuestión de modificar programas allá, corregir normas por aquí e incluso se ha llegado a plantear el poner en operación un sistema de control más sofisticado, una especie de panóptico político donde El Gran Ojo Vigilante observará y sancionará a los que se desvíen del camino. ¡Es alucinante todo eso! Si Philip K. Dick estuviese vivo, sonreiría complacido al ver sus ficciones encarnadas en una ubicación geográfica insospechada como la nuestra.

En estos momentos de exultante campaña electoral los candidatos y sus partidos no quisieran escuchar nada que cuestione sus proposiciones, pero lástima por ellos porque la vida en democracia permite y exige que se pongan en tela de juicio aquellos asuntos que tienen que ver con el decurso de la vida nacional. Por ahora, frente a la decisión tan complicada de elegir la dupla presidencial hay más preocupación que esperanza.




RECOMENDACIÓN DE LA REDACCIÓN



Opine y Comente

Diario El Mundo abre este espacio de opiniones para que se pueda debatir, construir ideas y fomentar la reflexión. Por eso, pedimos que se evite hacer uso de ataques ofensivos, que incluyan malas palabras, de lo contrario nos reservamos el derecho de publicación.

Recuerde que este es un medio que está para generar opinión constructiva.