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Editorial & Opinion

¿Qué le dijo la rana hervida a los peces?

Sherman Calvo / Empresario

viernes 7, diciembre 2018 - 12:00 am

Olivier Clerc, escritor y filósofo francés, escribió con un lenguaje sencillo y comprensible la fábula de “La rana que no sabía que estaba siendo hervida”, que muestra enseñanzas muy valiosas que pueden ser utilizadas en diversos contextos. Esta fábula de la rana hervida está basada en una ley física real,

que viene a concluir que si echamos una rana en una olla con agua fría y lentamente vamos calentando el agua, puede llegar a hervir y morir sin darse apenas cuenta de ello. Por el contrario, si echamos la rana al agua ya caliente, ésta pegará un salto evitando el peligro.

Cuando un cambio se introduce de forma lenta en nuestras vidas, escapa de nuestra conciencia, sin que nos preparemos para dar una respuesta o una reacción a una situación que se va volviendo peligrosa, incómoda e insostenible. Nos quedamos sin los recursos necesarios para poder afrontarla una vez que tomamos conciencia. Las consecuencias desagradables aparecen y ya estamos débiles para poder hacerles frente por sí solos. Éste es el entorno de la fábula llevada a nuestras vidas. Es por ello, por lo que resulta preciso estar atento. Estar atento significa reflexionar sobre lo que sucede a nuestro alrededor, por muy bien que nos parezca encontrarnos, hay que estar dispuestos a aprender con humildad, apreciar aquello que tenemos, valorándolo y queriéndolo, y sobre todo, defendiéndolo.

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De esa fábula de la rana hervida, salto a la contraportada del libro Masonería, religión y política, donde leo: “Era de noche. Imprevistamente la luz se apagó. Un grito estalló en la obscuridad. No recuerdo quién lo lanzó, pero todavía me estremece: ¡Están cambiando el agua de la pecera sin que los peces se enteren!”, fuente: Bitácora de  Don Manuel Guerra. “Sin ser conscientes de ello, al menos la mayoría, el Nuevo Orden Mundial está cambiando el agua de la pecera global e imponiendo la ideología de género en todos los países, principalmente en los occidentales  y en los occidentalizados, o sea, en los tradicionalmente cristianos, que -en general- ya han dejado de ser cristianos sus gobernantes y que están dejando de serlo en cuanto a los gobernados (el pueblo)”. Bajo el disfraz de política de igualdad y no discriminación, está imponiendo en todos los ámbitos la ideología de género. Pero ¿qué es la “ideología de género“? Pienso que no es algo objetivo, ni natural o conforme a la naturaleza humana, sino algo pensado e ideologizado.

A impulsos del feminismo radical y de las energías laicistas y relativistas, la ideología de género inició su difusión a velas desplegadas a partir de la “Conferencia de la mujer” de Beijing/Pekin (año 1995). En ella, los lobbies “consiguieron imponer a los países miembros el compromiso de incorporar la perspectiva de género en todas sus políticas y medidas legislativas”. Desde entonces, la ONU está exigiendo su imposición en sus países miembros. Ya es un ingrediente indispensable del masónico nuevo orden mundial, sustitutivo del orden cristiano. La UNESCO, la agencia de la ONU encargada de velar por la educación, la ciencia y la cultura, bajo el pretexto de luchar contra la discriminación, promueve nuevas políticas en favor de la ideología de género. Propone que se incluyan en todos los programas educativos de modo transversal, o sea, insertados prácticamente en todas las asignaturas, por ejemplo: historia, literatura, lengua, educación sexual (documento Out in the Open, octubre de 2016). A su vez, el matrimonio es considerado ya como un invento social de índole relativista, pues se adaptaría a las alteraciones de las circunstancias socioculturales e históricas. El matrimonio queda a la intemperie, dependiente del deseo de cada contrayente, a merced de la satisfacción subjetiva, emocional, psicológica, sexual y a veces hasta meramente genital. Se silencia la función social del matrimonio y de la familia, teniendo como resultado el desierto demográfico que atraviesan en nuestros días muchos países. Está acaeciendo en nuestro tiempo, sea resultado de la restricción voluntaria (no tener hijos porque no se quiere). La infecundidad y el descenso de la población  es alarmante por su fétido olor totalitario y de imposición forzada, uno, desde arriba, a partir el poder nacional y autonómico y otro, sumiso al nuevo orden mundial que le está cambiando el agua a la pecera sin que los peces se enteren y es lo que la rana trata de decirles, sin saber que ella está siendo hervida.


Moraleja: Tomemos conciencia, atendamos a lo que vivimos, reflexionemos sobre los cambios, indaguemos en la manipulación y el “beneficio” que nos hierve hasta dejarnos sin recursos.




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