Editorial & Opinion

Respeto por China y por Taiwán

Carlos Manuel Echeverría / Exembajador de Costa Rica en El Salvador

sábado 25, mayo 2019 - 12:00 am

Recién me enteré de que el Yuan legislativo de Taipéi, aprobó legislación consecuente a la creación del matrimonio entre personas emparejadas del mismo sexo. Me parece extraordinario y habla muy bien de Taiwán. No estoy vinculado a los movimientos que promueven este tipo de derechos, pero aunque conservador en mucho en mi comportamiento, por formación ancestral, soy sin duda liberal en cuanto a que en la época en que estamos y a futuro, con sus debidas salvaguardias, los derechos de las minorías deben ser reconocidos, sin menoscabo de sus deberes ciudadanos.

Taiwán, esa admirable instancia nacional, nos sorprende cada día más, no solo por el abandono que hizo del nacionalismo con ribetes fascistas, para convertirse en una sólida democracia que castiga la corrupción, tolera las diferencias políticas hasta en lo más crítico y en la que la transferencia del poder de un partido al otro, es casi que a norma, pero por su apertura para analizar derechos humanos complejos. Eso, en el Oriente, donde la democracia occidental que nosotros decimos procesar no es lo tradicional, es digno de admirar.

Nunca estuve de acuerdo con la forma en que mi país de origen, Costa Rica, hace 11 años, abandonó sus relaciones con la República de China (Taiwán), para establecerlas con la República Popular China; fue de un día para otro, inesperadamente. Tampoco me gustó la forma en que El Salvador, país del que también soy nacional, hizo lo mismo hace poco.

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Por los amigos de Taiwán, siento especial aprecio que nace desde mis años, a principios de siglo, como Director General de Política Exterior de Costa Rica. Sin embargo, puedo entender perfectamente que romper relaciones en el caso de “las chinas”, es como un divorcio: rara vez no deja un mal sabor. Por otro lado, es fácil entender como la gran mayoría de Estados en el mundo, empezando por los Estados Unidos de América (aún recuerdo como, siendo estudiante en ese gran país en los años 70, de ver por la televisión al embajador de Taipéi, dejando su escaño en la ONU…así son éstas cosas), dejaron sus relaciones diplomáticas con Taipéi para establecerlas con Beijing; el enorme tamaño y el peso político y socio económico de la República Popular China es innegable.

Sin embargo, considero que el romper totalmente con Taipéi desde la perspectiva nacional, pues como es sabido, San Salvador hábilmente ha desarrollado una relación de hermandad con la mencionada ciudad insular china, no da pie para ignorar la existencia de esa pequeña pero gran nación insular, qué, aún en la situación que vive con Beijing, tiene relaciones socio económicas  potentes y una inversión que ya debe de andar al menos por los 200 millardos de dólares, en la China Continental. Una gran parte de las naciones de primer orden del mundo, incluyendo EE.UU. y varias de América Latina, ha establecido con la República de China, un esquema de representaciones comerciales y consulares recíprocas, que funciona casi como una Embajada.


En mis años en Washington DC, como asesor para Centroamérica del Secretario General Adjunto de la OEA y previamente gerente de Alianzas Estratégicas del IICA, recuerdo que la representación taiwanesa en esa ciudad, tenía cerca de 150 funcionarios, más  varios consulados en ciudades del país.

Taiwán no es despreciable en forma alguna. La misma China continental la aprecia muchísimo, pues es un centro de desarrollo de tecnología de punta impresionante. Me parece que si algún día se ponen de acuerdo, si Hong Kong  lo ha tenido, Taiwán tendrá un status especial todavía más sustancial.

No aconsejo a países que mantienen sus relaciones con Taiwán el abandonarlas; no me corresponde. Pero pensando estratégicamente, se me ocurre que los estados del Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), que ya dieron ese paso,  podrían establecer por su vía,  una representación conjunta en Taipéi, cada país con su oficial representante, reconociendo que todavía no tenemos en Centroamérica la madurez y confianza para aceptar que nos represente alguien que no sea de nuestro país. Presento la idea, con el ánimo de ser constructivo, idea que podría también aplicarse a otras instancias, como por ejemplo la Unión Africana, con sede en Addis Abeba.




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