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Editorial & Opinion

San Romero ejemplo para transformarnos

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martes 16, octubre 2018 - 12:00 am

Este domingo 14 de octubre fuimos privilegiados testigos, gracias a los avances tecnológicos de la comunicación, de la canonización de nuestro Santo Romero; un hecho sin precedentes que ha movilizado en alegre expectativa a casi todos los salvadoreños asentados en las más diversas latitudes y de los más diferentes credos. La solidaridad universal, cristiana, humana y progresista sensible a las causas justas ha sido conmovida tanto como a otros de corazón endurecido se les tornó la saliva en vinagre, quienes aún ponen en duda  la grandeza de un hombre hecho Santo; su apatía y conveniente ceguera aún quema y corroe sus lúgubres pensamientos que están profundamente enraizados en la mezquindad de sus intereses.

Desde la distancia, paso a paso, estuvimos emotivamente expectantes en los actos previos y la misa de canonización, el evento de cumplida justicia más relevante de todos los tiempos para El Salvador. No tiene precedentes un reconocimiento universal de esta naturaleza, especialmente por las circunstancias del martirio del Profeta, defensor de los intereses de los más humildes, luego de la tesonera lucha de sus proponentes para superar las resistencias de los sectores eclesiales más conservadores en contubernio con la oposición de gobiernos  de derecha a lo largo de más de veinte años.

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La formalización de la santidad es un digno tributo a su fe, a su ejemplar estatura ética y moral, a la más sencilla y honesta condición humana, a su férrea valentía en defensa de los desvalidos. Su fuerza ha sido capaz de iluminar los más oscuros recovecos de la más retrógrada y miserable condición humana de quienes con su eliminación física trataron de silenciar su potente voz de justicia.

En una complicidad compartida: unos culpables de azuzar y celebrar el crimen del Santo Romero, otros de planificarlo y ejecutarlo, otros se encargaron de obstaculizar la justicia para impedir cualquier investigación de responsabilidad penal; el gran ojo del norte -que dicen saber todo y asesoraban en mucho- jamás aportaron sustancia o genuino interés para esclarecer; mientras prominentes medios de comunicación se encargaron de desviar la atención, encubriendo el crimen e ideologizando su trascendencia.


Para esta sociedad que enfrenta una severa crisis de pérdida de valores e identidad cultural, violencia y criminalidad, exacerbado consumo, profundas desigualdades y extrema pobreza, el Romerismo como pensamiento espiritual y práctica social es una esperanza; sin embargo, implicará un abordaje integral, complejo y diverso, tanto desde la perspectiva de la fe que corresponde a las iglesias, en las que sin sectarismos y desde las particularidades de cada culto las congregaciones podamos asumir el ejemplo y enseñanzas de tan magnífica figura; como para los católicos, quienes deberán superar la intención de quienes coloquen al Santo como figura meramente contemplativa e inerte para la adoración del conformismo, trascendiendo al carácter espiritual de transformación humana que reflejó el apostolado del Santo Romero.

Los historiadores, la academia y científicos sociales tenemos el reto de desentrañar las circunstancias y lecciones del proceso histórico, en el que más allá de la genuina religiosidad de Romero, se produjo un sujeto ejemplar que reta y establece una utopía de transformación social, una sociedad de Dios; en tanto, nuestro sistema educativo desde la perspectiva de principios y valores tiene la responsabilidad de cimentar desde la formación laica los principios humanistas de Romero, edificando en ética a las actuales y futuras generaciones y sembrando el pensamiento colectivo del salvadoreño más universal y ejemplar.

En la esfera política es ineludible asumir lo que corresponde. El peso es grande para ARENA que debe decidir deslindarse definitivamente de su fundador, sobre el que pesa abundante evidencia de responsabilidad sobre el crimen de Romero. Desde la Comisión de la Verdad, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos como el Tribunal en Fresno, California, EE.UU.; así como los testimonios y  diligencias, dolosamente estancadas en el Tribunal 4’ de Sentencia de San Salvador, apuntan a Roberto d’Aubuisson como el autor intelectual de aquel crimen.

El mensaje y pensamiento de Romero es “El Minimum Vital” de Masferrer -actualizado-, recoge  los clamores y aspiraciones reivindicativas más sentidas del pueblo salvadoreño; dibuja con claridad el ideal de honradez, honestidad, modestia y compromiso ejemplar del liderazgo social, institucional y político esperado en quienes asumimos responsabilidades en el servicio público.

Nuestro Santo Romero es el milagro en sí mismo, es el salvador que con su ejemplo genera esperanza, nos abre la oportunidad de transformar la sociedad, representa la recuperación del amor y respeto por nuestros prójimos, de la honestidad en el trabajo, la modestia y sencillez en el desempeño, trasciende ideologías políticas, por lo que cada uno debemos reflexionar para asumir la transformación que nos corresponde.




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