Editorial & Opinion

Se apresta el fin de la partidocracia

Aldo Álvarez / Abogado, catedrático, directivo del CD

jueves 17, enero 2019 - 12:00 am

La gente del común piensa que son los intereses de las cúpulas de los partidos las que determinan la actividad política en el país, lo cual se manifiesta, entre otras cosas, en el control de las instituciones del Estado, y en la percepción de la desinstitucionalización generalizada. Parece no haber entre la población la percepción que los índices de corrupción pública hayan disminuido sustancialmente, y que la misma parece “institucionalizada”.

Las personas expresan un alto índice de rabia más que desánimo frente a la solución de los grandes problemas que les aquejan; parece que han perdido la esperanza en que la actual clase política va efectivamente a resolver los problemas como la inseguridad, los bajos niveles de ingresos, el desempleo, la falta de adecuados y efectivos servicios de salud, la falta de cobertura y educación de calidad, etc. Y han perdido la fe en esta clase política, precisamente por el comportamiento que la misma ha tenido en todos estos años, pues en vez de hacer lo pertinente para profundizar el modelo democrático y empoderar al ciudadano, hizo lo contrario: se empoderaron los partidos y convirtieron a la “partidocracia” en el modelo de “democracia representativa” del país. Claro está que lo mencionado ha sido beneficioso para los intereses de las cúpulas de los partidos y para alguna parte de la militancia de los mismos, quienes para el caso en poco tiempo llegaron a llenar una buena parte de las plazas públicas, aún en detrimento de otros criterios -como la llamada “meritocracia”- más democráticos y transparentes para acceder al servicio público.

A lo señalado se suma el hecho de que el modelo “partidocrático” no ha podido resolver los problemas estructurales de este país y, lejos de eso, los ha agravado -como en el caso de la seguridad pública y la distribución equitativa de la riqueza-. Así pues, de esta forma construyeron un modelo político adonde diseñaron un Estado que respondía -y de muchas formas responde- a los intereses de las cúpulas partidarias y no a los de las grandes mayorías, tal cual debe ser en un modelo verdaderamente democrático. Por ello, considero que el modelo político, el modelo de Estado así diseñado y ejecutado de la post-guerra, se ha agotado completamente, pues ha probado ser ineficaz e incapaz de hacer lo que un modelo político en un sistema democrático debe hacer: crear las condiciones para que los grandes intereses, demandas y necesidades de las grandes mayorías en la sociedad, obtengan solución y respuesta de parte del Estado, a lo que corrientemente se le llama gobernabilidad.

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Por lo anterior considero que nos encontramos en un estado de crisis de gobernabilidad, porque aunque no estamos en un nivel de ingobernabilidad total, es mi apreciación que estamos bastante cerca. Pienso que si bien el Estado no es aún fallido, podría llegar a serlo, pues muy a pesar de lo que diga el actual gobierno, ha fallado y falla en muchos niveles de satisfacción de demandas de los ciudadanos, siendo el más dramático el de la seguridad pública. Lo anterior ha creado un Estado al que como bien le he llamado en ocasiones anteriores, pudiéramos denominar como “disfuncional”, pues más o menos funciona en ciertos niveles y en otros no. Un Estado disfuncional además en un nivel de crisis profunda de gobernabilidad, con serios peligros de convertirse en un verdadero Estado fallido si llega a fallar al punto de la ingobernabilidad.

Debemos aceptar que el modelo político partidario, así como funciona en la actualidad, ha fallado, y que ya no da para más; por ello, la primera gran reforma política que se debe hacer, es la adopción de un nuevo modelo de partidos políticos, pero también de un nuevo modelo de Estado. No podemos aceptar que por la inadecuada y disfuncional actuación de la mayoría de partidos en el país, se ponga en peligro el modelo de partidos políticos, como los válidos, adecuados e indispensables intermediarios entre la sociedad y el Estado, y nos estemos encaminando hoy día a un Estado fallido, debido a la incapacidad de esa clase política de darle soluciones a lo que es realmente importante para las mayorías de la sociedad. Debemos aceptar, como se debe, que el actual modelo político adoptado a partir de los Acuerdos de Paz se agotó, que ya no da para más, y que su torcida consecuencia más grave fue la instauración de la “partidocracia”, que tanto daño le ha hecho al país, y que es hora que termine de una buena vez por todas.





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