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Editorial & Opinion

¿Se nos permite discriminar a personas homosexuales y trans?

Bernd Finke / Embajador de Alemania en El Salvador

sábado 2, marzo 2019 - 12:00 am

¿Se nos permite privar a los homosexuales o transexuales de los derechos humanos de los que disfrutan los heterosexuales? Ésta es la pregunta central planteada por el abogado Herman Duarte en su último libro titulado “¿Es justificable discriminar? Una discusión cultural sobre estado de derecho, libertades y sexualidad”. Herman Duarte me invitó recientemente -en ocasión de la presentación pública de su libro- a compartir mis pensamientos sobre la pregunta que había formulado. Me gustaría compartir a un mayor número de lectores lo que he dicho al respecto para su discusión. Hago mis declaraciones como Embajador de un país para el cual la lucha contra todas las formas de discriminación tiene alta prioridad. Y escribo estas líneas como un cristiano y un heterosexual que forma con su esposa y dos hijas una familia “tradicional”.

Mi primer punto: La pregunta de si está justificado discriminar a las personas por su orientación sexual debe ser respondida -breve y sucintamente- con un “no”. No, porque la libertad de orientación sexual se considera un derecho humano fundamental que, como todos los demás derechos humanos, está sujeto a una prohibición incondicional de la discriminación.

Mi segunda observación: El hecho de que, a pesar de la clara situación de los derechos humanos, a muchas personas les resulte difícil reconocer a los homosexuales o a las personas transgénero como parejas en pie de igualdad en nuestras sociedades y, en consecuencia, toleran la discriminación hasta el punto de incluir las expresiones de odio y los ataques a la vida; se basa, por así decirlo, en nuestras cabezas. Estamos formados por la idea heteronormativa de que la sociedad está dividida “naturalmente” en hombres y mujeres que se desean mutuamente y que cualquier desviación es “antinatural” o “perversa”. En este contexto, la homosexualidad se describe a menudo como una enfermedad que necesita ser curada. Que esto es una tontería anti-científica no requiere de ninguna explicación especial.

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Además, el debate público a menudo argumenta que la tolerancia de la homosexualidad destruye la familia tradicional. Creo que es importante desde un punto de vista sociopolítico poner a la familia bajo una protección especial. Pero el argumento de que los homosexuales amenazaron a nuestras familias no me parece convincente. ¿Por qué?

Primero, debemos recordar que las parejas homosexuales no le quitan nada a las parejas o familias heterosexuales. Concederles derechos humanos fundamentales no disminuye nuestros propios derechos humanos. Segundo, debemos conceder que nuestras familias tradicionales no están amenazadas por lesbianas, gays o transgéneros, sino por desarrollos sociales que son responsabilidad de las personas heterosexuales: Nuestras llamadas familias tradicionales se ven amenazadas por las numerosas agresiones domésticas y sexuales que en la mayoría de veces los maridos infligen a sus esposas y los padres a sus hijos; nuestras llamadas familias tradicionales se ven amenazadas por el número cada vez mayor de divorcios; nuestras llamadas familias tradicionales se ven amenazadas por la tendencia de muchos esposos y esposas a engañar a sus parejas; nuestras llamadas familias tradicionales se ven amenazadas por las muchas familias fragmentadas con madres solteras. Yo diría que aquí es donde están los grandes desafíos para la supervivencia de la familia tradicional, no en las parejas homosexuales?


Mi tercer punto es el siguiente: En el debate sobre la justificación de la discriminación por motivos de orientación sexual, regularmente se hace referencia a algunos pasajes bíblicos. Aparte del hecho de que estos pasajes a menudo se citan sin tomar en cuenta su contexto histórico, debemos recordar que el rechazo de las personas LGBTI con referencia a aspectos religiosos plantea un doble problema:

Por un lado, imponemos nuestras propias ideas religiosas a todos los demás miembros de nuestra sociedad. Esto viola el principio de la libertad de religión, que nos permite seguir o no seguir creencias religiosas.

Por otro lado, aquellos de nosotros que nos consideramos cristianos debemos preguntarnos hasta qué punto nuestro comportamiento discriminatorio hacia las personas LGBTI es compatible con los valores cristianos fundamentales.

Ser cristiano significa hacer lo que Cristo ha hecho. Aparte del hecho de que no hemos recibido ni una sola palabra de Jesús sobre cómo tratar a los homosexuales, podemos afirmar sin lugar a dudas que el trato de Jesús con las personas marginadas -y esto incluye a las personas LGBTI en nuestras sociedades- siempre se ha caracterizado por el afecto y la inclusión, nunca por la exclusión y la persecución. Esto significa que no debe haber lugar para el discurso de odio contra las personas LGBTI, para su persecución y los ataques a la vida en una sociedad cristiana. Lo que quisiera decir, como cristiano, es: ¡Cuidado con tomar la primera piedra en nuestras manos cuando juzgamos a las personas lesbianas, gays, bisexuales, trans e intersexuales!

Un último punto: El número de personas con una disposición homosexual es sólo del tres al diez por ciento de la población total. Así que no hay “peligro” de que El Salvador u otros países se conviertan en pueblos de gays y lesbianas. Por otro lado, esta cifra también significa que entre 192,000 y 640,000 personas de orientación homosexual viven en El Salvador, y viven entre nosotros en nuestro círculo de amigos y como nuestros vecinos, colegas de trabajo, compañeros de clase o incluso familiares. ¿Queremos que todas estas personas sean excluidas y vivan una vida de miedo y terror de la estigmatización y la persecución sólo porque no son heterosexuales?




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