Editorial & Opinion

Si las mentiras tienen patas cortas ¿por qué las fake news tienen alas?

Lilliam Arrieta de Carsana / Abogada y Notaria

martes 21, mayo 2019 - 12:00 am

Muchos de nosotros crecimos escuchando decir que “las mentiras tienen patas cortas” o que “más temprano que tarde, la verdad sale a relucir; sin embargo, esta sabiduría popular parece no aplicar cuando se trata de las fake news o noticias falsas. La tecnología, las nuevas prácticas para el consumo y divulgación de noticias, el anonimato, alcance y velocidad que ofrecen las redes sociales u otros medios de comunicación digital, así como la existencia de empresas que se dedican a su generación y divulgación, parecen haberle dado alas a las noticias falsas en todo el mundo.

Ni las mentiras ni las noticias falsas son inventos novedosos; sin embargo, el enorme impacto que actualmente tienen las segundas sí lo es. Su influencia es tan grande que se ha señalado que varios presidentes recientemente electos alrededor del mundo, habrían logrado vencer a sus competidores en las urnas, en parte, gracias a la difusión masiva de noticias falsas. El daño que pueden provocar a la libertad de prensa y a la vida democrática de un país es enorme, ya que algunas de las fake news que se propagan no solo están destinadas a divulgar falsedades sobre personas con relevancia pública, hechos históricos o curas médicas, sino que también son intencionalmente dirigidas a descalificar a los medios y fuentes de información confiables. En esta columna me enfocaré únicamente en algunos hallazgos de estudios especializados que intentan explicar la incontrolable masificación y popularidad de este tipo de noticias.

Un estudio reciente de la Iniciativa para la Economía Digital de MIT (Vosoughi, S. y otros 2007) encontró que en redes sociales, las noticias falsas reciben más interacciones y se comparten más que las noticias sobre hechos verdaderos.  En algunas oportunidades por ignorancia o clara mal intención, pero también porque existe en el ser humano una avidez por lo novedoso, lo sensacional y las teorías de la conspiración, sobre todo cuando se refieren a política o a descubrimientos científicos.  El equipo de MIT señala que el ser humano tiende a prestar más atención y a considerar más valiosa y merecedora de divulgación la información que parece aportar datos novedosos, sean o no verificables y sean o no divulgados por una fuente fidedigna de información. La replicamos para no parecer desinformados, por si las dudas, porque llamaron nuestra atención o porque terminamos creyendo que son ciertas por ignorancia o porque nuestro sistema de procesamiento de la información está dañado.

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Por otra parte, al analizar el comportamiento de distintos grupos de edad, investigadores de la Universidad de Rutgers de Nueva Jersey, indican que los adolescentes prefieren las noticias presentadas por sitios con un alto contenido controversial y valorativo que las noticias presentadas de forma objetiva por los medios tradicionales, ya que éstos les parecen aburridos, repetitivos y poco creíbles (Marchi, R., 2012). En contraste, en un estudio de 2019, las universidades de Nueva York y Princeton señalan que la franja poblacional que más comparte noticias falsas son las personas de más de 65 años.

Al examinar la temática que más frecuentemente es objeto de noticias falsas existen numerosos estudios que indican que en política, la polarización juega un rol muy grande en la proliferación de las noticias falsas. Sectores cada vez más amplios de la población se inclinan más a creer y divulgar noticias afines con su “cosmovisión” o ideología sin ningún filtro crítico. La identidad política opera como una suerte de ceguera selectiva ante las distintas noticias que circulan; en gran parte, por la afinidad que sentimos con la noticia, pero también por el contacto reiterado y exclusivo con personas que comparten el mismo ideario y las mismas fuentes de información (Del Vicario, M. y otros, 2016). Para rematar, las aplicaciones, algoritmos y empresas de marketing alimentan este círculo al proveernos información de acuerdo con nuestras preferencias. En algunos casos se crea una suerte de “cámara de eco” o de burbuja en la forma como procesamos la información, que puede llegar a suprimir la capacidad de razonar del individuo al igual que ocurre con los cultos (Thi Nguyen, C., 2018).  El gran reto que tenemos todos es el de no reproducir fake news y de no dejarnos lavar el cerebro.





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