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Editorial & Opinion

Sociedad, Estado, partidos políticos y elecciones (I)

Rubén I. Zamora / Abogado, político y diplomático

viernes 21, septiembre 2018 - 12:00 am

La separación entre sociedad y Estado en materia política, se expresa en dos esferas, la privada y la pública, y es una característica esencial del Estado moderno; anteriormente el gobierno no se generaba a partir del pueblo, sino de la familia real o de caudillos de guerra, y lo público era propiedad del gobernante ya sea por designación divina o por ser botín del conquistador; al mismo tiempo, la necesidad de un Estado autónomo, separándose de la economía y la religión en gran medida respondía a la necesidad de manejar la complejidad de intereses que generaba el desarrollo capitalista; éste fue un largo proceso iniciado en Europa y que se extendió por todo el mundo.

Es dentro de este marco, formado por las dos esferas, la pública y la privada, que surge una tercera, los partidos políticos modernos que juegan el papel de vincular a las dos primeras en las tareas principalmente político-electorales y es en este marco que se estructura la relación entre cargo en el Estado y partido político.

Si bien, en el diseño de la sociedad moderna esto es muy claro, en la práctica no lo es tanto, pues el manejo de los intereses económicos e ideológicos de los diversos agrupamientos sociales para transformarlos en políticas públicas es muy complejo y dado que el poder político no se puede distribuir matemáticamente, es inevitable que los conflictos sociales e ideológicos se reproduzcan a nivel político, produciendo desbalances; por ello no puede descartarse que una esfera intervenga abusivamente en la distribución del poder ya sea a través de los partidos políticos o directamente logre que sus intereses se conviertan en públicos, afectando negativamente las condiciones de vida de otros sectores de la sociedad y creando desigualdades económico-sociales, o que los partidos políticos pongan sus intereses propios por encima de los intereses nacionales, en estos casos, estaríamos ante fenómenos negativos, en el primero de una conducta oligárquica y en el segundo de partidocracia y ambos a lo que conducen es  a que el Estado no pueda cumplir su misión de dar seguridad y cohesión al conjunto social sino que se convierte en gestor de inseguridad y desigualdad social.

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Lo anterior es para establecer que, en un Estado Democrático y Representativo, la burocracia y los partidos políticos son instituciones indispensables, pero también que fácilmente se descarrilan tanto el uno como el otro e impiden que el Estado cumpla con sus fines y esto nos lleva al centro del problema. En el Estado moderno, pretender que es posible establecer una tajante línea de separación entre burocracia y partidos está fuera de toda concepción racional y de hecho, todos los tratados de Ciencia Politice señalan que una de las cuatro o seis funciones básicas de los partidos es proveer al gobernante de personal que le permita poner en marcha su programa de gobierno; y se concretiza en la ley exigiendo a los partidos políticos la presentación de candidatos a cargos de elección popular y de propuestas de gobierno, de tal manera que el ciudadano pueda optar por dar su apoyo al candidato, ya no solo por su apariencia física y su propaganda, sino principalmente por lo que promete hacer o no hacer si es electo.

Ante esta problemática, un error usual en nuestro medio es el de tratar de resolver problemas del comportamiento de los actores políticos desechando el marco Constitucional o alterándolo o al revés, achacar a los portadores del modelo los problemas inherentes a este último; nuestras discusiones sobre los partidos políticos es un  ejemplo de esto, especialmente y en forma creciente en los últimos 10 años: se ha desarrollado una concepción negativa de ellos y que tiende a extenderse hasta “la política”.  En nuestro medio, el político y lo político son objeto de denuncia, sanción y rechazo, se califican con expresiones derogatorias y negativas: corrupción, mentira, engaño, aprovechamiento del Estado para fines particulares, clientelismo, patrimonialismo, etc. y se ofrecen soluciones carentes de un análisis serio de las raíces del problema y que a menudo, en vez de ayudar a resolverlo, simplemente lo profundizan; la diatriba sustituye al análisis, las eliminaciones a las soluciones.





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