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Editorial & Opinion

Sueños de migrantes

Eduardo Cálix / Embajador

miércoles 28, noviembre 2018 - 12:00 am

Se ha llegado a aseverar que los migrantes que se dirigen a los Estados Unidos en caravana intentan realizar lo que se conoce como: “El sueño americano”.

Después de recorrer miles de kilómetros, los migrantes centroamericanos que comenzaron a hacer visible su tragedia hace más de un mes están en la frontera de México con Estados Unidos, un limbo entre un sueño que parece inalcanzable y una pesadilla de la que parece no pueden despertar.

Ahí ya los esperan. Avisadas por los cruces masivos de la frontera sur de México, las autoridades estadunidenses llevan semanas preparando escenarios, desplegando agentes policiacos y elementos militares. La consigna es “no pasarán”.

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No era muy complicado de vaticinar: ante la negativa de EE.UU. de no permitir la entrada colectiva de los integrantes de las caravanas centroamericanas, éstos se atorarían en la frontera norte. Allí encontrarían el verdadero muro y comenzaría la verdadera tragedia humana.

Ninguna autoridad mexicana puede asegurar quienes han entrado entre los más de ocho mil centroamericanos que se encuentran en México; pero lo cierto es que a su paso han violado normativas legales mexicanas y en consecuencia puesto en alerta los sistemas de seguridad de ese país.


Decir eso es una mera constatación de hechos y no implica tener una postura antiinmigrante. Personalmente creo que un país se enriquece cuando recibe a personas de otras naciones que quieren aportar al desarrollo de la nación. Pero esto siempre debe ocurrir con orden y un propósito claro.

Tampoco es xenofóbico afirmar que la llegada y tránsito de extranjeros en el país debe estar regida por reglas. De otro modo, la seguridad de ellos y de los locales puede verse en riesgo.

El gobierno mexicano puede elegir que no quiere escenas de centroamericanos agolpándose en la frontera sur del país y que la forma de evitarlas es dejarlos entrar. Lo que no puede decidir es que les permitan el paso a Estados Unidos. Así que debe escoger dónde prefiere que estén: en Tecún Umán, Guatemala; o en Tijuana, Baja California. Ya de por sí, de acuerdo con las autoridades municipales de dicha ciudad del norte, su estancia cuesta a las finanzas 500 mil pesos diarios (US$27,000.00), y crece día con día.

Los fenómenos migratorios actuales no pueden ser resueltos por un solo país. Requieren de acciones multilaterales. No hay nación en el mundo, por muy grande y poderosa que sea, que pueda recibir a todos los que quieran ser parte de ella. Se impone, necesariamente, la obligación de recibir a unos y rechazar a otros. Los criterios los tiene que poner cada país.

Porque no somos países de recursos ilimitados, debemos administrar el fenómeno migratorio de manera ordenada y segura. No se puede dejar pasar sin reglas a todos los que quieran usar un territorio como zona de paso sin restricciones.

Lo cierto es que en la caravana de migrantes saben de antemano que su futuro es ignoto; no saben en qué población extranjera encontrará su destino, también ignoran de qué vivirán y con quiénes trabajarán. El viaje que emprenden no tiene el carácter de placentero y seguramente estarán pasando incomodidades y peligros, entre inclemencias del tiempo, quebrantos de salud, delincuentes que atracan y violan, peligro de perder la libertad y, probablemente hasta la vida.

En efecto, es un hecho incierto de quien abandona el terruño nacional y no sabe ni puede saber en qué consistirá un futuro complejo, en el que corroborará que su intento no es un paraíso, y los esfuerzos que deberá realizar no solo son cuesta arriba, sino que pletóricos de sinsabores y abrojos.




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