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Editorial & Opinion

Tenemos nuestro santo. ¿Qué vamos a hacer?

Ruben I. Zamora/Abogado, político y diplomático.

jueves 18, octubre 2018 - 3:22 pm

Confieso que yo soy uno de los que  teníamos reparos a su canonización; mi reserva se asentaba en el hecho de que los Santos  tienden a ser convertidos en estatuas a las que la gente recurre para pedirles milagros, rezarles un rato y luego salir de la iglesia y hacer lo mismo de siempre, sea esto bueno o malo; la posibilidad de que Monseñor Romero se convirtiera en una simple estatua, en un producto más de la religión de consumo, nos preocupaba y preferíamos, creo que con egoísmo, guardárnoslo para nosotros especialmente si lo conocimos como un ser viviente de carne, hueso y espíritu, teníamos miedo que nos lo momificaran.

Confieso mi falta de fe en la potencia de su espíritu, de su legado y de sus enseñanzas; somos como Tomás, el apóstol incrédulo que temía cambiar su experiencia empírica de la muerte de Cristo en la cruz y pedía pruebas y solo ante ellas se dio cuenta de la realidad y se convirtió; hoy, al darme cuenta de lo que después de su muerte martirial ha sucedido y está sucediendo, no tengo más alternativa que rendirme ante la evidencia y darme cuenta que su proceso de canonización en la mejor muestra de que Romero y su legado está vivo en el corazón de nuestro pueblo.

Conozco poco de la historia de los santos, pero me parece que los santos tienen un proceso de canonización basado en un consenso de su santidad, pero el proceso de Romero es muy diferente en el sentido que por un lado muchos hombres y mujeres de El Salvador y del mundo tenían el convencimiento de su santidad, pero por el otro había un poderoso grupo aquí y en el Vaticano que estaban dispuestos y lucharon porque su memoria y sus enseñanzas pasaran al olvido; por un lado estábamos los que creíamos que Romero estaba resucitado en sus enseñanzas y ejemplo, y por el otro estaban los que precisamente no querían que su mensaje viviera y llegaron hasta quitarle la vida; les quedaba por delante la amenaza de un pueblo que lo sentía como presente.

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Hoy el Papa Francisco al canonizarlo nos dice que Romero es nuestro Santo, el santo para todos los y las salvadoreñas y es un santo universal, ha cerrado el debate y nos da la prueba más contundente de la resurrección de San Romero en su pueblo, como él quería que sucediera.

Si logramos entender esto, que San Romero no es bandera de nadie, ni es enemigo de nadie, es la guía para todo un pueblo que necesita encontrar un camino común para salir adelante, si logramos entender que San Romero no es el enemigo de nadie, sino el hermano que nos exige y nos alienta, si logramos entender la trascendencia de que su mensaje es para hoy y para nuestros problemas, entonces  completaremos su resurrección, y será una verdad de que San Romero resucitó en su pueblo, entonces habremos entendido que este camino solo podrá construirse si nos reconciliamos y trabajamos juntos en hacerlo como San Romero lo quería.


Hoy tenemos la gran oportunidad de lograrlo, desde los Acuerdos de Paz nuestro país no ha respirado una oportunidad de unidad como el que nos ha traído la canonización de Monseñor; el hecho de que coincida con una campaña electoral no puede ser excusa para no intentarlo, pues si algo San Romero peleaba en sus últimos días de vida fue por lograr que lo que nos dividía diera paso a abrir un nuevo camino para el pueblo, en paz, sin represión y buscando la igualdad y hermandad entre todos.

Tenemos que hacerlo.




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