Editorial & Opinion

Trump prevalecerá

Armando Rivera Bolaños / Abogado y Notario

sábado 21, diciembre 2019 - 12:00 am

En  la historia presidencial estadounidense encontramos que varios mandatarios de la gran nación norteamericana se vieron envueltos en diversos escándalos y problemas legales, tanto públicos como privados, pero, de ellos, solo tres lograron que el Congreso acordara un juicio político tendiente a su destitución, conocido como “impeachment”, de los cuales ninguno fue sentenciado a dejar el cargo y cumplieron su período en forma completa. La Constitución federal permite que un presidente de la nación, al encontrarse indicios o pruebas de haberse extralimitado en el uso del poder, u otros delitos, sea la Cámara de Representantes, o Congreso de la nación, quien inicie las investigaciones del caso, abra a pruebas los indicios, cite a testigos fiables y, finalmente, acuerdan o no elevar ante el Senado de la república, el juicio político correspondiente.

El mismo Abraham Lincoln, libertador de los esclavos, tuvo una vida política azarosa y, pese a ello, alcanzó dos veces el mando. En el segundo período, fue asesinado a balazos el 15 de abril de 1865, cuando asistía a una función teatral. Al fallecido Lincoln, le sucedió Andrew Johnson, quien desde su llegada a Casa Blanca comenzó a discutir y arremeter acremente contra los congresistas, quienes comenzaron a recoger pruebas de “haber cometido altos y menores delitos”, especialmente de mentir a los representantes, y de ese modo fue llevado su caso al Senado que, por una gran mayoría a favor del jefe de estado, lo libró de “destituirlo”. Esto sucedió en 1868. Hacia 1920, el presidente Warren G. Harding se vio envuelto en escándalos relacionados con manejos fraudulentos de fondos pertenecientes a la oficina federal de veteranos de la I Guerra Mundial, y, de nuevo, el Congreso ordenó investigarlo, pero Harding falleció el 2 de agosto de 1923 y con eso concluyó el caso.

No fue, sino hasta el gobierno de Richard Nixon (1969-1974), que los Estados Unidos de América vieron a un mandatario implicado en asuntos graves de carácter político, cuando se dio aquel famoso escándalo de espionaje a los demócratas, conocido históricamente como “Affaire Watergate” y que, según los críticos, seguramente hubiera concluido con la destitución de Nixon, pero éste, en un acto decisorio jamás visto antes ni después, renunció “voluntariamente” al mandato presidencial, con lo cual evadió el famoso “impeachment”, que avanzaba con fuerza en el Senado. Nixon falleció diez años después de su renuncia. Y las olas políticas se volvieron de nuevo agitadas durante la administración de Bill Clinton quien, en 1998, fue investigado por la Cámara de Representantes por los cargos de “mentir y de obstrucción a la justicia”, un “affaire” en la que, incluso, se miró involucrada una becaria cuyo padre nació en El Salvador, de nombre Mónica Lewinsky. El Senado absolvió a Clinton, pero dañó su ya ascendente carrera política, que se opacó para siempre.

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Hoy nos encontramos ante una controversia política y verbal muy enconada entre un Congreso, de mayoría demócrata, y la administración del presidente Donald Trump, republicano de pies a cabeza. En Trump se conjugan varias similitudes con los juicios que se les hizo a sus antecesores que reseño en esta columna. Primero, se le ha endilgado que ha mentido varias veces y de ser irrespetuoso en sus referencias al Congreso, especialmente con su presidenta, la representante Nancy Pelosi, tal como pasó con Andrew Johnson; se le acusa de haber presionado al mandatario ucraniano Volodimir Zebenski, para que “espiara las acciones de Joe Biden”, candidato demócrata a la presidencia, que guarda muchísima similitud al caso Nixon. Y finalmente, se le acusa de relaciones extramaritales, todo bien parecido a la carpeta de Clinton. Y, como corolario, Trump tiene a su favor, un Senado mayoritariamente republicano, su partido desde hace muchísimos años, cuando aún no era el multimillonario empresario inmobiliario de la actualidad.

Pero mucho más significativo que sea o no republicano, que anticipa el apoyo del Senado, hay un hecho sobresaliente por el cual Donald Trump resultará liberado de las imputaciones del Congreso y apoyado ampliamente por el pueblo estadounidense: es el incremento notable de la economía norteamericana, el volumen favorable de su comercio interno y externo, de la generación asombrosa de nueve millones de nuevos empleos en la nación, etc. Por eso afirmo: ¡Trump prevalecerá!





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