Editorial & Opinion

Un ideal que se debe reconstruir

Roberto Burgos Viale / Abogado

lunes 9, diciembre 2019 - 12:00 am

La Asamblea General de la ONU sesionaba en Paris cuando adoptó y proclamó la “Declaración Universal de los Derechos Humanos”, el 10 de diciembre de 1948. El mundo acababa de pasar por su segunda guerra mundial, por primera vez se hablaba del delito de genocidio como lo conocemos hoy, y la comunidad internacional plasmaba en este documento el ideal de una “familia humana”, como la llama en su Preámbulo, de la que todas las personas formaría parte sin distinción alguna.

La Declaración es un documento, un texto jurídico, una carta de intenciones, pero también una advertencia contra un mundo asolado por la barbarie de la que sus redactores acababan de librarse, pero que ahora, 71 años después, dicha amenaza vuelve a mostrarse encarnada en el populismo, el autoritarismo y hasta el fascismo de nuevo cuño, tan amenazador y destructivo, como en las primeras tres décadas del siglo pasado.

Hago aquí un paréntesis para recordar el cincuentenario de la Declaración, a finales de 1998, cuando la Embajada de Francia en nuestro país celebró, por todo lo alto, el ideal universal de fraternidad y dignidad humana que este documento encierra.

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Ese día, la comunidad jurídica y política se encontraba en ese gran evento en un hotel capitalino, mientras en Londres se decidía que Augusto Pinochet, el viejo dictador chileno convertido en senador vitalicio, si podía ser juzgado y hasta enfrentar una posible extradición a España, donde era requerido por el entonces juez Baltazar Garzón, por sus delitos contra la humanidad y en particular contra miles de víctimas de tortura, desaparición forzada y ejecuciones sumarias, desde el golpe de Estado que protagonizara contra el presidente Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973.

Recuerdo la sensación de orgullo por el Derecho y la Justicia, así, en mayúsculas. Recuerdo la emoción compartida al ver en televisión las imágenes de tantos exiliados chilenos celebrando en Madrid, Roma y Londres, ante la realidad de lo que se consideraba imposible años atrás, cuando la voluntad de una junta cualquiera de generales latinoamericanos, era capaz de burlar los imperativos del derecho internacional de los derechos humanos.


Al volver la vista al presente, y a la forma en que terminó ese caso y hasta el mismo juez de la causa, no puede negarse que algo se perdió desde entonces.

El mundo se ha privado de la convicción de que el poder tiene límites precisos, y que la exclusión, la agresión humana y la falta de responsabilidad sobre el destino y bienestar de los semejantes, no pueden justificarse por razones de nacionalidad, sexo, religión, u opiniones políticas. Prevalece un pervertido pragmatismo político que ha contaminado a las generaciones más jóvenes, indiferentes muchas veces al dolor ajeno y a las formas de evitarlo, presas de un mundo virtual en el que su involucramiento se limita al uso durante pocos segundos de un teclado intermitente, antes de darle un vistazo a la pantalla del teléfono móvil y seguir con sus vidas, principalmente en los países más ricos de occidente.

La Declaración Universal afirma que el menosprecio de los derechos humanos es el origen de la barbarie, que solo un mundo sin temor y miseria permite a las personas gozar de la libertad religiosa y de expresión, que la igualdad de derechos entre hombres y mujeres es una convicción universal, y que la búsqueda de asilo en cualquier país también es un derecho humano. Dice muchas cosas más, pero las convicciones aquí apuntadas demuestran, al darle un vistazo al mundo actual, lo brusco del cambio de percepciones y la pérdida de valores comunitarios, dando al traste con la idea de una verdadera “familia humana”, que casi todos queremos.

Debe reconstruirse este ideal aunque el mundo de hace siete décadas es distinto. No puede volverse al pasado, pero si mantener y reavivar con entera responsabilidad humana, el “ideal de mundo”, que se pensaba en la ciudad de París aquella mañana de 1948,  y de paso la sensación de orgullosa humanidad que hacía un brindis por la  justicia en el San Salvador de 1998.




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