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Editorial & Opinion

Un país para las niñas

Roberto Burgos Viale / Abogado

lunes 1, abril 2019 - 12:00 am

Sabemos reconocer la violencia desde la infancia. Los castigos corporales, los insultos y diversas formas de humillación fueron habituales en nuestra niñez, nos acompañaron en la casa y en el colegio, incluso en clubes deportivos y en más de alguna iglesia. Quien no se reconozca en ese calvario o es que lo ha olvidado o es un privilegiado en medio de un mar de tragedias personales que se guardan en secreto, sobre las que es mejor no hablar, no decir, no murmurar, no señalar.

Las agresiones han marcado para bien y generalmente para mal nuestra percepción de este fenómeno. Ya sea porque los adultos que hoy somos la rechazamos y la denunciamos, o bien porque la replicamos con la siguiente generación, o porque respondemos con indiferencia ante los hechos que dolorosamente nos recuerdan los sufridos hace décadas.

La realidad nos muestra que el problema de la impunidad de los abusos contra la niñez ya llega a cifras catastróficas. En el portal de UNICEF se mencionan datos escalofriantes: “…La Encuesta de Indicadores Múltiples por Conglomerados (MICS, por sus siglas en inglés) de 2014, revela que el rango de edad con un mayor porcentaje de niñas y niños sufriendo algún tipo de castigo físico es de 3-4 años (62%). La Fiscalía General de la República (FGR) reportó en 2017, que, del total de delitos sexuales denunciados contra la infancia, el 92% fue contra niñas y las adolescentes. Datos similares se reportan en 2015 y 2016…”.

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La misma oficina de la ONU remata este panorama de violencia, con un dato proveniente de la última “Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples”, el cual señala que, el 36.1% de los niños y niñas de 0 a 17 años viven sin alguno o sin ambos padres por abandono, migración o muerte. En suma: los más pequeños son los más castigados, la mayoría de los abusos sexuales se produce contra las niñas y el abandono de los progenitores es el denominador común entre estas víctimas.

En el caso de los hombres, pareciera que las ventajas que trae aparejadas la asignación tradicional de roles, la mayor disponibilidad de oportunidades, la protección acentuada y constante de los familiares y hasta la fuerza física que se desarrolla con los años, son factores que dan una ventaja que se considera peligrosamente natural, y que marca la diferencia con respecto a las niñas y las adolescentes. Ellas lo tienen más difícil, su libertad se restringe desde temprana edad y, peor aún, a la mayoría se le enseña a vivir con miedo, miedo a los demás, miedo a su propio cuerpo, miedo a disentir y a expresarse, a ser ellas mismas y, en los peores casos, también se les enseña a aceptar y callar los abusos que sufren de los hombres de su propia familia o de sus maestros y vecinos, en nombre de las buenas maneras y de tantos convencionalismos sociales que actúan en su contra.


Este desbalance no es normal, esta vulnerabilidad creciente es un problema que nos debería afectar a todos por igual. La muerte de niñas que luego son abandonadas en la vía pública, aún con uniforme escolar y que luego son expuestas en redes sociales, son reflejo de nuestra propia barbarie.

Este no es un país seguro para las niñas. No se las protege, no se las educa, no se les quiere. Aquellas adolescentes que disfrutan de la libertad, del gusto de practicar un deporte, de caminar por algunos espacios públicos y que además podrán hacer realidad el optimismo de sus familiares sobre su futuro, son niñas privilegiadas que representan además el saldo positivo de unas estadísticas que, como las anteriores, invitan a huir a otro suelo antes que el propio las devuelva a sus familiares y comunidades en la forma de una nota de prensa, de una cifra más dentro del conteo de muerte y violación, cuando no expuestas al trauma y al dolor permanentes. No tenemos un país para las niñas, tenemos que construirlo y defender los avances, aunque sean pocos.




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