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Editorial & Opinion

Un santo para el mundo

Juan José Monsant A./Exembajador de Venezuela en El Salvador

sábado 20, octubre 2018 - 12:00 am

Un Santo, para la Iglesia católica, es el reconocimiento que se le hace a una persona que ha tenido una vida ejemplar, según los cánones éticos cristianos”. Y nos preguntaremos ¿Quién es un buen cristiano digno de ser considerado santo?  A Jesús no le gustaba que lo llamaran santo, siempre reprimía a sus discípulos inquiriéndoles: ¿Por qué me llaman Santo? Solo hay uno, y es el Padre.

Ser cristiano es muy complicado, sumamente difícil. Es un reto diario contra sí mismo y contra el mundo que nos rodea; termina siendo, como es, una opción de vida. Ahora, sustituir el cristianismo por la liturgia, el ritualismo, clericalismo, papismo, vaticanismo y demás formalidades y expresiones externas que suplantan, y muchas veces contradice, la esencia de la fe, que no es otra que la contenida en la Palabra de Jesús, es sumamente fácil, cómodo, en consecuencia. Verbo que es recogido por los  apóstoles en los Evangelios, los tres sinópticos: Marcos Lucas y Mateo y, el de Juan que se aparta de la narrativa de los tres anteriores. Ese ritualismo,  comodidad, dualidad moral, expresiones de poder fue el que denunció Jesús, por eso lo asesinaron. ¿Dónde recae la esencia, eso de “Buscad primero la verdad”?, pues en El Sermón de la Montaña y en cada una de las parábolas propuestas por el Mesías. ¿Queremos más esencia aún? “Dad a cada uno lo que le corresponde, no hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti, desea para el otro lo que quieres que deseen para ti”.

En todas, Jesús insiste, predica, afirma el compromiso con  los más débiles, necesitados, viudas, enfermos, extranjeros, pobres, pecadores. No está contra los ricos, se sienta a comer con ellos, acepta sus ayudas, alaba el trabajo productivo pero exige la regla para entrar al ¨Reino¨ el amor al prójimo, la justicia, la opción preferencial por el necesitado. Y, cuando predicó esa vía ¨haced lo que ellos dicen que hay que hacer, pero no lo que ellos hacen¨, lo asesinó el entramado del poder.

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Al estar el cristiano inserto en la sociedad, todo aquello que conspire, retarde, o impida esa comunión debe ser denunciado y señalado como pecado social.

Esa tarea cobra mayor fuerza en quienes ejercen la guía espiritual como vocación: el sacerdote. Ese fue el oficio por opción de Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, nacido en el pueblito de Ciudad Barrios del departamento de San Miguel, El Salvador, que fuere ordenado sacerdote en 1942 en la ciudad de Roma, con apenas 24 años. Desde su llegada al país fue ocupando responsabilidades hasta ser ascendido en 1970, por su antiguo profesor el Papa Paulo VI, a obispo Auxiliar de San Salvador; y siete años después lo elevó a la dignidad de Arzobispo, creando una gran expectativa e interrogante, por cuanto no era el preferido de la feligresía por su carácter discreto ante la cosa pública, y tenido como un buen pastor conservador.


Desde esa posición comenzó a tener conocimiento directo de los diferentes párrocos y feligresía de la verdadera situación socioeconómica del campo, la violencia indiscriminada de las fuerzas de seguridad,  escuadrones de la muerte y la guerrilla, las condiciones de vida y la asimétrica distribución de la riqueza nacional.

Finalmente el asesinato de su amigo el padre Rutilio Grande S.J., le hizo involucrarse directamente en la denuncia y en las causas de la violencia de su país. Sus homilías que obligaban a la reflexión y a la toma de decisiones, fue demasiado para el estamento dominante. Lo tildaron de comunista, volaron la radio desde donde transmitía sus homilías, lograron frustrar un atentado colocando una bomba bajo el altar donde debía oficiar una misa, hasta que finalmente un 24 de marzo de 1980, a las seis y media de la tarde, mientras oficiaba la eucaristía en la capilla de la Divina Pastora, el preciso disparo de un francotirador le atravesó el corazón.

San Óscar Arnulfo Romero sigue siendo un tema muy sensible en el país, muchos católicos consideran su santidad un exabrupto (de cuatro Papas); los marxistas que lo tenían monopolizado, perdieron una bandera. Ahora es el Santo de El Salvador, y de allí para el mundo.




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