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Editorial & Opinion

Una incierta transición

Eugenio Chicas / Colaborador

miércoles 10, abril 2019 - 12:00 am

El Salvador avanza a su tercera transición política de la posguerra. La primera inició con la firma de los Acuerdos de Paz que culminaron con un álgido periodo de gobiernos dictatoriales y la supremacía del estrato armado sobre la sociedad; aquella gran transición democrática salvadoreña transformó y abrió un proceso para la creación de nuevas instituciones diseñadas de acuerdo a los intereses de la sociedad y a las tendencias de un mundo más “civilizado”. Además restableció espacios, derechos políticos y sociales; libertades de expresión, organización y movilización y trasladó a la esfera política electoral la disputa del poder político gubernamental, dejando atrás los golpes de estado y truculentos procesos electorales.

Con esa transición comenzó un complejo proceso de ajustes, adecuaciones y construcción de nuevos partidos políticos, en el marco de incipientes reglas de competencia electoral, sujetas a las condiciones de aquella época.

La segunda gran transición ocurrió tras la caída del partido Arena al perder las elecciones en el año 2009, después de 20 años continuos de ejercicio de gobierno, con la hegemonía del gran capital representado por los grupos económicos de mayor incidencia en áreas estratégicas de la economía. Este cambio cerró un periodo de supremacía neoliberal que se caracterizó por: una liberalización económica a ultranza, sendas privatizaciones de recursos públicos y cambio de la matriz económica productiva por una de expansión comercial, de servicios y financiera.

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El cambio generado por el arribo de un gobierno de izquierda en esta segunda transición, abrió un nuevo periodo caracterizado por un marcado énfasis en la implementación de mayores políticas sociales de beneficio a la población, sin costos políticos debido a su arraigo en la ciudadanía.

Estos programas, como el paquete escolar que contempla un conjunto de beneficios que incrementaron sensiblemente la matrícula y rendimiento escolar, una sensible mejora y ampliación de la infraestructura escolar y un mayor nivel de formación del cuerpo docente; o la ampliación del paquete agrícola que, junto a otras políticas agropecuarias, contribuyó a la seguridad alimentaria y la reactivación económica de zonas deprimidas, contribuyeron a superar buena parte de la extrema pobreza rural, son un legado valioso para miles de salvadoreños.


Este gobierno tuvo un impulso decidido a políticas sectoriales como Ciudad Mujer, programa insignia que de manera comprobada ha contribuido para aliviar las condiciones históricas de marginación y exclusión de las mujeres abriendo un sendero de esperanza para mejorar las condiciones de vida del núcleo familiar. También exhibió notables progresos en el sistema de salud (siempre insuficientes) al ampliar la red con nueva infraestructura y servicios, tecnología de punta -antes solo vista en instituciones privadas- e incorporó el escalón de los equipos comunitarios; además se desarrollaron programas de asistencia al adulto mayor, así como a lisiados de guerra excombatientes y veteranos, que hoy cuentan con una mayor atención.

Esta tercera transición, que muy probablemente inició antes pero se profundizó con los resultados de la última elección presidencial, aún tiene incógnitas interesantes y sus rasgos y características se identificarán mejor cuando asuma ejercicio el nuevo gobierno, mostrando en definitiva su verdadero programa y la novedad de figuras a cargo. Es previsible que en esta transición se destaque el auge de la lucha social estimulada por la incertidumbre y ambigüedad del rumbo país, y con ello se profundice cada vez más un mayor empoderamiento de la sociedad.

En paralelo, ya es visible un profundo proceso de reacomodo de los partidos políticos, algunos pueden llegar a la extinción o perder relevancia de no lograr adecuarse a los nuevos tiempos, por sus dificultades o taras para saber interpretar correctamente las condiciones que exige esta última transición.

Por hoy, es incierto el rumbo de la nueva administración, su liderazgo aparece cada vez más innecesariamente confrontador, sin visos de buscar la unidad y entendimiento en el país, enredado de manera prematura en pequeñeces domésticas, y más influido por el frenesí mediático de permanecer en la cresta de las redes sociales, muy dado a las luces y reflectores propios del fenómeno de la personalización de la política, generando mayores dudas sobre la sabiduría necesaria para el manejo de los grandes problemas estratégicos del país. Sus exabruptos y escarceos mediáticos, las cortinas de humo, auguran de mala manera, el estilo y talante de una administración que pierde de vista la brevedad con que transcurren 60 meses.




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