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Editorial & Opinion

Voto femenino, ¿distinto del masculino?

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jueves 31, enero 2019 - 12:00 am

En las elecciones presidenciales de El Salvador en este 2019, el 53.3 % del padrón electoral está integrado por mujeres, quienes además participamos en mayor proporción que los hombres. Por mencionar un dato, en las elecciones de 2014 acudimos a las urnas (en segunda vuelta) un 54.5 % de mujeres contra un 45.5 % de hombres.

De mantenerse este comportamiento, en 2019 seremos las mujeres quienes definiremos la presidencia del Ejecutivo. Por tanto resulta pertinente preguntarnos si además de una diferencia numérica, ¿el voto femenino es distinto del masculino? De acuerdo al estudio Explicando la brecha de género en el voto de la derecha radical: una investigación transnacional en 12 países de Europa occidental (2015) –título traducido del inglés-, las mujeres son un 39 % menos propensas que los hombres a votar a partidos de extrema derecha, pues consideran que les quitan derechos o las hacen más vulnerables.

No obstante esos datos no son generalizables, tal como lo han demostrado las experiencias recientes tanto en Estados Unidos como en Brasil, donde resultaron electos Trump y Bolsonaro, pese a sus creencias y actitudes misóginas. En el primer caso, incluso, Trump ganó a Hillary Clinton el voto de las mujeres, blancas y sin estudios, por más de diez puntos de diferencia. En cuanto a Bolsonaro, alcanzó la presidencia gracias, en buena parte, a que logró el voto del 50 % de las mujeres, según la última encuesta de Datafolha.

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Las mujeres podemos ser igualmente (o no) conservadoras que los hombres en el ejercicio del poder (por medio del voto u ocupando un cargo público, por ejemplo). Por tanto, en El Salvador como grupo poblacional mayoritario debemos reflexionar nuestro voto, por lo menos en tres puntos que considero prioritarios. El primero es que las personas como seres sociales, diversos y políticos, no actuamos como autómatas guiadas por un determinismo biológico. Más que eso somos producto de una historia, una cultura, una construcción y conciencia de género (que nada tiene que ver con lo que los sectores recalcitrantes definen, peyorativamente, como «ideología de género»), además de otros factores socioeconómicos.

El segundo, y considerando la importante brecha de género en el ámbito político, que aunque lo ideal sería que las mujeres (si cabe, aunque también los hombres), apoyáramos las candidaturas de otras mujeres, no debe ignorarse que el sexo biológico no garantiza ni determina por sí solo que una persona sea mejor o peor candidato o servidor público. En este sentido, debiera indignarnos la forma en que se ha instrumentalizado, y banalizado, la lucha pro mujeres en la actual campaña electoral.


Derivado de los anteriores, el tercero es que en estas elecciones debemos elegir personas con propuestas sustentadas y que además erradiquen el statu quo. Esto supone que las mujeres tenemos responsabilidad doble: por un lado continuar ejerciendo mayoría, y por otro tener presente que somos quienes asumimos los costos sociales de lo que decidamos, sin olvidar la evidencia que demuestra que en sociedades patriarcales y con Estados fallidos, los primeros derechos que se recortan en momentos de crisis son los de las mujeres.

Estos recortes en derechos se manifiestan de manera indirecta, por ejemplo porque el bienestar de la infancia, de las personas adultas mayores o dependientes (por enfermedad, situación de discapacidad u otros) pudiera verse afectado por propuestas electorales desfinanciadas. En ese caso, eventualmente seremos nosotras quienes absorberemos el costo de esa demagogia por medio de los trabajos no remunerados que demandan los cuidados de grupos en situaciones de vulnerabilidad, hecho que puede ser peor para los segmentos de ingresos más bajos.

Y sin necesidad de mayor análisis o ejercicio intelectual, de manera directa pueden recortar derechos fundamentales de las mujeres. En este campo los riesgos incluyen violencia de género, embarazos de menores de edad, inserción en el ámbito de trabajo remunerado, entre otros ya bien conocidos, pero no reconocidos por todos y todas.

Ante este panorama, como mujeres y como sociedad tenemos la obligación ejercer el voto de forma responsable. Este domingo 3 de febrero, puede ser el inicio de la construcción de la sociedad que queremos y merecemos por derecho.          




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