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Editorial & Opinion

8 de marzo: un día sin mujeres

Ana Cevallos / Economista Investigadora @cevallob

jueves 8, marzo 2018 - 12:00 am

Hoy en El Salvador y en más de 40 países se realizará la huelga feminista para conmemorar el Día Internacional de la Mujer. Es pertinente entender su alcance y sentido, reflexionando en al menos dos aspectos. El primero, que se trata de una acción reivindicativa de lucha por nuestros derechos, siendo que éstos históricamente han sido reconocidos de forma tardía e incluso, cuando hemos sido incorporadas se nos ha considerado como ciudadanas de segunda clase al acceder a muchos de ellos de forma supeditada al estatus civil (que prioriza personas casadas), o bien a factores reproductivos (maternidad), entre otros.

Pudiera pensarse que esto es cosa del pasado, especialmente en países más avanzados donde se ha logrado la igualdad formal (ante la ley) en varios ámbitos. No obstante, incluso en dichos países la evidencia demuestra que en la práctica esto no se ha traducido en igualdad de oportunidades y resultados entre hombres y mujeres, pues persisten importantes brechas en detrimento de estas últimas, principalmente como resultado de la división sexual del trabajo, observable en desiguales condiciones de empleo, salarios y pensiones, entre otros.

Lo anterior obedece a que a pesar que se ha avanzado en varios frentes, continúa existiendo una distribución inequitativa entre hombres y mujeres de las actividades domésticas y de atención a familiares y dependientes, dificultando severamente las aspiraciones de igualdad. De forma explícita o implícita, ciertas leyes y políticas públicas continúan manteniendo este esquema, promoviendo un modelo irreal de familia tradicional que potencia el predominio de los hombres en el ámbito del trabajo remunerado (rol proveedor), y la especialización de las mujeres en el ámbito del trabajo no remunerado (rol cuidador). Es decir, un modelo de sociedad anacrónico ante la verdadera dinámica actual, en la que cada vez más mujeres se incorporan al mercado de trabajo, pero se enfrentan a reglas y leyes que no reconocen igual necesidad (y obligación) de hombres y mujeres para conciliar sus vidas familiar y laboral.

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Consecuentemente, el segundo aspecto a comprender en el marco de la huelga convocada para este día consiste en reconocer su carácter diferenciador: no se trata únicamente de un cese laboral y de consumo, sino además un cese de las tareas del hogar y de cuidados. Con ello se pretende evidenciar el aporte de estas mujeres en materia de trabajo no remunerado, lo que al final de cuentas representa buena parte del costo de funcionamiento del modelo económico actual asumido por ellas.

Para entender el potencial de una huelga de esta naturaleza, preguntémonos: ¿qué otra huelga tendría la capacidad de paralizar no solo las calles, sino también la actividad diaria de los hogares? En Centroamérica, ¿alguna otra huelga podría tener el impacto (económico, fiscal, social y político) que generaría paralizar los trabajos domésticos y el cuidado de niñas, niños, población adulta mayor y población dependiente por discapacidad?


Por desgracia, las propias condiciones cognitivas y de poder, socialmente tan arraigadas, que la misma huelga busca erradicar, también dificultan que se realice con toda su contundencia y potencial. Quizá este objetivo de la huelga feminista sea el más difícil de visibilizar: muchas de las mujeres de la Centroamérica de hoy siguen sin tener posibilidad real de suspender por un día las tareas del hogar y de cuidados sin que esto suponga un cuestionamiento moral por tratarse de actividades asumidas como «naturales». O, si una mujer decide ir a la huelga, existe el riesgo que el trabajo suspendido lo asuma otra mujer, y veríamos la sobrecarga en las abuelas, las hermanas, las tías, y así, pero probablemente no lo asumiría la gran mayoría de hombres, aunque pudiesen hacerlo. Y por último, una acción como ésta tiene el riesgo de generar conflictos al interior de algunos hogares, sin descartar la violencia.

La aspiración de la agenda feminista no es exclusiva de las mujeres. Compete a toda la sociedad. No se puede avanzar al desarrollo ante el costo que impone la división sexual del trabajo.




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