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Editorial & Opinion

¿Anular el voto? ¡Nooooo!

Dr. Mauricio E. Colorado / Abogado

lunes 12, febrero 2018 - 12:00 am

El Salvador se aproxima a un nuevo proceso electoral para escoger a las personas que deberán gobernarnos, esto es, las personas que deberán dictar las normas que, en forma general, señalarán las reglas de convivencia sobre las cuales los habitantes de este territorio deberíamos regirnos para convivir sin violencia y de una manera en que nadie abuse de nadie , ni esclavice a nadie, ni lo explote, ya que todos somos iguales ante la ley.

Estos principios vienen de tiempos inmemoriales y las civilizaciones han tenido desarrollos y pruebas de formas de gobierno, en las cuales ha habido relativos éxitos y sonados fracasos debido a múltiples razones, la mayoría debido al egoísmo  de la naturaleza del ser humano, que llegado determinados momentos llegan a creerse únicos salvadores y conocedores de la naturaleza humana, y con ello (y los aduladores que no faltan) se endiosan y llegan a considerarse insustituibles en la gestión de dirigir a sus contemporáneos.

Sin embargo, la realidad ha demostrado que el cambio de los gobernantes –por buenos que estos sean- es una práctica saludable y beneficiosa. La historia ha demostrado que la violencia ha sido en muchas ocasiones la forma de procurar el cambio de gobernante –bueno o malo- pero con efectos traumáticos para los gobernados, quienes a la larga sufren los efectos de esos cambios inesperados y que de hecho no son recomendables.

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La historia también ha demostrado que la forma civilizada de escoger a los gobernantes ha sido por medio de las votaciones libres, en las cuales los gobernados hacen uso del derecho de expresarse libremente para escoger a la persona que, según su forma de ver el panorama, sería quien mejor interpretaría los hechos políticos y sociales que más favorecería a más integrantes de la sociedad y conglomerado del territorio determinado que será gobernado.

En los pueblos civilizados, el voto popular se ha perfilado como el arma moderna para mantener una fuerza equitativa que mantenga un orden en todos los habitantes. Cuando esa fuerza se desborda, y se trata de mantener una forma aparente pero sin cuerpo real, se desnaturaliza el esquema y se cae en el despotismo.


Los países civilizados propugnan en sus leyes básicas el voto como un deber ciudadano, que a la par es un derecho, a manera de evitar los abusos de grupos de personas que pretendan aprovecharse de circunstancias momentáneas, que recomienden llenarse de soberbia y embrutezcan más a los ídolos con pies de barro, que al caer no se explican la razón de sus fracasos. Lo vemos en todos los lugares y todas las épocas. El Salvador no puede ser la excepción.

Un joven dirigente y novel político que se inicia en uno de los partidos mayoritarios del país, de una tradición sangrienta y nada conservadora, se atreve a jugar con fuego y expone su futuro y hasta su vida, alentado por veteranos políticos que probablemente llegado el momento oportuno le darán la espalda, pero por ahora lo empujan a mostrarse como la luz en la penumbra y lo provocan a pedir la anulación del voto, contra todo estímulo a la protección de la democracia en el futuro de la nación.

Tenemos que recordar que las instituciones no pueden ser solamente para una ocasión, sino que para todo un futuro nacional. Lo que ahora puede ser aparente bueno, mañana puede revertirse. Un valor cívico como ejercer el voto debe construirse paulatinamente. Acostumbrar a un pueblo a que otros decidan por él puede y ciertamente traerá consecuencias nefastas para las mayorías. Venezuela no puede ser un ejemplo más clarificador. El abstencionismo colocó a Chávez en la presidencia y no hubo elección que lo removiera en el futuro. Su sucesor, Maduro, no puede ser más evidente como dictador.

Se “brinca” una Asamblea electa por el pueblo y se inventa una Constituyente que le obedece a él. Se nombra candidato para una reelección, sin opositor. ¿ A eso vamos?




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