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Editorial & Opinion

Apuntando en Monimbó

Juan José Monsant Aristimuño / Exembajador de Venezuela en El Salvador

sábado 16, junio 2018 - 12:00 am

En uno de los tantos filmes surgidos a raíz de la guerra de los Balcanes, la última, entre serbios, croatas y bosnios, una de las imágenes más aterradoras que se repetían, fue la del francotirador apostado en los tejados o habitaciones de los últimos pisos, camuflados, invisibles, silenciosos, pacientes, hasta que de algún lugar surgiera una breve silueta, un hombre, mujer o niño que atravesaba la calle en carrera y, !Zuuuck! un breve sonido se oía al atravesar el cráneo o el pecho de la temeraria víctima, un certero disparo del especialista: el francotirador.

Seguramente estos francotiradores utilizaban un fusil Dragonov, o el Orsis T5000, ambos de fabricación rusa y de alta precisión, hasta unos 800 metros el primero; tampoco tenían que ser unos Vaisile Zaitsev, quién con su Moisen 1891/130, logró abatir, según la contabilidad registrada, 243 nazis en la batalla de Stalingrando.

Los venezolanos de la era Chávez, introdujeron la técnica de los francotiradores desde el inicio de su fatídico mandato. Fue como cazar conejos o lagartijas. Se situaban sobreseguros en las azoteas de los edificios y desde allí ¡Zuuck, zuuck! el zumbido mortífero al azar. No fallaban, no tenían cómo, le disparaban a la multitud, siempre caía alguno, como se demostró en la morgue.

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El laureado escritor de “Castigo Divino” y “Margarita está linda la mar”, y el que más gusta a los políticos “Adiós Muchachos”, además de un sinnúmero de cuentos, novelas y artículos que son cuentos, a cual mejor, escribió recientemente uno en el El País de España” “Cambia, todo cambia”.

Demoledor, crudo, histórico, desgarrador, donde en pocas líneas logró evidenciar el drama por el que atraviesa Nicaragua, y como si fuera una narración extraída de la Odisea, describe la heroicidad diaria y agónica de la rebelión nica ante la tiranía, en cada pueblo, en cada calle: “La ciudadanía desarmada controla ahora una ciudad entera donde la represión se ha ensañado no solo matando jóvenes, sino también incendiando, y saqueando comercios de todo tamaño. El baluarte es el barrio indígena de Monimbó, como lo fue durante la insurrección que derrocó a Somoza. Un amigo me dice que sortea las barricadas para ir por el pan y los nacatamales del desayuno del domingo. Solo hay que cuidarse de los francotiradores, le narra un amigo”.


Son los mismos de Venezuela, de la Venezuela castrista. Francotiradores entrenados por el Ejército cubano, quizá hasta por el iraní o sirio, y quizá usando los mismos Dragonov que  utilizaron los nuestros desde las azoteas de la Avenida Urdaneta y de la Torre Británica.

Estos, los de la tiranía nicaraguense, no se suben a las azoteas, pero apuntan detrás de los árboles, o posan sus fusiles en el techo de la cabina de las Hilux 4×4, y desde allí sitúan su blanco, retienen la respiración y ¡Zuuck, zuuck!, otro que cae al pie de un “árbol de la vida”.

Allí también aparecen, en cada pueblo alzado, en cada calle tomada, en cada universidad, las llamadas anteriormente “turbas divinas” que ejercían su terror degradador durante el primer mandato de Ortega.

Ahora son más sofisticados, y se les llama de otra forma, desde que el difunto Cardenal Obando le dio la bendición al segundo mandato (quizá podríamos decir, segunda era), esta vez acompañado por la Murillo.

Esas turbas aparecieron en Venezuela cuando Chávez, pero se les llamaba “colectivos”; al principio actuaban tímidamente, se agrupaban alrededor de la Plaza Bolívar de Caracas, en la “esquina caliente”, y que para vender libros de Fidel, Mao, el Che, y figuritas de barro con la imagen del “comandante eterno”.

Solo que su función era la vigilancia, el amedrentamiento. Eso, mientras eran adiestrados en Cuba por el Frente Francisco Miranda, en el uso de armas de fuego, el ataque y retirada, la disolución de manifestaciones y desaparición del escenario; eso sí, cabalgando de dos en moto, son los conocidos  motorizados o colectivos armados. Usan también presidiarios peligrosos, criminales, desalmados, les uniforman de policías o guardias y se los echan a los estudiantes. Tal como sucede en la Nicaragua del clan Ortega-Murillo.

Uno se pregunta, ¿qué hacer con ellos luego que se rescate el Estado de Derecho democrático? Algo se le ocurrirá al mundo civilizado, pero es obvio que estos desalmados han perdido su naturaleza humana, son irrecuperables para la sociedad.

Esta tiranía se va. Toda Nicaragua es un Momotombo, toda Nicaragua es Masaya y Monimbó. Cesarán los francotiradores, los colectivos armados, los torturadores, los árboles de la vida. Se irá primero que en Venezuela; debería ser al mismo tiempo, porque se nos agotan las lágrimas. Pero luego habrá que asumir en la región, un “nunca jamás”, con nuevas reglas, propósitos, realidades.




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