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Editorial & Opinion

Atrapados en el pasado

Juan José Maristimuño / Exembajador venezolano en El Salvador

sábado 7, enero 2017 - 12:00 am

A raíz de la infamante Resolución 2334 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, presentada por Venezuela, Malasia, Nueva Zelandia y Senegal contra el Estado de Israel el pasado 23 de diciembre, el presidente electo de los Estados Unidos Donald Trump declaró que la ONU era un club de vividores. Todos sabemos a lo que se refería. Recordé que años atrás un buen amigo, economista él, se refería a determinadas asociaciones regionales y sus integrantes, como “buhoneros internacionales”. Un buhonero es, en el lenguaje venezolano, una persona que ejerce la economía informal en la calle, moviéndose de un sitio a otro, vendiendo desde baratijas hasta vestimentas de firmas entradas de contrabando. Viven de eso; sin pagar impuestos, alquileres, energía eléctrica, ni controles laborales o sanitarios. Se refería a que estos buhoneros que visten de seda y armiño, viajan en primera clase, gozan de viáticos engolosinados, son recibidos por líderes públicos y privados, dictan (repiten) conferencias, pontifican sobre lo humano y lo divino, y luego regresan a la sede de su Organización, sin haber solucionado nada.

Quizá exageraba su descripción, pero es muy gráfica. De lo contrario, ¿cómo se explica la sumatoria de organismos multilaterales en Centroamérica y Suramérica multiplicándose y repitiéndose unos a otros, sin resultado concreto para nuestras exiguas economías y frágiles instituciones democráticas?

Los principios y conceptos que guiaron las primeras manifestaciones de integración regional y mundial, surgieron en ocasión de guerras devastadoras e inútiles en Europa, la Primera y la Segunda, y muchas otras anteriores. Pero de allí surgieron la Sociedad de Naciones, las Naciones Unidas y la Unión Europea; cada una cumplió su objetivo inmediato y quizá mediato, pero no han sido capaces de reinventarse, actualizarse, aggiornarse. Son como los sistemas operativos, se quedaron en el Windows 95, la Apple II del 77, o en las máquinas de fotografía de rollo ASA 100. Con el tiempo generaron su propia dinámica, leyes, intereses, burocracias y hasta su particular religión o modos de vida. Son como la extraña vida creada por el Dr. Víctor Frankenstein, cuyo resultado fue muy diferente a la intención de su creador, según nos narró la escritora Mary Shelley.

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Claro que fue positiva, vital, impostergable sus creaciones, pero les alcanzó el tiempo, la evolución, la realidad; y hoy son incómodos jarrones chinos.

Los organismos internacionales necesitan repensarse y refundarse, para ser eficaces y tener razón de ser; por ejemplo, la Comunidad Económica Europea ha comenzado a drenar, el Brexit británico fue una reacción lógica de un país que estaba siendo arrastrado por la burocracia comunitaria hacia la disolución nacional. Burocracia que logró asumir un poder de decisión e influencia más allá de los países que la conforman, en temas políticos, ideológicos, religiosos, morales y económicos que atienden más a la perspectiva del burócrata de turno, que a los fines de la institución.


La distorsión es tal magnitud que, por ejemplo, hoy se encuentran sentados a la misma mesa donde se hacen recomendaciones y se toman decisiones económicas y políticas, vinculantes y no vinculantes, en el Consejo de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, gobiernos dictatoriales violadores masivos de los Derechos Humanos, como Cuba, Venezuela, Arabia Saudita, Burundi, China, para nombrar los más representativos de los 47 países que la integran; pero ¿puede acaso Cuba juzgarse a sí misma, puede Venezuela explicar la crisis humanitaria de su país, las decisiones del Tribunal Superior de Justicia, o el ignorar la Asamblea Nacional, puede valorarse ella misma o a otro país con objetividad y criterios democráticos? No, es obvio que no.

Allí está la distorsión y la pérdida de credibilidad de estos organismos internacionales que, en algún momento, las naciones tendrán que decidir si los valores democráticos son los que inspiran una unión de naciones para alcanzar la dignidad y el desarrollo en libertad o, por el contrario, lo es el utilitarismo convencional de lo políticamente correcto, como pareciera estar ocurriendo.




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