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Editorial & Opinion

Campesinos

Carlos Alvarenga Arias / Abogado y MAE

martes 31, octubre 2017 - 12:00 am

El ser humano es un animal, sofisticado, pero un animal al fin y al cabo.

Su estructura genética, se sabe ahora, no difiere de la rata sino por solo 400 genes (entre millones de millones). Así lo dijeron los estudiosos del genoma humano.

Por si fuera poco, el parecido al primate, su comportamiento, la forma en que se desenvuelve en sociedad, la prosecución de los recursos para suplir sus necesidades básicas, todo lo confirma.

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Cuando vemos a maras y narcos pelear por su territorio, solo se viene a la mente la lucha de los machos alfas por ganar el terreno donde mandar; y la forma en que cazan las hienas, en grupos, de forma taimada, para alcanzar una víctima desprevenida, solo me hace recordar a los violadores y a los políticos.

¿A qué viene todo eso?


La complejidad alcanzada como especie humana, en un mundo tecnologizado pero con masas incultas, que se lo creen todo y manipulables como párvulos, manejados por entidades bien organizadas para su provecho, hace nacer en mi pecho una terrible lástima por mi especie.

Por otro lado, la escasez de bienes y las necesidades crecientes, más una demografía incontrolable, me llevan a pensar que los cuatro jinetes del Apocalipsis son muy reales: guerra, enfermedad, hambruna, muerte.

Todo ello me lleva a concluir que no es tan calamitoso el cambio climático ni el efecto invernadero, como la sequía moral, la sobreabundancia de vicios, el desenfreno de las sociedades que se manifiestan desde la violencia doméstica, pasando por la indiferencia colectiva a los verdaderos males, lo manipulable que son las masas ante un discurso demagogo y populista, llegando al deterioro de la moral y la ética. Se cierra el círculo.

Hay muchos valientes que luchan contra todo eso, pero son leones que rugen solos en el desierto.

Pensando en ello se me vino a la mente, no sé por qué, mi abuela materna, doña Cecilia Arias, conocida como Chilita (de Chila como les dicen a las Cecilias), a quien yo llamaba con devoción Mamá Chilita. Era campesina. Si bien tenía ciertas comodidades en su pueblo El Sauce, pero trabajaba la tierra y también mataba chanchos para vender hasta el último pedazo. Los pelaba, hacía chicharra de su piel, sopa de sus patas y cola; chorizos y chicharrones de sus músculos y grasa; chuletas de sus piernas, etc. Así mis tíos se criaron cultivando igual el campo o criando ganado.

Mi abuelo materno, don Manuel Ventura, a quien todos aún lo recordamos con el dulce apelativo, Papá Nel, igualmente fue un cultivador de la tierra y criador de ganado. Con mi abuela no se casaron pero sí que estuvieron de acuerdo para engendrar a mi mamá y a mí tío Daniel, y cada quien por su lado a un montón de tíos más, nueve tíos en total. Todos ellos de alguna forma trabajaron la tierra, ordeñaron vacas, elaboraron crema, mantequilla, requesón; con sus manos hicieron crecer las milpas en ese Oriente que en un país tan pequeño siempre sabe tan lejano; árido, tozudo, terco.

Por el lado de mi papá hay más citadinos que campesinos, pero mi abuela paterna, Mama Meche, sí que supo cómo sacarle el jugo a la tierra y sus cafetales.

En el otrora clima bendecido de Berlín, allí mi Alvarenga se enseñoreó con elegancia y creído, surgiendo una casta aromatizada con una aguda inteligencia que ha dado tantos profesionales de alto nivel.

Allí mismo mi abuela, con sus manos, con sus uñas hizo brotar el café más rico del país en los años 60, cuando el “boom” de los precios hizo de los cafetaleros salvadoreños una clase privilegiada. Mama Meche recorría todas las semanas las más de 200 manzanas de café, y según me contaba mi papá, revisaba arbolito por arbolito, como madre superiora cuidadosa de cada una de sus criaturas, cerciorándose que ninguna se desviara, enfermara ni desfalleciera.

Así era la gente de la cual yo heredé el amor al trabajo. Esas eran personas, gente enfocada en lo importante; campesinos trabajadores útiles, sin ínfulas, sin smartphones, ni laptops, ni internet. Sencillas, poéticas, patriotas y no como la gente que vemos hoy en día.




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