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Editorial & Opinion

Claros y grises de un héroe

Carlos Alvarenga Arias / Abogado y MAE

jueves 7, junio 2018 - 12:00 am

Publiqué en Facebook la consternación que me causaba la muerte del cardenal nicaragüense, Miguel Obando y Bravo. Surgieron varios comentarios señalándolo como un traidor de su pueblo. ¡Qué corta memoria tienen los pueblos! Se olvidan del liderazgo de hierro en medio de la tormenta en tiempos de Somoza, en la guerra civil, del sandinismo, contra el mismo Ortega en sus primeros intentos de regresar al poder.

¡Oigan! ¡Qué poca ecuanimidad!

Las naciones suelen tener momentos duros de mucha incertidumbre y alteración de la tranquilidad, en esas épocas es cuando surgen los verdaderos liderazgos que hacen la diferencia, para bien o para mal, porque si por un lado podemos poner como ejemplo a Wiston Churchill, pero por otra parte a Adolfo Hitler.

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Nosotros no hemos sido huérfanos de ese tipo de liderazgos (positivos o negativos, según el cristal con el cual se miren), en momentos de crisis, como por ejemplo: Farabundo Martí, José Napoleón Duarte, Roberto d’Aubuisson, Guillermo Manuel Ungo, etc. Todos aportando no solo con palabras, sino también con acciones, a la solución de los problemas o incluso a darle un cambio de rumbo al país.

Hoy en día, en la crisis actual que tiene a la mayoría de los habitantes de Nicaragua unidos, está la voz y las acciones poderosas del arzobispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua, Silvio José Báez, que ha surgido como un escudo, y la voz de la revolución pacífica, en medio de la represión y la persecución cruenta del régimen somocista, ¡perdón, perdón!, sandinista. Es que ambas son tan similares que se entiende el equívoco, ya que los cuerpos de seguridad de Daniel Ortega, están torturando a los jóvenes manifestantes como lo hacían los esbirros de Anastasio Somoza: arrancándoles las uñas con tenazas.

Volviendo al punto: ¡qué dolor me causa la muerte del cardenal! Fue un líder de esos que nacen pocos, y los pocos que nacen, son pocos los que despuntan en los momentos que más los necesita un pueblo, una nación, la Historia misma.

En un tuiter de una cuenta “x” enviado por un entrañable amigo nicaragüense, en el cual se hacía mención a la misa de cuerpo presente del prelado, la cual lucía, desde la perspectiva de la toma de la foto que acompañaba el tuit, bastante vacía, se leían las siguientes imprecaciones (las menos vulgares):

“Increíble…perder el amor de su pueblo para complacer a unos sinvergüenzas”.

“Asistieron por compromiso, así terminan los hipócritas”.

“Tristemente ese es el final de los que juegan con el pueblo. Me pregunto dónde estará la familia presidencial. ¿No eran íntimos? Ahí está el prócer de la Paz”.

No deja de impactarme, insisto, la cortedad de la memoria, el odio actual que sepulta el agradecimiento de antaño. Entiendo la rabia contra Daniel Ortega y su extraña esposa, por la forma en que destruyeron la democracia y la república, por la rapiña en la que cayeron, la prostitución de todas las instituciones serviles para sus ansias de poder, y el odio que sienten por ese dúo nefasto, se traslada a cualquiera de sus sátrapas, pero, ¿con el cardenal? Al menos hay que ser justos.

Miguel Obando y Bravo fue un crítico duro, muy duro, contra la dinastía Somoza, en épocas en que no había donde decir “quién podrá ayudarnos” ya que los Estados Unidos apoyaban -en toda América Latina- ese tipo de regímenes “políticamente correctos”. Su labor no se limitó desde el púlpito a llamar la atención a los dictadores, sino que también fue protagonista principal en la mediación de casos de secuestro y asaltos armados a diferentes lugares por parte de la guerrilla.

Y en la época en la cual yo lo reconocí como el líder al cual le rindo tributo en este artículo, la era sandinista, fue un constante e incisivo crítico.

Juan Pablo II, que tuvo entre ceja y ceja destruir el comunismo que hizo destrozos en su natal Polonia, hábil político, reconociendo el liderazgo y anticomunismo del religioso lo nombró cardenal, o sea, un alfil enquistado en el único país comunista de la región. El único cardenal centroamericano. ¡Qué astuto! Era como poner un tizón divino en el trasero diabólico del comandante.

Cuando el ahora millonario exguerrillero se postuló a la presidencia en los 90, el cardenal se refirió a Ortega en una alusión llena de metáforas sin mencionar su nombre, como una serpiente a la cual se debía temer. ¡Él lo advirtió! Esa serpiente se convirtió en un Leviatán. Algunos incluso se atreven a especular que fue determinante para la derrota de Daniel Ortega en las elecciones de 1996.

Hábil animal político Ortega, una vez en el trono presidencial, lo acercó a él. Sabía que era un símbolo nacional viviente, tanto así que incluso los sandinistas lo nombraron Prócer de la Paz. Esto creo que fue lo que desbordó el odio de los hermanos nicaragüenses contra su figura antes heroida hoy de Judas Iscariote (y su apoyo al presidente del organismo electoral que avaló la vicepresidencia de la señora rara esa).

Sin duda, como escribió un tuitero, Obando y Bravo se fue sin pena ni gloria, y qué lástima por los errores que cometió dejándose abrazar por el ala llena de azufre del comandante, pero eso no puede borrar su pasado.

Una de las cosas que se me vino a la mente al ver la noticia de su muerte, es lo difícil que surjan líderes de esa talla tan necesarios para nuestros países, más ahora atacados por los enviados del demonio como las maras y el narcotráfico; con la permanente tentación de la reelección, y naufragando en el subdesarrollo y la corrupción. Es raro que surjan. Ojalá a la memoria del obispo auxiliar Báez, no le toque sufrir también esa ingratitud.



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