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Editorial & Opinion

Cleptocracia: dominio de los ladrones

Sherman Calvo / Publicista

Viernes 19, Mayo 2017 - 12:00 am

Cuando la corrupción deja de consistir en abusos para convertirse en uso, la democracia, si es que existía, degenera en cleptocracia.

Hace un tiempo, tuve la oportunidad de escuchar durante la intervención de un economista y analista político el concepto de CLEPTOCRACIA, al referirse a lo que está pasando en muchos países que viven en DEMOCRACIA, pero dentro de ella crece un voraz depredador. Sobre el tema y acerca del término Cleptocracia: (del griego clepto: quitar; y cracia: fuerza = dominio de los ladrones) es el establecimiento y desarrollo del poder basado en el robo de capital, institucionalizando la corrupción y sus derivados como el nepotismo, el clientelismo político, el peculado, de forma que estas acciones delictivas quedan impunes, debido a que todos los sectores del poder están corruptos, desde la justicia, funcionarios de la ley y todo el sistema político y económico. Es un término que se suele usar despectivamente para decir que un gobierno es corrupto y ladrón.

Entre los tipos de formas de gobierno, según otro artículo muy interesante, y a la vista de experiencias recientes y lejanas, tal vez habría que incluir una nueva, la cleptocracia. No han faltado gobiernos que, en lugar de buscar la justicia y el bienestar de los ciudadanos, se dedican a saquearlos. Es el Estado depredador.

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En las sociedades cleptocráticas lo primero que habría que ensayar es la recuperación de la democracia liberal que, sin duda, habrá sido vulnerada. Ser libre no puede consistir en elegir al amo, aunque éste sea el pueblo o la mayoría de él, sino en no tenerlo. Pero tampoco puede consistir en elegir periódicamente al saqueador. Una democracia puede soportar hasta altas dosis de corrupción, mientras no se convierta en un sistema cleptocrático. Los abusos son, hasta cierto punto, asumibles y cabe luchar contra ellos. Cuando la corrupción deja de consistir en abusos para convertirse en uso, la democracia, si es que existía, degenera en cleptocracia.

En una cleptocracia los mecanismos del gobierno de un estado se dedican casi enteramente a gravar los recursos y a la población del país (por medio de impuestos, no retribuibles a ellos, desvíos de fondos, etc.), los dirigentes del sistema amasan grandes fortunas personales. La cleptocracia se da generalmente en dictaduras o en una cierta forma de gobiernos autocráticos, puesto que en la democracia verdadera se hace más difícil encubrirla. Las economías de los regímenes cleptocráticos tienden a decaer constantemente, pues la corrupción sistemática engendrada por el gobierno significa que la economía está subordinada a los intereses de los cleptócratas.

Tradicionalmente, se ha considerado que tres son los elementos de la soberanía: territorio, pueblo y poder. Cuando se vulnera la democracia, el poder se va alejando del pueblo; en lo que el político y neurólogo inglés David Owen, definió como síndrome: egos alimentados por adulaciones, miedos, que alteran la conducta hasta llenarla de soberbia, desmesura y huida de la realidad.

El político se ve envuelto en una atmósfera irreal, y si no es un buen político, se pierde, cree que es más que los otros y se aferra al poder con todas sus fuerzas. Opera como si fuese su feudo. Según esto, habría que entender que la soberanía, más que un derecho, es el “poder”. Tienen que aprender  que así no funcionan las cosas. Que aburren, indignan y disuaden con su trillado discurso, que la sociedad civil de cada país exige transparencia  para pedir cuentas a sus representantes en el gobierno, como sucede en muchos otros países.

El mundo está hecho una pena y sólo el poder que reside en los pueblos puede cambiar esa realidad.




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