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Nacionales

“Cometí un error y vine a parar a este lugar”

Yessica Espinoza

sábado 26, agosto 2017 - 12:00 am

Sentadas en pupitres esperaban terminar la cuarta actividad del día. Ambas vestían una blusa rosada por casualidad y platicaban entre sí, mientras un grupo de periodistas visitaban junto al viceministro de Educación, Francisco Castaneda, las aulas de la escuela ubicada en Cárcel de Mujeres, en Ilopango. Su rutina inició a las 5:30 a.m., con el famoso “conteo de reas”.

Evelyn V., se levanta de la cama quecomparte con otra interna y se abre paso entre las colchonetas que adornan el piso; también comparte el turno de la ducha con dos reas más. Evelyn tiene 40 años de edad y fue condenada a 35 de prisión por dos casos de extorsión. Por el primero tiene que pagar 20 años de cárcel y por el segundo 15. Ya solo le restan 26 años.

Por un momento deja de estudiar y relata las condiciones a las que se enfrenta cada día. En su dormitorio duermen 61 reas, pero solo tiene capacidad para 20. “Son 16 catres, ahí hay cuevas (debajo de la cama), la cama de en medio y la alta, hay unas que duermen endosadas y otras solas”, indicó.

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El calor es insoportable por las noches pero asegura que es cuestión de costumbre. “¡Cállese! que ese calor nos afecta, pero nos estamos acostumbrando. Nosotras ocupamos una pajillita o un cartoncito y eso ocupamos de ventilador”, dice riéndose.

Cony P., otra de las reas estudiantes, retoma la plática. Cuenta que en su celda, que es dos veces más grande que la de Evelyn, duermen 144 reclusas en 20 catres. El resto lo hace debajo de las camas o en colchonetas. “Se supone que es un sector de procesadas, pero también hay penadas”, dice. Cony tiene 35 años de edad y está condenada a 15 de prisión por el mismo delito de extorsión.


Dentro de las celdas solo les permiten tener un “maletincito” con su pijama, una toalla y las sábanas de la cama. Al preguntar por el trato entre las internas Evelyn explica: “Estamos en una cárcel y la mayoría del tiempo hay discusiones entre las personas, pero yo trato de llevarme bien con todas porque no tengo motivos para estar peleando con nadie, yo estoy en este proceso y pienso terminarlo sin ningún problema”.

Evelyn se dedicaba a la venta de ropa y Cony vendía todo tipo de recuerdos para fiestas en el mercado San Miguelito. Ambas tienen tres hijos, pero ninguno las visita porque “no tienen tiempo” y porque ya son adultos. Sin embargo, sus madres llegan cada ocho días a platicar con ellas. Es una visita que “disfrutan”. “Cuando se van queda la tristeza que nosotras seguimos aquí y hay que esperar que se llegue la otra visita para poder volver a verlas”, dice.

Estas internas dicen que al salir de la cárcel esperan reinsertarse en la sociedad y no ser vistas como delincuentes. “El día que salga voy a levantar mi cara en alto y voy a decir: ‘aquí estoy’. Aquí estamos echándole ganas porque no hay de otra”, manifiesta Evelyn. “Dios nos va a dar la oportunidad de regresar con nuestros hijos, con nuestras familias”, agrega Cony.

Después de desayunar, empiezan su rutina en los talleres del programa Yo Cambio. Han aprendido a hacer piñatas, peluches, dulces artesanales y a coser a máquina.

 

“Solita lloro”

Los pasillos y baños del centro escolar de cárcel de mujeres permanecen limpios gracias a Sandra R., una mujer condenada a 10 años de prisión por tráfico de drogas. Ramos dice que en enero del 2018 cumplirá la mitad de la pena. “Lastimosamente cometí un error y vine a parar a este lugar”, lamenta.

Cada día, Sandra se levanta más temprano que las demás internas para que cuando éstas lleguen a recibir sus clases, encuentren limpias las aulas. En la celda donde duerme hay 40 catres para 240 reas, la mayoría duerme en parejas.

Sandra tiene dos hijos. “Mi niña estaba chiquita cuando yo caí presa, ella tenía dos añitos y se le hace muy difícil sentir cariño hacia mí porque estaba muy pequeña”, dice bajando su mirada y el tono de la voz. Cuando nadie la observa, Sandra dice que llora por sus hijos. “Sí me hacen falta, créame que mucho, hay veces yo solita lloro, cuando nadie me ve porque me hacen falta”, reitera.

Cada tres meses su madre la visita, porque trabaja. Una situación que dice comprender. “Estar en este lugar, ha sido una gran lección para mi vida, y no se lo deseo a ninguna madre, esto es duro”, concluyó.




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