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Editorial & Opinion

Deseando escuchar buenas noticias

Roberto Meza/Colaborador

viernes 13, octubre 2017 - 12:00 am

Tenemos muchos asuntos pendientes, tanto a nivel global como nacional, que preocupan nuestro presente y futuro. La seguridad física, la seguridad energética, la educación, la corrupción,  la crisis de la democracia, la fragilidad creciente del orden mundial, la radicalización política, la sostenibilidad medioambiental y los modelos de desarrollo, para nombrar solo unos cuantos, son cuestiones que llenan, literalmente, horas de información pesimista que recibimos a diario por todos los medios y en todo lugar.

En un día común no pasa mucho tiempo sin que escuchemos alguna mala noticia sobre la que muy pronto hacen coro aquellos periódicos y escritores de opinión que viven de estas presas noticiosas fáciles de pescar y que venden por sí solas: entre más morbosidad o indignación despierte la noticia, más audiencia logrará, esto se conoce como amarillismo.

Sin embargo, es grave, pues tal espíritu pesimista no es un motor de cambio y más bien lo es de desesperanza y de creciente desazón. Las malas nuevas no fomentan cambios provechosos; acrecientan la insatisfacción y el resentimiento y éste a su vez se convierte en tierra fértil para la violencia como alternativa desesperada ante la impotencia. La obsesión con el pesimismo satura lo cotidiano con un ruido sordo, desesperante, angustioso, que ahoga cualquier sonido armónico. Hay, sin embargo, otras historias positivas que también ocurren (que por no ser ni coyunturales ni escandalosas no llaman la atención de los que “opinan” y que además de despertar las conciencias a través de las oportunidades reales de cambio que presentan, fomentan la acción y la creatividad.

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Pero sobre todo regeneran confianza en los otros, siendo ésta la materia prima del tejido social; una buena historia inspira a otros a transformar su contexto. No se trata de tapar el sol con un dedo ni de ocultar lo negativo: se trata de visibilizar y darle igual valor a aquello que es positivo y que también es relevante en nuestro mundo.

En los últimos años he tenido la buena fortuna de ver parte de El Salvador  profundo y, sobre todo, he podido conocer a algunas de esas personas y sus historias. Personas e historias que coincidieron con el conflicto, con lo peor de éste y que, a pesar de ello, han triunfado sobre el mismo gracias a su coraje, a su fortaleza y a su tesón. Muchas son las historias cotidianas, poderosas y sugerentes que han sucedido paralelamente a los horrores de nuestra guerra civil; muchos han sido los héroes locales, anónimos, y éstos a su vez, han estimulado a otros para seguir adelante, a resistir con dignidad las injusticias, la violencia, el horror… Si algo queda de un país digno en el cual inspirarse, son estas personas y sus historias.


Estoy cansado y muy triste de seguir leyendo páginas con opiniones negativas sobre el presente o el futuro del mundo y de El Salvador. Por eso, quiero seguir escribiendo sobre aquello que merezca ser enaltecido, aun a costa de perder lectores ávidos de pesimismo. Las opiniones sesudas sobre las coyunturas las dejaremos a los analistas, a los líderes de opinión y a aquellos que aún creen que son realmente relevantes en la cotidianidad de las personas.




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