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Editorial & Opinion

Dictaduras en la democracia

Carlos Alvarenga Arias / Abogado y MAE

viernes 27, julio 2018 - 12:00 am

Se ha dado este fenómeno político en los países en los cuales hay sistemas parlamentarios, y son sistemas porque son complejos. Una democracia en apariencia que invita a los ciudadanos a elegir a sus representantes en las cámaras legislativas, los cuales, se supone, velarán y lucharán dentro de la democracia, con las herramientas de la ley o la aprobación de leyes nuevas, por los intereses de la mayoría.

En ese mismo sistema se eligen por los delegados del pueblo los que se investirán con la máxima toga, con el más alto poder de dirimir conflictos en la plataforma jurisdiccional: magistrados de las cortes supremas de justicia.

También se elige al presidente como el ciudadano de ciudadanos, no mayor, no más alto, pero el que representará a todos, incluso los que votaron en contra o no votaron.

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Pero todo es una farsa si volvemos a la Edad Media, a la época feudal y el que tiene el cetro presidencial es el que manda en los otros poderes y, por ende, en las instituciones cuyos titulares son electos por el legislativo: electorales, de cuentas, fiscalía, procuraduría, policía.

En diferentes fuentes, como revistas, analistas políticos, opinión pública, se les da por llamar de forma graciosa y hasta condescendiente “dictadura en la democracia”, porque el poder se centra en las manos del presidente de la república en un marco de aparente democracia electoral. ¿República digo? Bueno, es un decir, porque no hay nada menos público que la cosa pública en este tipo de regímenes híbridos e irritantes. ¿Por qué? Porque las decisiones son inconsultas, arbitrarias, muchas veces nefastas; no buscan el bien común, ni mucho menos obedecen a un plan bien diseñado de desarrollo de la nación, y además agarran el dinero público como si fuera propio, tanto para sus proyectos descabellados como para uso personal, es decir, franca y descarada corrupción.


Y todos los que están alrededor del dictador le aplauden, le sonríen, le soban el lomo y ven qué pueden recoger para sus bolsillos sin que nadie haga nada, ni los entes controladores, ni el procurador del Estado, ni la policía, ni los tribunales, porque en todos ellos tienen metidos sus tentáculos, el presi o sus sátrapas.

Es triste en lo que vino a desembocar la tan añorada democracia, esa que llevó a tantos a tomar las armas, a salir a las calles, a comer salteado, a involucrarse en movimientos, ser encarcelados, torturados, desaparecidos, exiliados, desterrados y hasta vil y cobardemente asesinados por las fuerzas del orden.

En eso terminaron los partidos políticos.

Pero no todos, ni en todas partes, en algunos lugares de nuestra Latinoamérica ya sea el poder judicial o el poder legislativo o ambos, están en pugna contra el presidente de turno y sus ministros, por los actos de corrupción, pero son poquitos los casos, ya que el espectáculo desagradable de la corrupción siempre tiene como actores al presidente y a uno de los otros dos poderes, si no a los dos, arrodillados y moviéndose al son que el ejecutivo manda.

Estos pensamientos sueltos de aprendiz de analista los traigo a colación porque viendo tanto la democracia contaminada de Nicaragua, como la de Honduras, dos diferentes en el papel, ya que aquella es de izquierda y la otra de derecha, vienen siendo lo mismo.

En El Salvador, ¡sorpréndanse, conciudadanos y paisanos!, la cosa no está tan fregada, porque a pesar de todo, las instituciones funcionan, y los casos de corrupción del finado Francisco Flores, el actual presidario Antonio Saca, y el prófugo Mauricio Funes, demuestran que el respeto a ciertas instituciones y a la ley es muy, pero muy por encima de los países hermanos que hasta ahorita no han procesado a un tan solo expresidente (lo de Arnoldo Alemán termino siendo una despreciable farsa. ¡Habrase visto!, darle arresto “domiciliario” a una persona…en toda la ciudad).

Estos pensamientos me llevaron a hojear un libro que en mi juventud me deleitó grandemente: “Los grandes textos políticos, desde Maquiavelo a nuestros días”, de J. J. Chevallier.

Y se me vino a la mente ese libro porque en uno de sus capítulos en el cual analiza diferentes textos que hablan sobre el absolutismo (Maquiavelo, Bodin, Hobbes y Bossuet), lleva esta cita: “La salvación, desde ahora, depende de un soberano que, para conservar todo, lo tenga todo en su mano.”

Se me acaba el espacio solo para concluir: todos estos dictadores democráticos eso piensan, que el poder debe estar en sus manos para conservar el orden que los deje hacer de las suyas. Corolario: de tan lejos que llegó la democracia que se volvió en una dictadura.




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