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Editorial & Opinion

Doce horas en el hospital Rosales

Armando Rivera Bolaños / Abogado y Notario

martes 3, julio 2018 - 12:00 am

Don Héctor Aguilar Hernández, inolvidable maestro normalista y fino escritor chalateco, solía decirme: “Cuando te inquiete algún problema social, no te conformes con saberlo por medio de otros, búscalo, vívelo y coméntalo”. Ese consejo ha sido parte de mi decálogo profesional desde mi juventud: no es suficiente ser simples espectadores de los problemas que acaecen en nuestro amado, pero sufrido país, sino hay que llegar hasta sus mismas raíces, a pesar de los riesgos, para comprobar su veracidad e impacto en la sociedad, para proponer soluciones adecuadas a los mismos, alejados de dañinas disconformidades políticas.

Motivado por quejas alrededor de deficiencias en el hospital Rosales, anhelaba conocer de cerca la realidad que allí se experimenta con el tratamiento para sus centenares de pacientes. Si bien, cuando fui voluntario de una institución de socorro y estudiante de psicología, conocí ese nosocomio hace muchos años y tuve la experiencia de recorrer sus enormes corredores en horas nocturnas, o visitar a los enfermos de lepra ubicados cerca del laboratorio clínico del Dr. Max Bloch, incluso ayudar en algunas punciones lumbares a una paciente con tuberculosis en los huesos, o escuchar el ruido crispante del carro manual que conducía cadáveres hacia la morgue hospitalaria; puedo asegurar que en esos tiempos las autoridades del Ministerio de Salud Pública nunca dejaron de proveerlo oportunamente, como a todos los demás nosocomios del país, de las suficientes medicinas, insumos y otros productos necesarios para la atención y tratamiento de las diferentes enfermedades. Pero hoy presentía enfrentar una nueva experiencia.

Muchos años pasaron raudos desde mi época estudiantil y nunca volví a estar cerca del vetusto hospital que simboliza, desde finales del siglo XIX, la mejor escuela práctica de medicina en diversas especialidades, sin omitir la cirugía también diversificada y de mucho avance científico, tanto para El Salvador, como para los países hermanos de la región. Y el momento llegó cuando un anciano, familiar de mi esposa, fue ingresado a la Unidad de Emergencia del Rosales por “un hematoma craneal” que después requirió de intervención quirúrgica. Me ofrecí como el primero en “hacer guardia” y, de ese modo pude franquear la entrada, ante las preguntas necias y subidas de tono de los porteros, que casi me empujaban a la calle, mientras caía una fuerte lluvia.

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La “Emergencia” del Rosales se encuentra ubicada al costado norte del edificio. Me asombró la enorme cantidad de pacientes que estaban ubicados en camillas individuales angostas y viejas; muchos más permanecían mal acomodados en sillas de ruedas en pésimas condiciones de funcionamiento; algunos otros, pero siempre en cantidades grandes, permanecían en bancas o en sillas plásticas deterioradas. La caravana de enfermos seguía desfilando continuamente hacia el interior de la Unidad, hasta que llegó el momento que algunos fueron acostados… ¡en el piso de ladrillos que el tiempo ha degastado en exceso! A veces, cuando mi paciente se dormía, aprovechaba para acercarme a platicar con los demás y sus parientes.

Era impresionante como a la Unidad llegaban enfermos de todas partes del país, porque “sabían que allí se encuentran los mejores doctores”, hasta el punto que habían ingresado a una señora mordida por una serpiente cascabel…proveniente desde una zona fronteriza hondureña. Asimismo, era conmovedor el esfuerzo de médicos, practicantes, enfermeras, personal de servicio, verdaderos hacedores de milagros, laborando en duras condiciones de estrechez física y, sobre todo, sin contar con los medicamentos e insumos suficientes para atender esa ingente cantidad de personas que llega diariamente y a todas horas, en jornadas agotadoras.


Un joven médico me dijo: “Hablan que van a construir un hospital nuevo que costará millones de dólares. Lo que urge es que nos den medicinas, material quirúrgico, un buen laboratorio, nuevos aparatos de Rayos X, que acondicionen otras salas de operaciones, más camas y sillas de ruedas, aparte de mejorar las instalaciones físicas”. Estuve “de guardia” voluntario por 12 horas. Las suficientes para conocer de cerca la tragedia y lucha tenaz que se vive y experimenta en el hospital Rosales. Una muestra del descuido en el sistema hospitalario, que fue el mejor en Centroamérica. Hay carencias en todos los niveles de atención. Diagnóstico provisional: ¡Está enferma la salud pública!




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