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Editorial & Opinion

Educarse o morir

Carlos Alvarenga Arias / Abogado y MAE

miércoles 15, noviembre 2017 - 12:00 am

Me dolía mi país natal, El Salvador: 50 años de dictadura militar, luego 12 años de una guerra cruel. Y ahora me sigue doliendo así como está secuestrado por las maras y el narcotráfico.

Me dolía la guerra en Nicaragua, la pobreza de Honduras, la eterna guerrilla en Guatemala, la sangre que surgía por todos lados en Colombia, el peligro de una guerra nuclear, etc.

Luego, pasadas las décadas desde los 80 hasta este 2017, veo que las razones para el dolor nunca han cesado, al contrario, han crecido y han surgido nuevas causas, más terribles y hasta macabras. Ha sido una montaña rusa de sentimientos. Todo eso me tiene harto.

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Ni mi dolor ni mi solidaridad valen nada, mucho menos oraciones, comentarios solidarios, mensajes de “todos somos esto”, “todos somos lo aquello” en Facebook.

Me han dolido Siria, Sudán, Bombay, Haití, París, Londres, Madrid, México, las masacres en los Estados Unidos, en fin, para qué seguir. Ahora solo sé que estoy cansado de ver tanto dolor, y eso que ha sido desde lejos.


Suficiente con la miseria que se ve por todos lados en mis países, como para seguir doliéndome de lo que no puedo cambiar.

Acá tenemos nuestra porción de desgracias, abundantes, enormes, para preocuparnos, atenderlas y tratar de resolverlas. Pero, ¿podremos resolverlas?

Yo creo que no. Seguiremos apagando fuegos.

Fíjense una cosa. Son décadas de estar leyendo a los amigos y amigas columnistas en todos los medios escritos. Abundan las frases iniciales o los titulares que llaman a la reflexión, al consenso; abundantes que han llamado al desarrollo, sin dejar de mencionar los que exhortan con insistencia poner énfasis en esos sectores de la economía que hay que potenciar, y los centenares de articulistas llamando a prevenir la delincuencia y rehabilitar al delincuente. ¿Ha cambiado algo en estos últimos 25 años? No, para nada.

Se ha caminado como nación por inercia.

Ah, eso sí, el saqueo, las licitaciones amañadas, el enriquecimiento ilícito de funcionarios, eso sí ha sido una constante.

No se puede negar que se han realizado obras de infraestructura, se ha modernizado la legislación, las oficinas públicas también, sin duda. Trámites que antes duraban dos años ahora se pueden realizar en un mes. Se puede consultar por internet, darle seguimiento a trámites, pero eso no es nada.

Miren Vietnam, de una guerra monstruosa, ahora es una mini potencia económica. O aquí cerca, Panamá, después del dictadorzuelo tropical de Noriega que destrozó el país, ahora ha alcanzado el tan soñado 8 % de índice de desarrollo económico. Y sin mencionar Nicaragua y su excomandante ahora millonario, señor todopoderoso, con una tasa de homicidios tan baja, semejante a países europeos y recibiendo toda la inversión extranjera.

Poniendo una pausa a ese desahogo, quiero reflexionar algo personal.

Cuando veo lo que yo he avanzado gracias a haber coronado una carrera universitaria, a los conocimientos adquiridos y la experiencia, todo ello con lo cual he podido contribuir a la sociedad, ayudar a los demás, así como también un medio para proveer a mi familia, solo puedo darle gracias a mis padres por haberme apoyado.

La educación es el camino a la superación. Visto desde otro ángulo, por eso la educación gratuita, pública, laica, sin discriminaciones, sufragada por el Estado es tan necesaria, vital para que como yo, que he tenido la bendición de dos buenos padres, nuestro pueblo obtenga la llave para su desarrollo: educación gratuita hasta la universidad incluso, y en este mundo moderno, hasta más allá con becas y doctoras y proyectos de ciencia aplicada.

Tanta gente que he conocido de escasos recursos que han podido salir adelante gracias a las escuelas públicas y a la universidad nacional.

Son verdaderas historias de héroes.

Estas cosas se las debemos a los grandes filósofos del pensamiento liberal y a la Revolución Francesa.

Que los políticos nos sigan hartando con su eterno espectáculo deprimente creyéndonos brutos, y ahora con la gravedad que se desparraman con sus tuiters insulsos, es inevitable, pero al menos, dentro de todas las sandeces que vociferan, deberían ponerse de acuerdo en mejorar la educación. A menos eso.




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