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Opinión

El debate, una práctica democrática

Eugenio Chicas / Opinión

martes 11, septiembre 2018 - 12:04 am

Por: Eugenio Chicas

Nos acercamos a las elecciones presidenciales del 3 de febrero; por tanto, debemos cobrar conciencia de la responsabilidad de escoger y marcar acertadamente la bandera partidaria, eligiendo así la fuerza política y figura que conduzcan responsablemente el destino de nuestra nación incluyendo a nuestra familia. Cada voto cuenta.

En este periodo estaremos sometidos al miedo de poderosas campañas que nos quieren volver al pasado y a la confusión de cantos de sirena de quienes pretenden torcer el futuro; habrá un intenso bombardeo publicitario con pegajosas canciones publicitarias inundando radioemisoras, martillando miles de veces a nuestro cerebro induciéndonos a repetir inconscientemente su tonada.

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Habrán también neuro mensajes afectivos dirigidos a las fibras más sensibles de nuestras aspiraciones y afectos, mediante sofisticados spot dignos de ganar cualquier certamen cinematográfico, producir lágrimas, ilusiones y soñadas esperanzas; todo esto sin contar el tsunami de frenéticas redes sociales atacando, descalificación, moviendo noticias falsas. En todo caso solo la claridad sobre los verdaderos intereses de nuestra familia y del país, serán el mejor antídoto ante semejante embestida propagandística

Cada proceso electoral tiene sus propias características, las modalidades de las campañas políticas cambian en cada periodo de acuerdo al grado de evolución cultural, política y tecnológica de cada sociedad. Las campañas electorales de los años posteriores a los acuerdos de paz se caracterizaron por un intenso despliegue de organización, batallas campales por el control del territorio y el dominio del colorido partidario; mientras, la radio y televisión las monopolizaban poderosos grupos patrocinadores, invertían para recuperar luego sus aportes usufructuando del ejercicio de gobierno como ya ha sido público, estando el rabioso contenido de sus mensajes orientado a generar miedo, dibujando imaginarios infiernos apocalípticos para manipular el voto ciudadano.


Las campañas fundamentadas en el miedo se fueron agotando, superadas por el creciente espíritu de cambio en la sociedad producto de la alfabetización, del aumento en cantidad y calidad de los niveles educativos; el país creció en pluralidad, acceso y libertades de información, prensa y organización, hubo una expansión del internet y las redes sociales, mayores espacios de debate sobre asuntos públicos. Esto amplió la cosmovisión de la sociedad ejerciendo presión sobre las instituciones del Estado, mayor independencia de poderes que terminó ampliando los marcos de referencia sobre el abordaje de problemas principales del país como: inseguridad, insuficiente crecimiento económico, desempleo, así como la demanda de una mayor cobertura, calidad y enfoque de los programas sociales.

El progreso económico de la sociedad no puede depender de milagros y menos de falsos mesías que, desde la iluminación de sus trances, demagógicamente los deliren. El desarrollo dependerá de la claridad, consenso y unidad sobre el rumbo del país.

El soberano debe decidir a quién deberá contratar con la calidad suficiente de conducir la nación durante los próximos cinco años. Para esto necesitamos adicionar a las campañas electorales el debate de los candidatos presidenciales como procedimiento para conocer de primera mano sus opiniones sobre los temas de nación más relevantes: ajustes al modelo político y económico, empleo, salario, inversiones, política agropecuaria; finanzas públicas, política tributaria, manejo de la deuda, seguridad pública, agenda social relativa a educación, salud, vivienda, congestionamiento vial y transporte público.

El debate puede contribuir a un mejor criterio del electorado sobre las prioridades del país, las necesidad de reformas, conciencia sobre los sacrificios a realizar, plazos y rutas para resolver los grandes temas; también, permite conocer de manera directa el perfil, la actitud, capacidad, templanza, su compromiso con el interés público, el dominio de las propuestas de solución creíbles, la sagacidad para manejar situaciones de crisis y conocer sobre las personas que harán su equipo en un potencial gobierno.

Los debates de candidatos presidenciales en Estados Unidos son una tradición ineludible, los administra una comisión bipartidista que organiza tres debates presidenciales, y uno de vice presidentes, hay reglas claras. Se realizan en recintos de universidades en diferentes Estados, los moderadores son distintos para cada encuentro. En el viejo mundo, Francia es ejemplar, fueron precursores de esta práctica los candidatos Giscard y Mitterrand; le siguieron Suecia y los Países Bajos, Alemania y en los últimos años se sumó España con debates como el de Felipe González y José María Aznar.

En América los debates se vuelven más frecuentes, en Chile los organiza la Asociación Nacional de Prensa, mientras en Costa Rica es el Tribunal Supremo Electoral. Otros países aprobaron incluso leyes que obligan y regulan esta práctica, la más reciente es la de Argentina. En la última elección de Brasil hubo seis debates previos a la primera ronda y cuatro antes de segunda; Colombia reglamentó tres debates y México incluyó el debate en su Ley Electoral, así el Instituto Nacional Electoral lo realiza en tres Estados de la República.

La iniciativa queda a consideración de la ciudadanía y el movimiento social, TSE, Asamblea Legislativa, partidos políticos y candidatos; así como de las universidades y tanques de pensamiento que promueven la educación cívica. La consolidación democrática nos exige contribuir a un pueblo debidamente informado y el debate es un mecanismo exitoso para lograrlo.




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