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Editorial & Opinion

El dictador Maduro y los judíos

Juan José Monsant A. / Exembajador venezolano en El Savador

sábado 20, mayo 2017 - 12:00 am

La reflexión de esta entrega debería haber sido sobre el “escrache”, palabra de origen porteño que se refiere al señalamiento público que le hace la ciudadanía a los funcionarios y sus operadores privados que se dedicaron a defalcar la nación argentina en tiempos de los Kirchner, y que luego  exteriorizaban su apresurada y mal habida fortuna. El Salvador también los conoce, sino en la misma dimensión con igual pretensión, y no hablamos de Venezuela porque escapa a cualquier comprensión.

El caso es que se ha despertado esta nueva manera de llevar las cosas a su lugar, con chavistas y “enchufados” que se han instalados en el exterior para exhibir sin pudor su recién adquirida riqueza (bueno, no recién, de 17 años para acá) en Australia, España, Francia, Panamá, México, Italia, Gran Bretaña y, por supuesto, en Miami.

Allí, donde igualmente habitan decenas de miles de exiliados, expatriados, perseguidos, torturados y expropiados de sus bienes o libertad, obligados a huir de una tiranía que asesina, oprime y divide; primero, la de Chávez, y ahora la de este personaje rocambolesco llamado Nicolás Maduro, que danza sobre la sangre de los caídos bajo el fuego de las armas de sus tropas de choque, y el llanto de las madres y de la historia.

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Habrá tiempo, espero que poco, para analizar la reacción de los oprimidos en el exterior ante la desfachatez de criminales de toda índole conviviendo con sus víctimas. Pero adelanto que si la ley no ejerce el control social, lo debe hacer el ciudadano.

El hecho es que me observo una intervención televisiva del dictador venezolano, donde entre otras galimatías afirmó: “los chavistas somos los nuevos judíos del siglo XXI, no llevamos una estrella amarilla, pero…”. Esta frase espetada por boca asesina, me hizo cambiar el tema inicial, ante tamaño despropósito. En principio, se podría decir que es una de las tantas cuyo autor ignora lo que dice, o no entendió lo que leyó en algún momento, o lo que Cilia o Arreaza le susurraron decir. Quiso compararse con los judíos y la estrella amarilla que le obligaron los nazis portar, para despojarse del carácter de victimarios y asumir el de víctimas. Pero fue una burla escondida, una insolencia inaceptable, por demás insensible contra un pueblo, una fe, una nación que tiene milenios luchando por la dignidad, la libertad, el derecho a practicar su fe y vivir en paz en la tierra que le pertenece. Y no existe un solo cristiano u hombre de buena fe que en este momento no se sienta indignado, como su hermano judío, ante la grosera manipulación del dictador.


Burla cruel porque mientras lo afirmaba, seguramente recordaba cuando el difunto presidente Chávez maldijo a Israel o cuando dieron la orden de profanar la Sinagoga de Los Caobos, San Bernardino,  el cementerio judío, Colegio Hebraica, y era Ministro de Exteriores, Vicepresidente o Presidente de la Asamblea.

Y que fue él quien llevó adelante las alianzas con los grupos terroristas Hezbolá, Hamas, y con el gobierno antisemita de Mahmud Ahmadineyad de Irán; y estos terroristas se encuentran enquistados, agazapados en territorio venezolano, portando identidades y pasaportes nacionales, para planear, desestabilizar y actuar, mediante el terrorismo, en el el Caribe y el resto del continente americano, como lo han venido haciendo. De allí que, la solidaridad con Venezuela en este momento dramático de nuestra historia, no solo es con Venezuela, sino con cada uno de los países que conforman nuestra región, constituidos en objetivos del radicalismo islámico, cuyo finalidad es la destrucción del sistema democrático y los valores culturales occidentales.




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