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Editorial & Opinion

El resentimiento en medio de nosotros

Roberto Meza / Colaborador

sábado 20, enero 2018 - 12:00 am

La fuerza más poderosa que mueve a nuestra sociedad no es la solidaridad ni la justicia. Ni siquiera el interés. No. Es el resentimiento, son las toxinas de la frustración, los consejos de desquite, la “ideología” de la venganza contra lo que no se tiene o no se pudo tener. Es la animosidad contra el éxito del otro, contra la prosperidad del vecino, o contra la riqueza del empresario.

Ese es el “argumento” que atraviesa algunos fenómenos sociales y que anima, en buena medida, a la política. Por mucho tiempo traté de no admitir la lógica del resentimiento como la fuerza determinante de nuestra sociedad. Pero, agotado el beneficio de la duda, concluimos –de forma penosa, pero certera- de que los “tirones desde abajo”, las zancadillas, la agresividad, es decir, la obstrucción como sistema, solo se explican por qué no acabamos de integrarnos, por qué estamos sumergidos en el hervidero del desquite, en la teoría del “ahora me toca a mí”.

Y en la idea de que quién es mejor. Ese enemigo de quien no comparte lo que pienso merece, al menos, la condena del silencio. Más aún, salvo escasas excepciones, la educación, la política, incluso los programas de entretenimiento, articulan el resentimiento y le dan voces, justificaciones y hasta argumentos “poéticos” y lo más frecuente, respuestas revolucionarias.

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Obsérvese la realidad y se concluirá que seguimos siempre por la misma ruta: empeñados en capitalizar ese sentimiento negativo, en usar esa fuerza, en satisfacer esa tendencia y endiosarla. ¿Por qué vivimos anclados en la lógica del resentimiento, en el sermón del desquite? ¿Por qué eludimos la verdad y tapamos sistemáticamente las razones que nos desmienten y que ponen de manifiesto nuestra talla?

Esas son las grandes e incómodas preguntas para una sociedad de enmascarados, de disfrazados, donde el disimulo y el miedo a la verdad hacen que nos enterremos cada día más hondo, que nos escondamos, que rompamos los espejos para no vernos, para no admitir lo evidente, para seguir creyendo lo que nos dicen, lo que nos cuentan…


Es que en esto, como en tantos temas, andamos en el camino equivocado: nada de plantearse una salida con valentía y sinceridad, nada de generosidad ni de inteligencia para construir una sociedad con menos niveles de envidia, con canales sensatos de superación, con afanes de genuina integración y solidaridad.

La primera gran tarea, y la más ingrata, es desentrañar las causas del hervidero, romper esos esquemas, educar sin la lógica de la lucha de ricos contra pobres, de iluminados contra ignorantes. La primera obligación es enfrentar la ausencia de verdadera fraternidad y el hecho de que vivimos juntos pero de espaldas, ahogando la confianza y apostando a la vieja fórmula del odio.




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