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Editorial & Opinion

El tercer país más peligroso del mundo

Jaime Ulises Marinero / Periodista

Jueves 10, Agosto 2017 - 12:00 am

A muy pocos sorprende que El Salvador sea considerado el tercer país más peligroso del mundo, solo superado por Venezuela y Liberia, por lo que tampoco es sorprendente que el gobierno de Estados Unidos recomiende a sus connacionales abstenerse de visitar esta nación, a la cual los salvadoreños amamos con devoción.

La semana pasada la consultora estadounidense Gallup dio a conocer los resultados de su Law and Order Index, realizado el año pasado y en donde evalúa la percepción que tienen los habitantes de 135 países sobre la seguridad ciudadana en las naciones donde residen. El Salvador obtuvo un índice de 54 de 100 puntos, apenas abajo de Liberia que obtuvo 53 de 100 y de Venezuela, considerado el país más peligro del mundo con 42 de 100 puntos.

El informe de Gallup también señala que El Salvador, por debajo de Venezuela, se posesiona del segundo lugar cuando a sus habitantes se les pregunta si se sienten seguros caminando en las calles de noche, pues solo el 28 por ciento de los consultados dijeron sentirse seguros. Tan cierto es esto, que hay comunidades enteras que viven en un “toque de queda natural”. Los vecinos se abstienen de movilizarse por las noches y los automovilistas deben circular obedeciendo “normas” establecidas por las pandillas.

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Las cifras son elocuentes y reflejan la realidad cotidiana que vivimos a diario los salvadoreños, en medio de la inseguridad causada por los grupos pandilleriles, el crimen organizado y hasta la intolerancia social. Acá hay quien mata por disputarse un asiento de pasajero en un autobús o un sitio en un estacionamiento.

A diario las pandillas están sembrando el terror, matando, violando, privando de libertad, secuestrando, amenazando, asaltando, extorsionando y cometiendo todo tipo de delito, mientras los planes de seguridad van y vienen con poca efectividad. Los salvadoreños hemos sido incapaces de unirnos para enfrentar un problema serio que dejó de ser grave para convertirse en gravísimo. Hemos abandonado la denuncia, como poderosa arma preventiva, por diversas razones, entre ellas la poca confianza en el sistema de seguridad y justicia, así como en la clase política y en nuestros gobernantes.


La clase política y gobernante ha partidarizado el problema de la inseguridad y antepone criterios políticos y partidarios a las posibles soluciones, mientras que el resto de la ciudadanía nos hemos acostumbrado y deshumanizado, de tal manera que podemos ver que asaltan o matan a un conciudadano, pero no hacemos nada por evitarlo. Suficiente con que no seamos nosotros las víctimas. A esos niveles de falta de solidaridad hemos llegado. Nos asustamos y condenamos los hechos delictivos, pero no nos involucramos en la prevención ni en la participación ciudadana contra el crimen.

Recientemente en Costa Rica una amiga me preguntaba qué se siente vivir en un país donde en cualquier momento y lugar matan a alguien. Contestar genera una especie de vergüenza, porque al final la conclusión es que ya nos acostumbramos a eso.

En Costa Rica, hace unos años fue encontrado dentro de un barril el cadáver desmembrado de una mujer. Todos los medios de comunicación manifestaron su condena y lograron unir a la población para exigir justicia y medidas de seguridad. Los medios se la pasaron durante meses hablando de ese caso hasta que los criminales fueron arrestados, procesados y condenados. Ese horrendo crimen levantó las voces de alarma y generó un plan de seguridad de participación nacional que hizo de Costa Rica un país todavía más seguro. El día que la mujer costarricense fue encontrada en el barril, en El Salvador hubo entre 15 y 17 homicidios y todos callamos, excepto los parientes cercanos de las víctimas.

El problema es de todos. Algunos con más responsabilidad que otros. La delincuencia no respeta edades, sexo, clase social, nivel cultural, ideologías. Todos estamos proclives a ser víctimas. En febrero de este año se conoció una encuesta que indicaba que uno de cada cuatro ciudadanos había sido víctima de hurto,  robo o asalto en el Gran San Salvador.

Ocupamos, según Gallup, un tercer lugar en cuanto a niveles de inseguridad y al parecer a nadie preocupa. Ni a las autoridades. Eso es grave. Gravísimo.




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