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Editorial & Opinion

Ese ego, ese despliegue de vanidad

Carlos Alvarenga Arias / Abogado y MAE

martes 23, enero 2018 - 12:00 am

Un día de estos leí un meme que me impactó tanto hasta tal punto de proponerme el título de este artículo.

El meme decía: “Merece El Salvador a Nayib Bukele como presidente del país”.

Mi primera respuesta fue: “No”, pero luego pensé: “Y si es el castigo purificador con el cual expiemos nuestros inveterados pecados ciudadanos, suframos la sanción por el daño causado a nuestra patria y salgamos de su quinquenio como un mejor país, sea ese, es decir, un quinquenio con Nayib de presidente”. La pregunta que surge es: “¿Lo merecemos?”. Ahora sí tiene sentido para mí.

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Europa tuvo que sufrir el infierno en la tierra, y dos veces, en un corto tiempo, para ser lo que es ahora.

De la misma forma Japón tuvo que sufrir la locura de dos bombas atómicas tan destructivas como humillantes, para dejar atrás una historia, si bien rica en muchos aspectos, incomparable a la actual en la que es una potencia mundial.


Tal vez después de sufrir las irrefrenables soberbia, megalomanía, vanidad, egocentrismo del señor alcalde, una vez descansando sus aspiraciones en la silla presidencial, podamos entender varias cosas que por las buenas (y también por las malas, porque ni la dictadura militar ni la guerra fueron suficientemente aleccionadoras), no quisimos ni pudimos entender.

Ya son tres partidos los que nos han gobernado en esta triste y decepcionante era democrática: el PDC, Arena y ahora el FMLN. Tres que nos han sumido cada uno con su tesonero esfuerzo en una situación económica en quiebra, una delincuencia…bla bla bla, bueno, para qué voy a insistir en los mismo si todos los habitantes (al menos la mayoría) los sufren en carne propia.

Bueno, es tiempo entonces de probar con una nueva opción.

Yo leo los tuits del señor Bukele y no puedo concebir cómo cabe en una sola personita tanta rebeldía contra la humildad.

Todos los adjetivos calificativos que utiliza para las obras municipales que hace son rimbombantes, exagerados, unos pleonasmos “jolivudescos”, llenos de narcisismo.

En la portada de su sitio en Twitter, se autoproclama como el primer alcalde independiente de San Salador, o sea, como si con eso se pusiera al nivel de Simón Bolívar, José de San Martín, o Atlacatl o Atonal.

Este día está hablando de hacer un llamado a todos los alcaldes del mundo para evitar la represión en Honduras: ¿Tendrá esa capacidad de convocatoria? ¿Pero qué se cree? ¿El papa?

Miren cuánto desea el poder que tiene un sitio que se llama “Gobierno de San Salvador”. ¡Guau! Ahora resulta que en su mente la ciudad capital es una Cataluña, independiente, que se maneja sola, con una cultura, idioma, costumbres, etc., propias.  Y si fuera poco, el gobernador es él. ¡Jesús del huerto!

La biblioteca municipal es la única aquí, su gobierno es el único allá, el centro de San Salvador es esto y lo otro. Su ego está entre las maravillas modernas.

Por si todo ese despliegue de vanidad, que por demás ha hecho metástasis en su personalidad, ahora resulta que se ha lanzado una evaluación que supera en personalidad, ¿adivinen a quiénes? ¡A todos! Incluidos a los Avengers. ¡Jesús del sacramentado!

En su gobierno, no les quepa la menor duda, se instauraría un culto a la personalidad al mejor estilo de las dictaduras. Ya me lo imagino decretando que a partir de la toma de posesión se le llame: Excelentísimo, Ilustrísimo, Bienaventurado y Guapérrimo prócer moderno, salvador, libertador, estrella polar de las más altas aspiraciones del pueblo salvadoreño, su Reverentísma Majestad, Nayib Bukele I, rey, emperador, faraón de la gran patria cuscatleca.

Y toda esa horda de esperanzados e ilusionados que le siguen dirían: “Amén, vida eterna para el nuevo salvador”.

Este muchacho una vez enclavado en el poder no lo va querer dejar, pero quizá así aprendamos, después de la pesadilla, a no insultar a nuestra imperfecta democracia.

Latinoamérica toda ha demostrado una inmadurez total para auto administrarse, y han sido campo fértil para las dictaduras y para la intervención extranjera, ya sea como militares, como ayuda militar o como extranjeros poderosos que llegan a gobernar.




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