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Editorial & Opinion

Fallan los hombres, no la democracia

viernes 27, febrero 2015 - 12:00 am

En ningún país del mundo la democracia funciona como todos quisiéramos, situación que fomenta corrientes negativas diversas y, asimismo, aparatosas confusiones. De estas últimas, la más frecuente en nuestro medio la encontramos en aquellos que no distinguen la diferencia entre funcionario público y sistema político. Entonces, como el funcionario falla, no es por su incapacidad, torpeza o desviaciones que la democracia no marcha bien, sino porque el sistema político está colapsando, no funciona o no existe en algunos casos.

En las democracias modernas los que han fallado son los hombres, no el sistema. Teóricamente, como están constituidas (con sus tres poderes y demás instituciones y sus partidos políticos) deberían funcionar bien, pero lo hacen bastante mal. Y esto, como lo expreso, no es por el sistema, sino por los que lo representan. “Fallan los hombres, no la democracia”.

La democracia es, hoy por hoy, el modelo adecuado a estas alturas de nuestra historia, de organizar racionalmente la convivencia entre los ciudadanos y los pueblos. Quiero pronunciarme a favor de este sistema político y reflexionar sobre el modo de ahondar en lo que puede y debe ser el mismo, y la manera de mejorar su funcionamiento, dando por cierto que la democracia, ni se reduce ni se termina, en el voto al que los ciudadanos somos convocados cada cierto tiempo. Todos los que creemos en un sistema de libertades vamos en el mismo barco y, por ello, es importante remar, de común acuerdo y en la misma dirección, si queremos llegar al puerto sanos y salvos.

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Ahora más que nunca, tengamos presente por la Patria, que no hay democracia sin sufragio; entender que el voto no sólo sirve para elegir autoridades (en todo caso ésa es su consecuencia visible e inmediata), sino también para sostener la democracia. El próximo domingo cada elector está cumpliendo un ejercicio constitucional para que las instituciones continúen funcionando y para que la democracia siga existiendo, separando, enjuiciando y condenando a todo mal funcionario o político que se aproveche de su cargo, afectando la democracia.

Naturalmente que al elector le importa quién gana la elección, así como también que el candidato al que ha elegido no traicione luego, durante la gestión o el cargo conferido; pero la satisfacción que debe llevarse el votante al sufragar, es la de saber que, con ese simple acto, ha sido protagonista del fortalecimiento de un sistema que, como el democrático, tiene hoy en día un significado mucho más amplio que el de elegir autoridades, pues constituye un verdadero estilo de gobierno a través del cual, las autoridades deben regir para el bienestar general, y una forma de convivencia basada en la existencia de valores tales como el respeto y la solidaridad entre los miembros de la sociedad.


Independientemente de los resultados de las elecciones, la democracia se fortalece con ellas, porque justamente el voto la solidifica y enaltece. Esa es la utilidad del sufragio, la virtud verdaderamente importante. Esto es lo que cada ciudadano debe entender para evitar tentaciones institucionalmente nefastas, como las de votar en blanco, efectuar votos que luego puedan ser anulados o no concurrir a las urnas.

No ir a votar o anular el voto, nunca puede constituir una alternativa válida para demostrar una decepción o molestia de los salvadoreños, por la forma de hacer política o estar hartos por el perfil que pueda adquirir una determinada campaña electoral, porque la democracia existe para que los gobernados podamos elegir a los representantes que conducirán los destinos de la Nación. Es absolutamente necesario que alguien conduzca los destinos del conjunto; y si el conjunto quiere ser quien elija a sus gobernantes, entonces también es totalmente necesaria la democracia representativa. El ausentismo y votos nulos van en el sentido contrario, en el de la inexistencia de gobernantes y de democracia, lo cual inevitablemente nos conduce a la anarquía.

Si, a la luz de esta pobrísima campaña electoral, en la que han dominado los desaciertos de estrategia y ejecución de unas, pasando por el descarado clientelismo político de otras campañas, el dilema de unos es cómo superar la angustia de no saber por quién votar, por la insatisfacción que provocan algunos de los candidatos propuestos para diputados o los planes de gobierno municipal de candidatos a alcaldes, el siguiente razonamiento nos debe servir como guía: así como la democracia es el menos malo de los regímenes políticos existentes, votar por los postulantes que menos nos desagradan es preferible a la anarquía, o a los gobiernos autocráticos, cuyos únicos objetivos y plazos son estipulados por ellos mismos, independientemente de los deseos populares.

El próximo 1 de marzo, cada salvadoreño expresará su opinión votando por uno u otro candidato, decidiendo vivir en un sistema de libertades, o escoger el camino contrario. Probablemente muchos se equivocarán en la elección, pero todos estaremos cumpliendo un objetivo común: el dar fortaleza y sentido a la democracia, y esa es la satisfacción que cada ciudadano con su poder de decisión, debe llevarse de la urna receptora de su voto.

 




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