Editorial & Opinion

Fin de ciclo

Jaime Barba / Región Centro de Investigaciones

viernes 23, febrero 2018 - 12:00 am

En 2009, tuvo lugar un curioso momento político: se produjo la pérdida, leve, de la hegemonía conservadora sobre el imaginario colectivo salvadoreño, y esto se expresó en la victoria electoral del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). Aunque la diferencia, al fin de cuentas, fue solo de 60 000 votos frente a Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), este hecho desvelaba que se estaba en presencia de una circunstancia política singular propiciada por una variada gama de factores que entre 2008 y 2009 lograron alinearse.

El hecho que el FMLN se haya decantado por un candidato presidencial independiente y que a su vez esa candidatura presidencial, con celeridad, se propusiese estructurar un dispositivo de alianzas político-sociales y de un programa mínimo que iban más allá de las fronteras del FMLN contribuyó a que se gestara aquel resultado electoral.

Pero hubo más aspectos: la crisis financiera internacional (cuyo pivote estuvo en los Estados Unidos) hizo sentir su peso en un pequeño país periférico como El Salvador, ARENA enfrentaba lo que después se sabría que fue una sorda pugna interna que le hizo trastabillar, el giro gubernamental que tenía lugar en Estados Unidos y que llevó a Barack Obama a la presidencia también formó parte de todo este cuadro y, habría que agregar, el hecho que en América Latina en aquel momento existiesen diversos gobiernos progresistas (en sus diversas tonalidades) más o menos exitosos fue un punto de referencia que permitió que se tejieran ciertas convergencias y se aplacaran algunas disonancias.

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El marketing electoral, desde luego, tuvo su parte, pero por sí solo y sin considerar las condiciones señaladas no hubiese podido ser tan efectivo.

Ahora, en 2018 (y 2019) el escenario que se presenta ya no es el mismo, aunque los actores políticos principales sí lo son. Ya no hay expectativas por el prometido y tan anhelado cambio (lo que hoy se publicita como tal, desde la orilla conservadora, es un artilugio del marketing electoral), sí hay importantes saldos pendientes en varios segmentos de la sociedad, también hay una feroz campaña por desacreditar de cualquier modo la gestión gubernamental actual.


Sin embargo lo más grave de la situación presente es que los desequilibrios estructurales no están en el centro de la discusión pública, y podría decirse más: la ausencia de una agenda estratégica para El Salvador, sensata y viable, no es algo que quite el sueño a los actores políticos del momento, que se comportan (en lo que atañe a sus propuestas de campaña) como si se tratase de hacer la lista del súper.

Comprender y asumir sin aspavientos que se ha llegado, como se dice, al final de la pita, esto es, al cierre de un ciclo político, el que se abrió con el fin de la guerra en 1992, pues debería servir para reconsiderar lo hecho hasta el momento y esbozar nuevas perspectivas.

Para el próximo 4 de marzo las diversas encuestas ya han preanunciado unos resultados desfavorables para la fuerza política que tuvo en sus manos la oportunidad, desde 2009, de recomponer el marco general del desenvolvimiento nacional.

Si como estos sondeos sugieren ARENA vuelve a recuperar terreno (primero en 2018, pero con las flechas apuntando a 2019) y viene con tijera y regla y goma de mala calidad y se pone a armar entuertos a los que encasquete nombres pintorescos pero que no atiendan los asuntos cruciales, pues lo que se avecina es un tiempo gris. Si el FMLN continúa paralizado frente al dramático discurrir de los desequilibrios estructurales y sigue como el avestruz, y a pesar de eso, en 2019 continúa en el Ejecutivo, pues  también habrá un tiempo gris.

El año 2019 se presenta como un típico año político (no solo electoral), en el que la emergencia de la ciudadanía no partidaria podría hacer la diferencia para señalar que la vida en democracia y el cambio estructural constituyen horizontes posibles.




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