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Editorial & Opinion

Hacer poemas

Carlos Alvarenga Arias / Abogado y MAE

jueves 28, junio 2018 - 12:00 am

Hace poco empecé a dedicarme a hacer poemas aunque empecé en 1987, y si contara cuando empecé a escribir letras de canciones a las que ponía acordes de guitarra, sería desde 1982, pero un buen amigo de mi papá, que era además mi pediatra, el excelentísimo (por bella persona) doctor Vides Casanova, me dijo amablemente: “Si se quiere morir de hambre dedíquese a eso”. Dicho y hecho. Dejé de hacerlo.

Bastaba observar la vida de los músicos y poetas (escritores en general) conocidos de la región y no vi que les fuera muy bien, así que suspendí la labor por varios períodos de mi vida, retomándola eventualmente.

Digo labor, porque el proceso de aprendizaje es arduo, esforzado. Escribir un poema puede ser realmente tortuoso, y como es pequeño, debe quedar lo más cercano a lo perfecto. No puede darse el lujo de hacer algo mal hecho que es en esencia pequeño.

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Para ello se requieren años de práctica, pero sobre todo de mucha lectura, análisis, comparación de los buenos poetas, e incluso de los no tan buenos, ya que de sus errores puede aprender uno.

Hoy en día es más peligroso, a la hora de hacer un poema, con el bombardeo de música que hay, escribirlos y que suenen como una canción pop, peor aún como reguetón, más los que escribimos poesía erótica. Caer en esa vulgaridad pareciera difícil, porque es cruda, pero las palabras (sustantivos y adjetivos) relacionadas al placer sexual en sí son pocas que pueden confundirse. Y en vez de escribir: “Tu cuerpo se estremece con las notas de mi guitarra”, a decir “se pone caliente cuando escucha este perreo” ¡Terrible sonar como Daddy Yankee! O peor aún, como Bad Bunny. Sería desastroso.


Ahora con el reino de los poemas en prosa, incluso hasta un par de versos que riman se oye desfasado, cuando para mí es importantísimo que el poema pueda brindar al lector esa musicalidad de la consonancia, pero ya no como antes. Hasta los sonetos son mal vistos, y la consonancia queda solo para los de don Mundo.

Para mí, en primer lugar, el poema tiene que decir algo que valga la pena ser dicho. Cualquier tema no es válido, como escribirle a una claraboya o a una maceta. Incluso la naturaleza puede ser aburrida si es mal tocada en un poema mediocre.

En segundo lugar, se debe tener la destreza de usar imágenes que queden bien, que encajen, pero sobre todo que se entiendan. De nada sirve que se utilicen altas formas de la metáfora si la gente va a quedar en cero, si el mensaje no va a llegar al receptor, a menos que sea Pablo Neruda que para describir el cuerpo de su mujer en el acto sexual lo compara a un espeso bosque de pinos que se mueven con el viento, o como Octavio Paz, al cual la figura de los pájaros, a los que llama de mil maneras, entre ellas les dice flechas, son muchas veces el reflejo de su alma melancólica y errante.

Por otra parte, ya la forma, debe ser de tal forma (permítaseme la repetición) que ayude a la lectura, que tenga un fin específico distribuir las tablas de los versos a veces hasta de formas caprichosas, como por ejemplo: un primer verso largo de 11 o 15 sílabas, luego uno de siete y al final uno de tres palabras. Eso tiene que buscar un propósito.

Los versos cortos para acelerar la lectura, darle emoción al trabajo de leer. Los versos largos para hacer más reflexiva la meditación despaciosa del lector.

En fin. Son tantas cosas interesantes sobre este tema de poemizar que pasaríamos páginas y páginas hablando al respecto.

Lo último que quiero acotar es que si algo es detestable, digno de todo reproche, es pretender pasar por poesía lo que es una burda narración, un contar algo sin hermosura ni belleza, en el lenguaje más llano, que puede ser bueno para hablar de un hecho, pero es vulgar para un poema. No estoy hablando de prosa poética como Alejo Carpentier, sino simple narración burda.




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