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Editorial & Opinion

Herederos del caos

Vanessa Núñez Handal / Abogada, docente y escritora

Editorial & Opinion | Diario El Mundo

Miércoles 5, Abril 2017 | 12:00 am

Crecí en El Salvador de los años 80. Una guerra civil que duró 12 años sirvió como telón de fondo a mi infancia y juventud. Tenía 16 años cuando se firmaron los acuerdos de paz y ningún interés en la política.

A mí, al igual que a muchos jóvenes de mi generación, se me prohibió hablar de política, de fútbol o de religión. Discutir estos temas era de mal gusto, nunca llevaba a nada y era peligroso, decían.

Luego, en mi adultez, llegué a la conclusión de que en aquellos años no se hablaba de política porque hacerlo podía costar la vida. Derecha o izquierda. Con la guerrilla o con el gobierno. Bueno o malo. No había nada al centro. Sigue sin haberlo. Cualquier pronunciamiento a favor o en contra podía costar la vida. Tres décadas más tarde seguimos viviendo en la más cruda polarización, la cual mantiene paralizado nuestro país.

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En el caso del fútbol, se evitaba las discusiones ya que el deporte (concebido antiguamente como preparación para la guerra) exacerba las pasiones más radicales en los seres humanos. Y en nuestra sociedad, de armas y violencia, no han sido pocos los casos de lesiones, muertes y hasta una guerra, los que han estado relacionados de alguna forma con el fútbol.

En el caso de la religión, la prohibición derivaba del hecho de que la religión poco tiene de racional y, frente a una creencia, es imposible oponer un argumento o una razón. Una persona cree en algo y punto. Por ello no es posible dialogar sobre el tema.

En todo caso, aquella educación ochentera –aún vigente–, compartida por mi generación, tanto en El Salvador como en Guatemala, acabó por convertirnos en adultos ignorantes en materia política, fanáticos en materia futbolística e intolerantes en materia religiosa.

Fuimos jóvenes que nunca hablamos de política y jamás nos interesamos en saber cómo funcionaba nuestra sociedad. Nuestros planes de estudio no incluyeron la historia, la realidad nacional ni los problemas sociales. Nuestro papel fue esforzarnos por cumplir con los mandatos establecidos por nuestros mayores, aprender inglés, asimilar la cultura estadounidense y convertirnos en la representación de la “modernidad” que jamás llegó. Fuimos los jóvenes que compramos la premisa del éxito, sin que a la fecha nadie sepa explicarnos en qué consiste, cuáles son sus beneficios reales y qué tan altos han sido los costos que hemos tenido que pagar.

Por todo lo anterior somos, hoy día, los herederos de sociedades y países en crisis, sin que nuestros mayores nos puedan explicar por qué ellos mismos no hicieron nada para entregarnos una sociedad más igualitaria, menos violenta o un país menos corrupto.

Y, como consecuencia de la falta de preparación necesaria, hemos sido incapaces de asumir el relevo generacional y cada vez nos damos más cuenta de que el paquete, si es que queremos apropiárnoslo, es mucho más grande de lo pensado.

Jamás creímos en la necesidad de ser mejores que la generación anterior, a fin de evitar cometer sus mismos errores. Nunca lo vimos venir. Precisamente porque nunca hablamos de política, perdimos el tiempo con el fútbol y nos vendamos los ojos con la religión.

Hoy día, estamos indignados, pero sin respuestas. Queremos hacer mucho, pero no sabemos cómo. Queremos cambiar nuestros países para heredar una mejor patria a nuestros hijos y nos damos cuenta de que no tenemos idea por dónde comenzar.

El caso es que aún podemos constituirnos en el cambio generacional que nuestros países necesitan. Aún estamos a tiempo de revertir el atraso que llevamos como generación. No será fácil, pero es hora de aceptar que no podemos seguir confiando en que las cosas cambiarán si la “manada” no releva a sus líderes avejentados, sin fuerzas y de ideas obsoletas.



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