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Editorial & Opinion

Inquietud y desilusión

Jaime Barba / Centro de Investigaciones Región

viernes 12, enero 2018 - 12:00 am

Si algo caracteriza el panorama político salvadoreño en este momento es una mezcla de inquietud y de desilusión. La inquietud es por las complicadas proyecciones que pueden hacerse a partir de este atropellado presente y la desilusión es porque tasada la trayectoria nacional de al menos los últimos 25 años (desde el fin de la guerra) pareciera que nos hemos estado mordiendo la cola todo este tiempo. O al menos, jugando al ratón y al gato.

Cada vez que el calendario electoral se pone en marcha, la desmemoria campea. Tirios y troyanos se lanzan al descampado en pos de los adversarios. Pequeños o grandes.

La competencia electoral por supuesto que es legítima, el asunto es que en nuestro medio lo que prima es el descrédito del contrincante y la ausencia de profundidad en las propuestas. De ahí que la ciudadanía se pregunte, de cuando en cuando, ¿y para ese despropósito se gastan tantas energías humanas y tantos recursos financieros?

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Los expertos de la realpolitik dirán que así se han hecho las cosas siempre y que así se seguirán haciendo. Es posible que las cosas sigan así durante un tiempo, aunque esto dependerá de la voluntad ciudadana. Sin embargo, es muy difícil que la pedagogía política haga su aparición en medio de este grumoso ambiente de dimes y diretes en el que, con obstinada terquedad, la ciudadanía se ve compelida a elegir entre esto y lo otro, o lo de más allá. Y es que las actuales maquinarias electorales existentes están diseñadas para bloquear la deliberación.

En fin, todo sugiere que por ahora solo la sombra del abstencionismo electoral es lo que pone inquietas a estas maquinarias electorales. ¿Con las actuales prácticas electorales podría mejorarse la participación en las votaciones? Por supuesto que no. El abstencionismo electoral, de algún modo, es un indicador del desinterés no solo por lo electoral, sino también por lo que pasa en las tripas del sistema político. Empero, dirán soto voce, los de la realpolitik, mientras el abstencionismo se mueva en los estándares actuales, la fiesta puede continuar.


De nuevo está a la vista una elección presidencial (la de 2019; la inmediata, la de 2018, ¡ya forma parte de aquella!). Y ya hay gente en el pista con propósitos bien definidos y discursos explícitos que estarían mostrando de qué iría la cosa.

¿Pero ese atropellado presente que genera inquietud ciudadana puede ser disuelto por arte de magia? De ningún modo. Aunque, de nuevo, estos maestros de la realpolitik sugerirán que no hay nada que el sempiterno marketing electoral no pueda resolver. Lo cierto es que lo que se tiene enfrente es una descarnada situación que nos podría llevar a la postración o a un mayor nivel de descontrol social, algo que al marketing electoral le tiene sin cuidado.

Cuando miles de ciudadanos constatan, día a día, que estamos en un atolladero y a la vez en una encrucijada, en casi todos los flancos (institucional, económico, ambiental, convivencia, político, cultural, migratorio), pues la inquietud se incrementa a medida que la situación se deteriora.

¿Es que acaso el país no funciona? Sí, funciona, pero a los tumbos.

No debería sacar roncha a nadie el hecho de decir que hay todo un cúmulo de problemas estructurales. Lo que debería preocupar a los dirigentes políticos, a los sectores empresariales y a aquellas instancias que cooperan con El Salvador es que si no se buscan maneras sensatas, viables y en el marco de la vida en democracia para abordar con responsabilidad estos desequilibrios estructurales, nos quedaremos estancados o seguiremos trastabillando como en la actualidad.

Las elecciones pasarán sin pena ni gloria si los agentes electorales (partidos políticos) se siguen haciendo los desentendidos acerca de las cuestiones cruciales y se van por las ramas. O por los escondrijos. Y entonces, la desilusión puede asumir características críticas.




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