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Editorial & Opinion

Irma

Vanessa Núñez Handal / Abogada, docente y escritora salvadoreña

viernes 23, junio 2017 - 12:00 am

De cuando en cuando vuelvo a San Salvador y a mis raíces. Aunque se ubica a cuatro horas de mi casa en la ciudad de Guatemala, no es un viaje que haga con la frecuencia que desearía. La carretera es famosa por los asaltos, construcciones y la frontera, a veces, puede ser un problema.

Hoy, sin embargo, he vuelto a ella y a su volcán, hermoso y amenazante, recubierto de cafetales y observador de una ciudad que, a falta de espacio, se ha trepado riesgosamente a sus espaldas.

He vuelto a la casa de mis padres. La misma en la que vivían cuando nací y en la que crecí. Desde el jardín aún es posible escuchar los pericos al atardecer, mientras tomamos café muy, muy cargado, bajo el “palo” de mangos que, cuando florea, produce un espectáculo de florecillas y frutos enormes y jugosos.

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En este mismo jardín me celebraron mis piñatas cuando niña. Guardo fotos de varias fiestas, acompañada por amigos o compañeros del colegio. En una de ellas mi hermana, trepada a un columpio, lanza burbujas de jabón sobre la cabeza de algunos niños mientras Irma, la niñera que tuvimos durante años, reparte horchatas sobre una bandeja. Alguna vez mi madre comentó que Irma estaba enojada aquel día. Era su día de descanso y mi mamá le pidió quedarse a ayudar con los preparativos. Siempre intenté escrutar aquella mirada que, más que enojada, me parecía triste. Intenté imaginar su frustración frente a aquel fin de semana estropeado, contrastado con la felicidad de los niños asistentes a la fiesta y la mía propia.

Años después, “la Mima”, como la bautizamos mi hermana y yo, decidió migrar. Fue parte de la oleada de salvadoreños que durante los 80 decidieron emprender un camino como “mojados” hacia el norte, huyendo de la guerra y la pobreza. Según recuerdo, la “muchacha” de la casa de al lado, de nombre Milagro, la incentivó a ello. Debieron pasar por México donde, con mucho trabajo, reunieron el dinero que les faltaba para continuar el camino. No sé cuántas semanas o meses más tarde, lograron llegar a Los Ángeles. Al poco tiempo, su hermano fue asesinado a tiros en una parada de buses. Nos enteramos por una carta que nos envió tiempo después.


La Mima nunca dejó de escribir. Quizá fuera su forma de sopesar sus progresos. Por ello fue posible saber sobre su peripecia hacia el norte, los peligros vividos, su estancia en México, su angustia al saber a su hermano muerto y no poder venir al entierro, sus primeros trabajos como personal de limpieza de varias casas de gringos y latinos, sus amores, su hijo Erick, del que guardo una fotografía en la que aparece con un disfraz de payaso junto a ella.

Años después comprendí, que aquella mirada de tristeza con que la Mima aparece en la descolorida fotografía de finales de los 70, se debía a algo más que al permiso denegado. Quizá ésta se debiera a la angustia de un futuro que no veía claro, el miedo a la violencia, el querer y no poder hacer más con su vida y haber comprendido que este país, como le ha ocurrido a tantos otros centroamericanos, jamás le habría de ofrecer un mejor futuro.

Hoy, mientras buscaba una toalla en el viejo clóset del cuarto que un día fue de mi hermana, descubrí que en el interior de una de las puertas alguien, quizá mi hermana o yo, escribió con tiza “Irma”. Es increíble, pensé, que algunas cosas logren sobrevivir tanto tiempo y, al mismo tiempo, que otras cambien tan poco.  (Esta columna fue publicada originalmente en la Revista Contrapoder de Guatemala , en abril del 2015.)




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