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La Bestia, una ruleta rusa para alcanzar un sueño

EFE

lunes 12, junio 2017 - 6:20 pm

“Dejas que te alcance a ti, no tú a ella”. Cuando La Bestia se asome entre la vegetación, con su estruendoso silbido, la subida de adrenalina no puede hacer que pierdas de vista el procedimiento, en el que los segundos son preciosos. Un error puede resultar mortal.

Antes de que el tren llegue, hay que empezar a correr. Unos veinte metros, tomando velocidad, echando rápidas miradas hacia atrás para saber cuál será la góndola (vagón) a la que subir. Y una vez esta te alcance, toca aferrarse firmemente a los escalones.

Fredy Naún Hernández, un hondureño que por experiencia conoce bien el modo de subir a La Bestia, la red de trenes de carga que miles de migrantes utilizan como modo de transporte para atravesar México rumbo a Estados Unidos, viaja ligero.

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En su mochila hay sitio para una prenda de abrigo, una manta -“en las madrugadas se siente bien helado”- y unos pocos objetos de aseo personal. No lleva ningún recuerdo de su familia. “Todo en el corazón”, dice con una sonrisa.

Es la tercera vez que Fredy intenta completar el viaje desde su Honduras natal hasta EEUU. La última vez lo detuvieron en Texas, tras cruzar las aguas del Río Bravo (llamado Grande en EEUU).


Ahora, acompañado de su primo Miguel Ángel, dice que subir a La Bestia es “un juego de azar, como una ruleta rusa”.

En el pequeño albergue de Las Patronas, en el oriental estado de Veracruz, donde un mural de la geografía mexicana plasma las arterias de La Bestia recordando que “los sueños también viajan”, Fredy relata a Efe cuáles serán sus próximas paradas: Ciudad de México, San Luis Potosí, Saltillo y Nuevo Laredo, desde donde cruzará la frontera para llegar a Laredo, en Texas.

Buena parte de los migrantes que cada año recorren México -Amnistía Internacional calcula que unos 400.000 al año- suben al tren carguero en Tenosique (Tabasco) o Tapachula (Chiapas).

Los puntos a los que llegan estas personas, en su mayoría procedentes de Guatemala, Honduras y El Salvador, una vez alcanzan la frontera del norte son diversos, dependiendo de si optan por la ruta del Pacífico (oeste), la central o la del Golfo (este).

En Tijuana está el muro con EEUU, Nogales es sinónimo de duras jornadas en el desierto y el este implica cruzar el Río Bravo.

Los caminos que recorren los migrantes pueden llegar a sumar 3.000 kilómetros; la ruta del Golfo, que finaliza en el estado de Tamaulipas, es la más rápida y la más peligrosa, por la presencia de grupos del crimen organizado.

La opción de La Bestia no es la única para atravesar México. Aunque Fredy siempre ha hecho la ruta en tren, reconoce que el autobús es un transporte mucho más seguro. “¿Quién te va a asaltar en el bus?”, reflexiona.

Pero “siempre que vas a comprar un boleto de autobús tienes que tener la identificación”, por lo que se arriesga una detención, explica.

Subidos durante días al techo del tren o en los espacios entre vagones, los migrantes de La Bestia apenas descansan. “Dormimos en la orilla de la vía, tendemos una cobija ahí, nos tumbamos y eso es todo (…) y muchas veces en el tren, ayer veníamos durmiendo en el tren”, dice Fredy.

Si hay algo que quite el sueño, además del riesgo de las caídas -por las que muchos migrantes han sufrido mutilaciones o han muerto- es la incertidumbre de quién puede subir al tren o si habrá un control migratorio sorpresa.

Fredy cuenta que en ocasiones hay retenes de agentes del Instituto Nacional de Migración en mitad de la noche. En el último, una joven se cayó de La Bestia y falleció.

“Uno anda aventurando su vida porque le quieren detener. No somos animales para que nos quieran atrapar como venado”, se lamenta.

Las autoridades mexicanas han reforzado la vigilancia fronteriza con el Plan Frontera Sur, presentado en 2014. Ese mismo año, el secretario de Gobernación (Interior), Miguel Ángel Osorio, dijo que el Ejecutivo iba a emprender acciones para que los migrantes no viajaran en el tren, por el riesgo que supone el trayecto, en el que los descarrilamientos son frecuentes. Pese a eso, los migrantes no han dejado de encaramarse a La Bestia.

Camuflado bajo el nombre falso de Aimar Blanco, el escritor y activista Flaviano Bianchini decidió hace unos años desprenderse temporalmente de su pasaporte italiano y viajar a lomos de La Bestia haciéndose pasar por un migrante.

Durante su trayecto de 21 días, que plasmó en el libro “El camino de La Bestia” (2016), el autor repetía como un mantra dos consignas: La primera, “no te duermas”. La segunda, “no te fíes de nadie”.

Los frecuentes asaltos a manos de grupos armados hacen que sea fácil que un migrante pierda sus ahorros mucho antes de llegar a destino. Para pagar los servicios de los “coyotes”, algunos se ven forzados a hacer trabajos para miembros del crimen organizado.

Las fuerzas de seguridad corruptas también se aprovechan de la vulnerabilidad de los migrantes. “Nosotros estuvimos secuestrados por la Policía dos días; al final no nos deportaron, no nos arrestaron, no nos detuvieron, estuvimos en la cárcel dos días pero nunca nos leyeron la imputación, ni tomaron nuestros nombres, nada”, narra a Efe Flaviano.

Les quitaron a los migrantes todas sus pertenencias y el episodio acabó cuando “intentaron probablemente vendernos sin lograrlo y nos soltaron”, añade.

Teniendo en cuenta que el viaje lo hacen desde personas en condición atlética hasta mujeres embarazadas, resulta difícil pensar en una fórmula que asegure el éxito en el camino: “Es todo, una combinación de condición física, resistencia psicológica y suerte, también se necesita mucha suerte”, opina Flaviano.

Tampoco hay que olvidar el dinero. Flaviano destaca la paradoja de que “si tienes dinero tu viaje es más fácil, pero si tienes dinero realmente eres uno de los que menos necesita el viaje”.

En el camino, los migrantes también se encuentran con ángeles como las Patronas, una docena de mujeres de la comunidad de Guadalupe -en el municipio veracruzano de Amatlán de los Reyes- que desde 1995 están dedicadas a dar alimento y bebida a los que viajan en La Bestia. Más tarde, comenzaron a acoger a aquellos que querían hacer un alto en el camino.

Dentro de su albergue de paredes rosas y moradas, se respira un ambiente hogareño y alegre que contrasta con las trágicas historias de algunos de los migrantes.

María Guadalupe González relata a Efe una de las historias que más le dejó marcada: Cristóbal viajaba en el tren con unos amigos y, a su paso por las Patronas, descendió y comenzó a arrojarles bolsas de comida. Absorto en esta tarea, hacía oídos sordos a las mujeres, quienes le gritaban que volviera a subirse porque el tren estaba acelerando. Cristóbal intentó subir un par de veces, sin éxito, y a la tercera La Bestia le amputó el pie.

Las Patronas cuentan con voluntarios que les ayudan a acudir veloces cuando La Bestia resopla a lo lejos.

Unos se hacen con las botellas de agua, atadas de tres en tres para que los migrantes puedan agarrarlas fácilmente; otros cargan cajas con raciones de frijoles, arroz o latas de atún. Ayudados de carretillas, recorren los pocos metros que separan el albergue de las vías.

A veces, algún conductor benevolente reduce la velocidad del tren para facilitar la entrega de comida y, en apenas tres minutos, La Bestia se aleja rumbo al norte.




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