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Editorial & Opinion

La delincuencia no hay que Ocultarla… hay que enfrentarla

Jaime Ulises Marinero / Periodista

martes 24, octubre 2017 - 12:00 am

Nadie que no acepte sus errores puede superarlos. El primer paso para solucionar un problema es aceptar que se tiene un problema. El Estado y pueblo salvadoreño tenemos un problema en el plano de la seguridad pública, el cual desde hace años es grave. Gravísimo.

Todos sabemos que tenemos un problema grave que se traduce en homicidios, violaciones, privaciones de libertad, amenazas, extorsiones, robos, actos de terrorismo y muchos otros delitos. La mayoría estamos conscientes del origen del problema y algunos le dan una interpretación sociológica y hasta filosófica y política. Los grupos terroristas y las mafias delincuenciales son la génesis de un problema que ha hecho metástasis y que se ha irradiado a toda la sociedad enfermando a todo un pueblo, por lo que muchos muestran conductas intolerables y se suman a la ola de violencia.

Los médicos tratan la enfermedad desde la raíz. Retiran el tumor, pero llegan hasta la última celula cancerígena, porque si dejan algunas, lo más probable es que la enfermedad brote de manera más agresiva para el organismo.

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En El Salvador la enfermedad se llama delincuencia (violencia), cuyas causas son de todos conocidas. El médico que debe curar la enfermedad es el Estado a través de sus gobernantes y específicamente de los encargados de administrar la seguridad pública. Sin embargo, el problema es que el diagnóstico es errado porque se ha elaborado con criterios personales y politizados, sin consultar al paciente, lo cual ha causado que sea el mismo médico el que trate de ocultar la enfermedad, no obstante que el paciente ya conoce su dolencia.

Cuando las autoridades dan cifras oficiales con las cuales buscan ocultar una realidad que todos vemos, no hacen más que rechazar que se tiene un problema. Dicen nuestras autoridades de Seguridad que los homicidios han bajado, que hay menos extorsiones y que en general todos los delitos han disminuido, pero la verdad es otra. Numéricamente lo único que se puede comprobar por comparación es la cantidad de homicidios, pero otros delitos y especialmente los casos de extorsión no, porque simplemente la gente ha dejado de denunciar. Hace varios meses tuve necesidad de ir a la colonia Los Ángeles, en  Apopa y para pasar sobre el puente de acceso, tuve que dar cinco dólares a pandilleros. Esa es una extorsión y no tuve ánimos para denunciar, para no perder mi tiempo. Sé que no actué como buen ciudadano, pero me desanimé cuando los vecinos me contaron que casi todos ellos son víctimas de extorsiones, sin que las autoridades hicieran algo a pesar de las denuncias.


Uno platica con los pequeños comerciantes, con familias que se atreven a poner pequeños negocios, con gente que trata de salir adelante con emprendedurismo  y en todos o casi todos los casos son víctimas “silenciosas” de los extorsionistas. Algunos contemplan como parte del presupuesto de su negocio el pago de los chantajes, de tal manera que prefieren no denunciar porque desconfían de las autoridades o porque se cansan de hacerlo sin ver soluciones.

Hay colonias y comunidades donde no hay libre movilización. Los grupos pandilleriles se han apropiado de territorios y deciden quién puede transitar por esos sitios. Recientemente llegó a los tribunales el caso de pandilleros que rodearon a policías y les advirtieron que no regresaran porque ahí ellos mandaban. Afortunadamente los agentes recibieron apoyo y pudieron detener a los pandilleros. Hay sitios, en el área metropolitana y en grandes ciudades como San Miguel, Santa Ana, Sonsonate, Usulután y otras del interior, donde literalmente ni la Policía ni la Fuerza Armada entran porque el control es exclusivo de las pandillas.

Entonces el Estado a través de quienes administran la seguridad pública debe aceptar que hay una enfermedad grave y concienciar al paciente (pueblo) que se necesita de su colaboración para curar (erradicar) la enfermedad. De esa manera es posible generar confianza y hacer partícipe a todos de la solución, cada quien desde su trinchera aportando lo suyo. Unos denunciando, los otros creando solidaridad para protegerse y todos enfrentando el origen del problema sin fines políticos, porque la delincuencia no debe verse como objetivo partidario ni a los delincuentes como votos potenciales.




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