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Editorial & Opinion

La familia y su destino religioso, social y político

Sherman Calvo / Publicista

viernes 9, junio 2017 - 12:00 am

Familia es el lugar donde los miembros nacen, aprenden, se educan y desarrollan. Debe ser refugio, orgullo y felicidad de todos sus integrantes. Cuando la familia tiene problemas, alegrías o tristezas internas, repercuten en todos los familiares, sufriéndolos o disfrutándolos, debido a su total interrelación.

Todas las legislaciones del mundo, deben tener leyes que protejan el concepto de la familia y facilitar lo más posible su unión y continuidad. La familia se convierte en un castillo, que además de servir de refugio de sus componentes, éstos tienen que defenderla de todos los ataques que le hagan. No pueden permitir que lo dañino pase sus puertas. Todos tienen que formar un solo cuerpo, para preservar su propia vida presente y futura.

La familia está fundada en el matrimonio, que es exclusivamente la unión por amor ante Dios, del hombre y de la mujer, para complementarse mutuamente y para transmitir la vida y la educación a los hijos. Es mucho más que una unidad legal, social o económica. Es una comunidad de amor y solidaridad, para transferir e instalar en las mentes las virtudes y valores humanos, culturales, éticos, sociales, espirituales y religiosos, así como los principios de convivencia, tanto internos como externos, que tan esenciales son para el desarrollo y el bienestar de sus miembros y de la sociedad.

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La educación y conocimientos que se adquieren en la familia, perduran para siempre. En las clásicas y tradicionales familias de algunos países, existía y aún existe, la norma imborrable aunque no escrita, que todos los miembros tienen asegurada su permanencia en el hogar, hasta el último día de su vida. La garantía de cuidados familiares, era sin límites de edad, ni de circunstancias.

Tener una buena familia es una bendición, un privilegio. Sentirla como refugio en las angustias, peligros o incertidumbres y percibirla como receptora, para compartir las alegrías y logros alcanzados.


Qué orgullo familiar sienten los padres cuando voluntariamente la familia se reúne para ir a misa, para dar gracias a Dios, para ir los domingos, o en las fechas especiales, todos los hijos con sus respectivas esposas o esposos y sus hijos, alrededor de la mesa de la casa de los padres, para almorzar, merendar unas pupusas o cenar.

Detrás de cada  joven “descarrilado”, suele haber una familia disfuncional. No se puede echar la culpa a los niños, ni a los jóvenes, por algunos de sus malos comportamientos, hay que buscar su origen para corregirlo. Normalmente, es porque ha habido mal funcionamiento de sus familias.

La familia es una unidad de destino religioso, social y político. Tiene que defenderse de los ataques de sus innumerables enemigos, algunas veces incluso de los que tiene dentro, debido al mal ejemplo que se dan unos a otros. Otras veces sus enemigos están fuera, llegando hasta los espíritus malignos, intentando que la familia no tenga la unidad necesaria para sobrevivir. Estos enemigos lo hacen a través de muchas maneras y por eso, los padres tenemos la obligación, de la mano de Dios, de luchar para que la familia sea una realidad de unión y perfecta convivencia, empezando por la propia.

La familia es la base que sostiene unida a la sociedad. Donde todos los familiares, hombro con hombro, han empujado en la misma dirección, hacia solventar los problemas, ellos tendrán mucha probabilidad de éxito. Donde no importan  los sacrificios individuales, por conseguir los objetivos comunes. Donde cada uno pone lo mejor de sí, en beneficio de los demás. Donde todos forman un escudo humano, ante los problemas que llegan del exterior. Donde se unen todos los miembros de la familia, para defender o proteger a cada uno de los integrantes.




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