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Editorial & Opinion

La guerra civil y los Acuerdos de Paz

Viernes 4, Marzo 2016 - 12:00 am

La promulgación de la décima tercera Constitución (en 1983) no tuvo la virtud de detener la marcha de la guerra civil. Dentro de las causas que propiciaron esta guerra, algunos analistas han hecho hincapié en los factores que podríamos llamar internos de la región, o elementos endógenos, señalando los graves desequilibrios y las enormes desigualdades existentes tanto en el campo económico, como en el social y en el político.

Nadie, desde luego, podría estar en desacuerdo con el acertado señalamiento de dichas condiciones perniciosas, y en aceptar que, debido a ellas, en gran parte, Centroamérica se agitó en la crisis de la década de los ochenta.

Pero el señalamiento de esos males, por relevantes y dolorosos que sean, no agota de ninguna manera la complejidad de causas que produjeron la convulsión. Hubo, además, otros factores tan importantes como aquéllos, los externos, que podríamos llamar exógenos, ajenos a las interioridades de la región, derivados de la lucha planetaria por el poder, librada por las dos superpotencias del globo, en un marco geopolítico innegable.

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Sería cerrar los ojos a la realidad el ignorar las causas en toda su complejidad interna, pero también sería cerrarlos el dejar por fuera elementos importantísimos del problema y no observar los intentos de penetración y control totalitario continental y extra-continental que, a toda costa, buscaron una nueva cabeza de playa, esta vez en la cintura misma del continente americano. Ni sólo lo uno, ni sólo lo otro. Ambos factores, internos y externos, deben ser considerados para no perder la visión integral.

Los Acuerdos de Paz culminaron el 16 de enero de 1992, y significaron la conclusión de un largo proceso de negociaciones que tuvo el propósito de “terminar el conflicto armado por la vía política al más corto plazo posible, impulsar la democracia, garantizar el irrestricto respeto de los derechos humanos y reunificar a la sociedad salvadoreña”, dice el propio documento de Chapultepec. En el país  hubo, claro está, importantísimos movimientos populares o insurreccionales a lo largo de la vida republicana independiente, encaminados a conquistar la libertad y a implantar la justicia en nuestro suelo, pero esos movimientos por el Estado de Derecho fueron dominados por una fuerza superior que se encargó de sofrenar los legítimos impulsos populares. El 16 de enero de 1992 constituye, además de la finalización de un proceso bélico, la terminación de una etapa histórica de cierre a las ideas contrarias que, finalmente, produjo un resultado largamente perseguido, el pluralismo ideológico,  cambio de tanta importancia que, honestamente, no puede señalarse otro de esa magnitud desde el 15 de septiembre de 1821.

Con los Acuerdos de Paz fue posible no sólo acogerse a los postulados teóricos del credo democrático, sino establecer una amplia renovación institucional, que incluye a la administración de justicia, para hacer posible la vigencia del nuevo orden jurídico.

Dentro de las reformas constitucionales producto de los Acuerdos de Paz, mencionamos la separación de la seguridad pública de la defensa nacional; la creación de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos y el Consejo Nacional de la Judicatura; la transformación de instituciones que dieron origen a otras, como la Policía Nacional que cambió a Policía Nacional Civil y el Consejo Central de Elecciones que devino en Tribunal Supremo Electoral.

Como puede colegirse, la importancia de los Acuerdos de Paz, es de primera magnitud para el desarrollo democrático salvadoreño.

No obstante, y pese a los progresos políticos e institucionales, los Acuerdos de Paz no incorporaron los componentes económicos y sociales necesarios para enfocar el esfuerzo en la senda del desarrollo humano frente a la pobreza, la desigualdad y la escasez de oportunidades de trabajo y educación. No se previó la proliferación de pandillas criminales en la sociedad marginada y la inseguridad general derivada de la extensión lucrativa de actividades ilícitas. La partidocracia, afectada de vicios en las pugnas por el poder y los extremos de la polarización, fracasó en la conducción majestuosa de la nave y se  vio envuelta en  la corrupción y los abusos.

La ciudadanía sigue indignada en su clamor por la justicia, la seguridad, el bien común y la transparencia.




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