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Editorial & Opinion

La guerra, la paz y el constitucionalismo democrático

Instituto Iberoamericano de Derecho Constitucional/Autor: René Fortín Magaña (1)

jueves 12, octubre 2017 - 7:23 pm

La guerra, expresión de la lucha, ¿es consubstancial al género humano? Tanto en “España Invertebrada” como en “La Rebelión de las Masas”, Ortega y Gasset hace afirmaciones inquietantes a las que no se les ha puesto suficiente atención. El gran filósofo español influenciado, sin duda, en este punto, por Friedrich Nietzsche, parece inclinarse hacia una respuesta afirmativa, y los hechos parecen acuerparlo. Todo indica que en la lucha entre la razón y el instinto aquélla aún no puede proclamarse vencedora.

Por otra parte, creemos que la paz no es un valor en sí misma sino la conquista de un estado idílico que sólo se alcanza con la equilibrada aplicación de tres valores, que son la justicia, la libertad y el orden. No es aceptable sacrificar la justicia para lograr la paz. Como tampoco lo es sacrificar la libertad con el mismo objeto. Lograr sincréticamente el equilibrio de la libertad con la justicia es la vía racional para obtener finalmente la paz que pretende, en lo político, el Estado Democrático Constitucional de Derecho, y en lo económico la Democracia Social. De este modo, el lema revolucionario de 1789 “libertad, igualdad, fraternidad”, prendido de subjetivismo, podemos enunciarlo objetivamente así: “Justicia, libertad y seguridad”, derechos fundamentales susceptibles de aplicación vinculante por el imperio del derecho para imponer el orden por medio de la coercibilidad.

Cuando pareció cerrarse la compuerta de la guerra (1945) otra se abrió, como hemos dicho: la era del mundo bipolar, que comenzó con la división de Alemania y de Berlín entre los EE.UU. y la URSS, pero se fue ampliando hasta abarcar todos los ámbitos del planeta. Los buenos y los malos, según el color del cristal con que cada quien mirara a su adversario.

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Nadie escapó a esta contienda, y El Salvador no fue la excepción. En los Estados Unidos de América, bajo el hacha del senador Joseph McCarthy, Presidente de la Comisión para la Represión de las Actividades Antiamericanas, cayeron grandes personajes. Y en El Salvador, la bipolaridad tuvo expresión en las Constituciones de 1939, 1944 y 1950, tenida esta última generalmente por modélica, cuyo artículo 158, inciso segundo, sin embargo, expresó: “Queda prohibida la propaganda de doctrinas anárquicas o contrarias a la democracia”.

La Constitución de 1962 reiteró esta prohibición. Esta pequeña disposición constitucional recogía las divisiones del mundo, y tuvo como antecedente el artículo 27 de las reformas de 1944 a la Constitución de 1939, del general Maximiliano Hernández Martínez, reforma que rezaba así: “Se garantiza la libertad de reunirse pacíficamente sin armas, y la de asociarse para cualquier objeto lícito. Pero se prohíbe el establecimiento de congregaciones conventuales y toda clase de instituciones monásticas; el establecimiento y actividades de toda organización contraria a los principios democráticos consignados en esta Constitución, lo mismo que las reuniones que tengan idéntico objeto.” “Una ley secundaria determinará la forma y condiciones de ejercer los derechos de reunión y asociación.”.


Surge aquí, dicho sea de paso, una perturbadora cuestión de filosofía del derecho. ¿Es éste capaz de moldear la realidad, o es sólo una superestructura que responde a los reclamos de ella? La cuadratura del círculo; el huevo o la gallina; idealismo contra materialismo; cuestión que aquí sólo dejamos esbozada, pues ya la hemos analizado a profundidad en otra ocasión.

Pues bien: con esa disposición constitucional, y con la promulgación de la impopular “Ley para la defensa del orden democrático y constitucional”, se abrió en El Salvador la caja de Pandora. Cientos de ciudadanos sufrieron la muerte, la cárcel y el exilio, y el país fue afectado de tal modo que bien pudiéramos afirmar que en los citados textos se incubaba un componente de la cruenta guerra civil que por largos 12 años (1980-1992), sufrió El Salvador.

En su estremecedor libro “Secuestro y capucha”, Salvador Cayetano Carpio describe la cruda realidad escondida bajo la epidermis de una vida  institucional aparentemente normal.

(1) Tomado de su novela histórica “En un Lugar de la República”, con seudónimo Víctor Uclés, agosto 2017, págs. 72-75. Editorial Alejandría, San Salvador.

 




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