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Editorial & Opinion

La ONU y la OEA perdieron la ruta

Rafael Domínguez / Periodista

miércoles 20, diciembre 2017 - 12:00 am

Un acuerdo de fin de conflicto, para que sea de cumplimiento obligatorio, debe comprender una reforma constitucional. Lo acordado debe ser convertido en ley de la República: de otra manera no sirve. Por eso el corazón de los Acuerdos de Paz lo formaron las reformas constitucionales a los artículos vigentes y los artículos nuevos que se aprobaron para blindar los acuerdos.

Es indudable que el valor que le damos a la ONU y la OEA en países como los nuestros está íntimamente relacionado a la capacidad de que estos organismos tiene de proveer financiamiento o acceso a financiamiento para los proyectos nacionales, pero del origen y finalidades que se les dio a estas organizaciones a la fecha  ha pasado no solo mucho tiempo, sino muchas formas de “ayudar” y creo que esta es la etapa en la que hay que reconsiderar lo que nos aportan y lo que representan para nuestras sociedades estos aportes, principalmente, porque la OEA y la ONU se han convertido en gobiernos supra nacionales que no solo modelan a sus miembros si no les están obligando a absorber conceptos y formas de vida contrarias a sus propias constituciones políticas y sus valores tradicionales, queriendo imponer una forma de vida dirigida desde las fórmulas creadas por burócratas.

La ONU y la OEA son ahora las instancias de activismo político más grandes del planeta y dejaron de ser lo que originalmente fueron; su visión es imponer entre sus miembros el aborto, el derecho al matrimonio homosexual, la eutanasia y quien sabe qué estupideces más, disfrazando de derechos humanos estas decisiones para hacer una expansión de una forma de vida diseñada por quién sabe quién, pero a la que a fuerza debemos someternos, simplemente porque el peso de su burocracia así lo exige, obviando la carta constitutiva que incluye el respeto a la libre determinación de los pueblos y las constituciones políticas de cada país. El Salvador es la muestra de esto, ya que en sendas ocasiones los personeros del más alto nivel de ambas organizaciones han venido para presionar, organizar y financiar en nuestros países la adopción de dichas decisiones, exigiendo reformas a la Constitución y acusándonos de retrógrados o alejados de la modernidad y lo hacen de manera directa, sin tapujos y sin amagar, violando las normas básicas de la diplomacia y de la relación contractual de los estados miembros.

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La ONU fue una garantía para el desarrollo de los acuerdos de paz. La OEA al igual que los países amigos apoyaron grandemente a la construcción de dichos acuerdos, pero eso no quiere decir que El Salvador firmó un cheque en blanco o un pagaré para que desde la ONU y la OEA se nos diga cómo debemos vivir. Igualmente, por avalar la tregua del 2012 entre pandillas, la OEA pecó de cómplice con el GOES y la historia la conocemos, igualmente conocemos la historia de una ONU entrometiéndose en los asuntos políticos guatemaltecos más allá de la CICIG, como si por ayudar en la lucha contra la corrupción se les diera paso a gobernar el país entero.

Estas organizaciones, principalmente la ONU, han perdido credibilidad y sus intereses distan mucho de los intereses reales de los pueblos, principalmente, los menos desarrollados. Y ya, no son de fiar: no son la panacea para el desarrollo, porque bien podríamos preguntarnos qué desarrollo tenemos después de tantos años insistiendo en seguir sus consejos nacidos de mentes burocráticas y de intelectuales que viven de jugosos salarios pagados por el mundo, para una organización cada vez más superflua y de poco éxito en realmente cambiar las cosas. No me digan que el éxito es implantar el aborto como medida para el control natal o los matrimonios homosexuales para mejorar el desarrollo humano; simplemente han encontrado acciones y discursos que mueven pasiones para evidenciarse y justificarse en los gastos onerosos que tienen sus funcionarios, convertidos en la élite mundial del pensamiento y de la planilla institucional.


Donald Trump, en un discurso recientemente viralizado en redes sociales, decía que “los burócratas quieren decirle a la gente cómo vivir”, pero que realmente es “la familia y la iglesia la que mejor conocen cómo formar comunidades amorosas y prósperas”. Creo que tiene razón, que no puede permitirse a la ONU, la OEA o cualquier otro organismo meterse en los tuétanos de las sociedades para decirnos qué es lo que nos conviene y por ello debemos remarcar la cancha y definir hasta dónde estas supra organizaciones van a trabajar y sus ámbitos de acción, porque no nacieron para diseñar el mundo, sino para evitar que las guerras mundiales y las diferencias entre naciones nos destruyan. Lo lamentable es que siguiendo a la ONU son ellos los que nos están destruyendo, lenta pero eficazmente. Merecemos repensar para qué y en qué nos ayudan estas organizaciones, porque ellos si piensan en cómo utilizarnos a nosotros.




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